Lyra
Abrí los ojos y lo primero que hice fue palparme la cara. Estaba entera. No era un montón de cenizas en el piso, ni me había vuelto carbón. El calor infernal que sentí en el pecho en la madrugada por fin se había ido, dejándome solo un cansancio pesado en los huesos y la garganta áspera como si hubiera tragado arena.
—Sigo viva —murmuré para mí misma, dejándome llevar por una sonrisa victoriosa mientras me ponía de pie—Punto para la pintora.
Soplé el polvo de mi ropa, me acomodé el cabello desordenado y salí a la cocina con una energía renovada. El olor a pan y caldo caliente inundaba el lugar. Mi madre estaba en el fogón y mi padre comía en la mesa, cortando queso duro con su viejo cuchillo.
Sin pedir permiso, me serví un plato lleno y empecé a devorarlo como si no hubiera comido en tres días.
—Vaya, la bella durmiente decidió levantarse con hambre —dijo mi padre levantando las cejas— ¿Se puede saber qué estabas haciendo anoche para terminar tan molida? Escuché tus quejas hasta mi cuarto.
—Estaba practicando —respondí entre bocados, tragando con ganas— Dibujos en la piel.
Mi padre rodó los ojos y soltó una risotada corta.
—¿Otra vez con tus garabatos? Te dije que perder el tiempo con eso no te va a dar de comer, Lyra.
—Pues no es cualquier dibujo —dije, sintiendo esa chispa de terquedad que siempre me mete en problemas. Levanté la manga izquierda de mi camisa y le mostré la muñeca—Mira.
Ahí estaba la marca. Ya no quemaba ni brillaba, pero la tinta de hollín había desaparecido para dejar un trazo rojizo perfecto, grabado en mi carne como un sello hecho a fuego.
Mi madre , que acababa de darse la vuelta con el cucharón en la mano, se quedó helada en su sitio. El plato que sostenía casi se le resbala de los dedos. Se acercó a mí a pasos rápidos, me agarró la muñeca con una mano temblorosa y examinó la marca con los ojos desorbitados por el puro terror.
—¡Por los dioses, Lyra! —susurró aterrada, mirando hacia la puerta como si alguien estuviera escuchando— ¿Qué es esto? ¿De dónde sacaste esta locura? ¡Dime dónde aprendiste a hacer esto!
—Un hombre en el mercado me regaló un libro viejo... —empecé a explicar, tratando de soltarme suavemente de su agarre— Me dijo que venía de las nubes y...
No alcancé a terminar la frase.
Un retumbo seco, profundo y ensordecedor sacudió la casa entera. Los platos de madera sobre la mesa vibraron y hasta el polvo del techo cayó sobre nuestras cabezas. De inmediato, el bullicio normal del pueblo en el exterior se transformó en un caos absoluto de gritos, carreras y llantos de desesperación.
—¿Qué demonios pasa afuera? —maldijo mi padre, poniéndose de pie de golpe y agarrando un garrote de madera cerca de la puerta.
Salimos al patio a toda prisa. El sol del mediodía debería haber iluminado el cielo, pero una sombra gigantesca y oscura acababa de tragar todo el pueblo.
Levanté la vista y se me cortó la respiración.
No era un barco cualquiera de comercio. Eran de las casas nobles. Varios barcos enormes , descendían lentamente a través de las nubes grises sobre nuestro miserable pueblo . En los costados brillaba en dorado el grabado inconfundible del ala de viento: la insignia de la Casa Azazel.
—No puede ser... —murmuró mi madre, cubriéndose la boca con ambas manos.
De la parte inferior de las naves comenzó a brotar una niebla densa y azulada que cayó como una lluvia pesada sobre las calles. En cuanto la niebla tocaba a la gente en el mercado, los campesinos caían al suelo, uno tras otro, profundamente dormidos en medio del barro. La flota de la nobleza no venía a comerciar; estaban buscando algo.
O a alguien.
Apreté mi brazo contra el pecho, sintiendo cómo la marca de mi brazo volvía a dar un latido tibio y traicionero bajo mi piel.
El aire se volvió pesado, espeso por esa niebla azulada que avanzaba por las calles como un río lento. A través de las hendiduras de la puerta de madera, mi madre, mi padre y yo veíamos cómo el pueblo entero caía en un silencio sepulcral. Los gritos del mercado se apagaron en cuestión de minutos; los campesinos simplemente se desplomaban sobre el barro, inertes, atrapados en un sueño profundo antes de poder dar un segundo paso.
—Todos al fondo, ¡rápido! —susurró mi padre Tom, empujándonos hacia la parte trasera de la casa. Su voz temblaba, perdiendo toda esa autoridad con la que solía regañarme.
Apreté mi brazo izquierdo contra el costado. La marca en mi muñeca latía con un ritmo sordo, enviando pequeños chispazos de calor por mis venas, como si respondiera a la presencia de la flota que flotaba sobre nuestras cabezas, no podía usar eso de nuevo ni siquiera sabía que hace ese zorro raro que salió.
Un golpe seco retumbó en la casa vecina. Luego, el sonido de madera rompiéndose y el llanto ahogado de una mujer.
—¡Registren cada rincón! —la voz sonó metálica, amplificada por las viseras de las armaduras de los soldados de Azazel— Buscamos a cualquiera que muestre rastro de alteración en la piel o artefactos no autorizados. ¡Nadie sale!
El pulso se me disparó. No venían solo a buscar al hombre herido del mercado o el libro, venían buscando a cualquier estúpido que tuviera una marca en la piel y esa estúpida era yo.
—Lyra, baja esa manga ahora mismo —mi madre Alisha me agarró del hombro, con los ojos fuera de orbita por el pánico—. Cúbrete eso, por lo que más quieras.
Tomé una venda de lino sucio que usábamos para las curaciones y me la enrollé con torpeza alrededor de la muñeca, apretando el nudo hasta que me dolieron los dedos.
De pronto, un impacto brutal hizo volar los cerrojos de nuestra puerta principal. Las astillas saltaron por el pasillo y dos figuras altas, blindadas en placas de metal plateado que reflejaban la luz del sol, entraron con las espadas desenfundadas. La insignia del ala de viento brillaba en sus pecheras.
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Editado: 17.09.2026