El cuerpo del hijo

9

Para María, volver a quedarse sola en la casa  significaba una única cosa: estar alerta. Las señales estaban ahí, lo intuía, lo sentía en la piel. Un ligero estremecimiento la embargó cuando vio a Lorenzo alejarse por la curva de la calle, cubierto con su piloto y sus botas de goma, encaramado en la bicicleta. 

—Tené mucho cuidado —le había dicho segundos antes—, las calles están muy resbalosas. 

Él había sonreído para tranquilizarla y, luego de dejarle un fogoso beso en los labios, se había marchado. 

Cerró la puerta sin poder quitarse la desazón que tendría hasta que Loren le avisara que había llegado sano y salvo a su trabajo; fue a la cocina a poner nuevamente la pava al fuego. Necesitaba más mate. 

De la alacena alta, sacó aquella caja de fotografías que había encontrado en el placard y la dejó sobre la mesa. Instintivamente miró hacia arriba, su cuarto y la luz del  pasillo estaban encendidas. No se escuchaba más que la lluvia que caía, algo más blanda, pero aún gruesa y tupida.

Vació un poco el mate que acababa de ocupar con Lorenzo y agregó una cucharada de yerba nueva. Cuando tuvo todo listo, miró la mesa, indecisa acerca de qué lugar ocuparía; normalmente se sentaba en la silla que quedaba de espaldas a la puerta; esta vez no quiso. O no se animó. Se sentó en la de enfrente. Destapó la caja y comenzó a sacar las fotos, una por una y a observarlas. Aquellos rostros le eran desconocidos. Todos, menos uno. Un hombre de unos cuarenta años, calvo, de vivaces ojos oscuros, que sonreía desde la imagen, bastante borrosa. Estaba de pie junto a una mujer algo llenita, de pelo enrulado, largo hasta por debajo de los hombros; los dos lucían trajes de baño y reían a la cámara. 

¿Era su patio? ¿Esa foto había sido tomada en su patio? No, su patio no tenía piscina y la imagen mostraba una piscina, ¿habría habido antes alguna pileta? Eso que se veía al fondo era, indudablemente, el árbol de su patio. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué su rostro le resultaba familiar? 

Llenó otra vez el mate y se estiró hacia atrás, chupando la bombilla. El silencio de la casa la estaba agobiando; le resultaba extraño. Con el corazón repiqueteando, casi dolorosamente, dentro de su pecho, estaba atenta, esperando escuchar aquél siseo, el móvil sonando sobre la cuna, o ver esa silueta que la esquivaba. «Sé que estás acá», pensó. No quería concentrarse demasiado para no autosugestionarse. 

Dejó el mate sobre la mesa y decidió ir por la lupa que, sabía, tenía en el cajón de su mesa de noche. Necesitaba ver bien al hombre de la foto.

Subió la escalera, ya con más agilidad que los días anteriores. Al llegar al piso superior se topó con un halo frío, gélido, que la contuvo en el último escalón durante unos segundos. A su derecha, la luz de la habitación de Beltrán estaba encendida. Escuchó un sutil gorgoteo de bebé; apenas, como un susurro y hacia allá fue. La puerta estaba abierta de par en par, la ventana tenía sus cortinas de ositos corridas y una ligera ráfaga de aire se filtraba por la persiana. Las hojas de vidrio habían quedado abiertas. Pero lo que le llenó los ojos de lágrimas y le acentuó el dolor en el pecho fue ver la cuna destendida otra vez, como si alguien hubiese dormido allí. Estaba segura que si la tocaba, se sentiría tibia, pero no se atrevió a hacerlo. 

El móvil apenas se mecía con el viento que entraba por la ventana. El osito estaba en el suelo y... ¡Dios mío!  Llevó las manos a su rostro. Allí, en un rincón, sucio y descolorido estaba el patito de goma que había llevado al cementerio y depositado junto a la lápida.

Se agachó despacio y lo levantó. Le sacudió el barro y la tierra con la mano y lo sopló, para quitarle todo el polvo que pudiera. Tenía que lavarlo. Lo apretó contra su pecho y lloró.

Shhhh.

—¡Volviste! —murmuró con voz entrecortada—. Decime quién sos; o mejor, no. No me lo digas. Decime qué querés de mí. Devolveme a mi hijo y haré lo que quieras,  te lo juro.

Shhh.

El móvil comenzó  a girar lentamente y la musiquita se hizo escuchar de nuevo. Un olor avainillado giró como una voluta invisible a su alrededor.

Mirando fijamente hacia la puerta, María avanzó con pasos sigilosos, hasta llegar al baño; abrió la canilla y metió el patito debajo del chorro. Se asustó cuando, al levantar la vista hacia el espejo distinguió, detrás suyo, aquella sombra de cuencas vacías. Oscura. Pero no dijo nada, sólo se quedó viéndola, con los ojos muy abiertos. La figura sonrió, mostrando sus dientes podridos y sanguinolentos, los labios ennegrecidos y esa expresión satisfecha que no pudo descifrar.

El lavabo se llenó de agua porque la cola del muñeco de goma se había encajado en el desagüe. En cuanto se percató de ello, cerró el grifo. 

Fue un segundo; cuando volvió a levantar la vista, la silueta había desaparecido. 

«Es el hombre de la foto», se dijo mientras secaba con la toalla el juguete, para colocarlo luego en el borde de la bañera. 

Corrió hasta su cuarto, sacó la lupa del cajón y bajó casi volando la escalera. Se abalanzó sobre la fotografía y colocó el cristal sobre el rostro del hombre. ¡Era él! 

¡Es el hombre de la foto! ¿Qué quiere de mí?

—¡¿Me vas a ayudar a encontrar a Beltrán?! —gritó. 

Arriba, el móvil se detuvo. El silencio se hizo eco otra vez, en toda la casa.

Se sentó y comenzó nuevamente a revolver la caja. Sacó todas las fotos, revisó sus reversos. Nada, ninguna tenía escrito nada, ni un nombre, ni una fecha, nada.

Corrió hasta la ventana del comedor. Los Ochoa no habían regresado todavía. Buscó una libretita que tenía junto al teléfono; tenía que tener anotado en algún lado el número del dueño de su casa; ella casi no había hablado con él, el que se encargaba de todo era Lorenzo, pero tenía que estar. 

Cuevas, Cuevas... Sí, allí estaba. Sin darse tiempo a pensarlo dos veces, marcó y esperó.




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