El Cuarto Trazo: El despertar

CAPITULO 12: SOMBRA DEL VIENTO

Lyra

Ramas secas me azotaban la cara mientras corría por el límite del bosque, sintiendo las pisadas pesadas de las botas de metal retumbando a mis espaldas. Los guardias de Azazel no eran ciegos; no tardaron ni tres minutos en darse cuenta de que la cicatriz del pobre carnicero era solo carne picada y volvieron a la caza.

​—¡Por aquí! ¡Algo corrió hacia los muelles del aire! —gritó una voz metálica entre los árboles.

​—Excelente condición física tengo, sí señora —me dije en un hilo de voz, aferrando el libro contra mis costillas con un brazo, maldición mi condición física era un asco, me van a matar porque soy una inútil en actividades que impliquen moverme

​Al salir de la espesura del bosque, me topé directo con los muelles clandestinos de madera podrida que daban al abismo. Y ahí, amarrada torcidamente a un poste gastado, flotaba una nave que no se parecía en nada a los cruceros impecables de la nobleza. Era oscura, de madera tratada y metal remachado, cubierta de cicatrices de disparos y parches mal puestos. Tenía toda la facha de pertenecer a un contrabandista que vendía desde fruta robada hasta quien sabe que otras cosas mega ilegales.

​Un letrero desgastado en la popa confirmaba su nombre: Sombra de Viento.

​No lo pensé dos veces. Escuché los ladridos de los sabuesos de la guardia a menos de cincuenta metros y me arrojé de un salto sobre la cubierta inferior de la nave, rodando detrás de un montón de cajas de madera que olían a pescado seco y aceite quemado.

​Me encogí en el espacio reducido entre dos barriles, abrazando el Libro contra mi pecho. Una punzada de tristeza me atravesó el estómago mientras miraba a través de las rendijas de la madera. A lo lejos, las chimeneas de Oakhaven soltaban hilos de humo entre la niebla azulada. Dejaba atrás mi casa, la estufa de mi madre , los regaños de mi padre Tom... y todos los rincones del pueblo donde solía sentarme a hacer bocetos en la tierra o sobre pedazos de papel usado. Toda mi vida acababa de quedar reducida a este escondite mugroso.

​«Qué gran manera de empezar el día», pensé con ironía, tragándome las lágrimas de impotencia. De aspirante a pintora a prófuga del imperio en menos de doce horas.

​De pronto, la madera de la cubierta crujió justo sobre mi cabeza.

​Pasos pesados y ágiles avanzaban lentamente hacia donde yo estaba oculta.

​Me pegué contra los barriles, cerré los ojos con fuerza y me tapé la boca con ambas manos, conteniendo la respiración mientras el corazón me martilleaba el pecho a una velocidad demencial, odio mi vida y mi existencia en estos momentos, maldigo ser tan curiosa y tener poco sentido de la supervivencia.

Los pasos sobre la cubierta se detuvieron en seco justo encima de mi cabeza. El crujido de la madera cesó y el silencio se volvió denso, interrumpido solo por el chirrido de los cabrestantes del barco.

​El choque pesado de metal contra metal resonó desde el muelle. Los guardias de Azazel habían alcanzado el babor.

​—¿Qué buscan? —preguntó una voz desde la cubierta.

​Sonaba a la de un chico joven, pero tenía un tono despreocupado, casi descarado, de alguien que está demasiado acostumbrado a lidiar con autoridades con espadas.

​—Alguien robó un libro y lo queremos de vuelta —respondió la voz metálica y amplificada del soldadoy aspera

​Escuché el sonido de una madera siendo pateada suavemente arriba.

​—Pues qué mal. Yo y mi tripulación acabamos de llegar y ya nos vamos.

​—¿Seguro? —insistió el guardia, marcando cada sílaba con desconfianza.

​—No tengo por qué mentir —contestó el chico con total frialdad, sin alterarse un solo segundo.

​Un silencio tenso flotó en el aire durante unos segundos que me parecieron eternos. Me apreté aún más contra los barriles, con las manos apretadas fuertemente sobre mi boca para no dejar salir ni el más mínimo aliento.

​—Bien. Márchense —ordenó finalmente el soldado.

​Escuché el sonido rasgado de las cuerdas al desatarse de las estacas de madera del muelle y el chasquido de las velas de la nave al desplegarse y atrapar las corrientes de aire.

​Un leve temblor recorrió el suelo debajo de mí. El barco dio un tirón suave y el crujido de la estructura de madera cambió de ritmo. Miré por una rendija entre los barriles y vi cómo el piso de Oakhaven y los rostros ocultos bajo los cascos de los soldados empezaban a hundirse hacia abajo.

​Nos estábamos separando de la superficie.

​«Maldición, maldición, maldición...» repetí en mi mente en un pánico absoluto.

​El barco se elevaba rápidamente hacia las nubes, dejándome atrapada en el aire, a bordo de una nave desconocida, cargando un libro robado y completamente a la merced de quienquiera que fuera el chico de la voz descarada y su "tripulación" esto fue una mala idea, maldición ahora me botaron del barco y no me puedo quedar en quien sabe dónde porque soy una ermitaña y lo único que conozco es el pueblo en dónde vivía, no conozco más allá de eso.




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