El cuerpo del hijo

6

Miró a su alrededor con infinita tristeza mientras sujetaba su dolorido vientre. La cunita estaba tendida; el osito, de brazos abiertos, descansaba sobre la pequeña almohada y arriba, el móvil con los caballitos se bamboleaba, apenas, con la brisa de la ventana medio abierta. Ni siquiera hizo el intento por colocar las cortinas, el esfuerzo de subir las escaleras y haber caminado tanto le había causado un dolor tremendo en el abdomen y las piernas.

Apagó la luz al salir y dejó la puerta abierta para que corriera el aire. Llegó hasta su cuarto sosteniéndose de las paredes. El ventilador de techo estaba detenido. «¡Qué raro!», pensó. «Hubiera jurado que había quedado encendido.»

Caminó con dificultad hasta el toma y apretó la tecla. Nada. Las aspas no se movieron. Unos hilos de luz se colaban por la persiana, dotando de un color ocre a la habitación. Quiso abrir las hojas, pero un dolor punzante le hizo doblarse en dos. Con gesto de disgusto, resoplando, se sentó sobre la cama y se tendió sobre ella. Descansaría un momento antes de volver a caminar, lo que le estaba implicando cada vez mayor esfuerzo, e ir a abrir la ventana. El calor se estaba tornando insoportable, casi tanto como el dolor de sus heridas. La de la panza y la del alma. Buscó la cajita de antibióticos y sacó una pastilla, la tragó sin agua, no estaba en condiciones de llegar hasta el baño.

Todo su cuerpo estaba húmedo de transpiración. Se miró las manos que habían estado sujetando su vientre, estaban rojas y viscosas. Las limpió en la sábana, no podía levantarse a buscar una gasa. Suspiró, intentando no asustarse. Pasó el revés de su derecha por la frente, estaba empapada. Se sentía vacía, hueca, profanada.

Necesitaba ponerse bien para buscar a Beltrán.

«¡Mi bebé!», gimió y, aunque cada sollozo era una daga que se le clavaba en el vientre, lloró. Porque lo necesitaba. Más dolía la herida, más sangraba y más lloraba. Hasta que por fin, el nudo en el pecho comenzó a aflojase y la angustia remitió unos pocos pasos. El ventilador empezó a girar, lentamente primero, un poco más rápido después.

«La instalación debe estar en corto.», pensó, con los ojos llorosos, clavados en las paletas. «¿Y si el aparato está flojo? ¿Si se me cae encima?».

Intentó incorporarse pero no pudo. El dolor era demasiado intenso. Estiró el brazo buscando el teléfono. No iba a llamar a nadie todavía, pero se sentía más segura teniéndolo cerca. Entonces recordó que lo había dejado abajo.

Shhh 

Escuchó. Era un sonido lento, suave, como un silbido agotándose.

Dos lágrimas cayeron por el costado de sus ojos y se refugiaron en sus orejas. Contuvo la respiración. Detuvo hasta el parpadeo y fijó las pupilas en el techo, centrando toda su atención a los sonidos del ambiente. 

Shhh

No era el ventilador. El siseo provenía de ninguna parte y de todos lados. No encontraba un punto definido en el que pudiera originarse. 

¿Era el silbido del viento? ¿La segadora de algún vecino?

Shhh

No. Era allí mismo. Dentro de la casa. En su habitación. 

¿O en el pasillo? ¿Era en la habitación de Beltrán? ¿Alguien se habría metido por la ventana que había dejado entreabierta?

Shhh

—¿Quién está ahí? —preguntó en  voz alta, intentando incorporarse. Dos manos invisibles,  delicadas, la obligaron a recostase nuevamente sobre las almohadas. Sus dientes repiquetearon al punto de temer que se quebrasen, con un golpeteo ruidoso e infernal que hacía eco en su columna y se expandía por todo su cuerpo. Temblaba como una hoja; su cuerpo estaba frío, helado. No sentía la piel.

Shhh

—¿Qui-quién es? —volvió a preguntar,  esta vez le salió un susurro desvaído. 

¿Estaría soñando? ¿Las pastillas estarían causándole ese efecto tan extraño? ¿Estaría volviéndose loca?

Un tacto gélido, melindroso, se posó sobre sus ojos. Quiso gritar, pero la voz se atascó en su garganta. El corazón retumbó con fuerza inusitada dentro de su pecho. 

Algo le bajó con suavidad los párpados e, increíblemente, de a poco comenzó a calmarse, su respiración se fue aquietando. No estaba segura si todo aquello era real o se trataba de una pesadilla. No se atrevía a abrir los ojos. 

De pronto dejó de sentir miedo. ¿Se había dormido?

Un hálito tibio, cálido y manso pasó por delante de su nariz. Olía dulce, como a miel con vainilla. ¿De dónde recordaba ese aroma? ¿Algún perfume? Canela. También olía a canela. La herida había dejado de doler. Humo. Ahora percibía un humo de sándalos, o de inciensos. Como si se hubieran encendido sahumerios dentro de la habitación. Todo le resultaba tan familiar. ¡Estaba tan a gusto! 

«¿Quién sos?» 

Quiso preguntar, pero su boca no se movió. 

Shhh

Había algo tranquilizador en ese sonido. Algo conocido. Vivido ya. 

«Devolveme a mi hijo.» —Pidió con el pensamiento.

Supo, en su mente, que ése algo que la acompañaba le había sonreído y ella sonrió también, con los ojos cerrados. Completamente relajada.

«Te doy a cambio, lo que quieras.» —Sostuvo.

Una risita contenida sonó en alguna parte.

Se dió cuenta que estaba apretando la sábana con fuerza. Sintió los ojos de ese algo clavarse en su rostro. Ojos duros. ¿Tristes? Creyó sentir unos dedos largos resbalando sobre sus mejillas. Entreabrió apenas los labios y exhaló un suspiro. Conocía esa caricia. 

«¿Quién sos?»  —Repitió.

Shhh

 

*

 

El zumbido del celular la despertó. Estiró la mano y lo agarró. Era un mensaje de Lorenzo.

«¿Estás bien?»




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