LYRA
—¡Abran los brazos y no se muevan! —demandó el guardia, acorralándonos contra la pared.
Justo cuando sus guanteletes de metal iban a jalar la venda de mi muñeca, un grito ensordecedor retumbó desde el callejón embarrado.
—¡Señor! ¡Encontramos a uno con la piel alterada! —vociferó un soldado desde afuera.
El guardia frente a nosotros se detuvo en seco. Giró la cabeza hacia la calle, dudó un segundo y salió a toda prisa de la casa, dejándonos con la puerta destrozada y el aire helado entrando
A través del marco roto vimos a dos soldados sometiendo contra el barro a Don Marcos, el carnicero de la esquina.
—¡Es un corte con un cuchillo de carne, maldición! —gritaba el hombre entre sollozos, sofocado por la bota pesada que le aplastaba la espalda—¡Se los juro que no practico magia! ¡Es solo una herida de trabajo!
—¡Cállate, escoria! —le respondió el guardia de un empujón—El comandante examinará tus marcas.
Aprovechando la confusión que se armó en la calle, di tres pasos rápidos hacia mi rincón, me agaché junto a la cama y agarré el pesado libro de cuero envuelto en lino. Lo metí a la fuerza dentro de mi chaleco, apretándolo contra mi costado con el brazo derecho.
—¡Lyra, no! —mi madre Alisha me rodeó de inmediato con sus brazos temblorosos, pegándome a su pecho mientras las lágrimas le mojaban el cuello de la camisa— No hay tiempo para nada más. Corre. Corre todo lo que puedas, escóndete en la espesura y no vuelvas hasta que todo esto esté mejor.
—Mamá, no los puedo dejar solos con esa gente afuera...
—¡Hazle caso a tu madre, muchacha! —me ordenó mi padre Tom en un susurro urgente, empujándome hacia la ventana trasera que daba al huerto—Si te ven esa marca y ese libro, no solo te matarán a ti, nos matarán a todos
Tragué saliva, apreté el trapo de mi muñeca sobre el volumen oculto y salté por el marco de madera antes de que la razón me hiciera arrepentirme.
Caí sobre la tierra húmeda del patio y eché a correr sin mirar atrás. Esquivé las cercas rotas, salté entre los huertos abandonados y me adentré en la penumbra del bosque que bordeaba Oakhaven. La niebla azulada de las naves comenzaba a colarse entre los troncos viejos, pero mis pies conocían cada raíz de este lugar.
Corrí con los pulmones ardiendo, el libro de cuero golpeándome las costillas a cada zancada y las ramas secas rasgándome la ropa, sintiendo cómo el latido sordo de mi muñeca marcaba el ritmo de mi huida en la oscuridad de los árboles.
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Editado: 17.09.2026