El cuerpo del hijo

14

Lorenzo había pasado esos últimos dos días estudiando los bordes que su esposa le había mostrado en el césped de su patio, donde ella suponía que podría haber habido una piscina. Él tampoco lo había notado antes. 

María había juntado restos de aquél polvo blanco que había encontrado en los laterales del viejo árbol con intenciones de entregárselos a la doctora Carina López ya que, pensaba, era la única que tenía posibilidades de enviarlos a un laboratorio para que fueran examinados. Aunque a Lorenzo le pareció una idea bastante absurda, su mujer estaba convencida que de allí, saldría algo muy revelador.

También habían intentado hablar con Cuevas acerca de esa posible piscina que antes habría ocupado los fondos de la casa, pero éste aseguró desconocer tal cosa. Cuando él la compró, dijo, no había ninguna pileta. De lo contrario se habría quedado él mismo con la propiedad, había comentado entre carcajadas. 

Habían cortado la comunicación luego de que el muchacho le aclarara la desgracia que habían sufrido recientemente y, aunque el viejo Cuevas pareció sentir realmente su pesar, no dejó de recordarle que esperaba el pago, para cuando pudiese. A lo que el muchacho le aseguró que pasaría esa misma tarde, ya que el día anterior había cobrado el aguinaldo.

Tras esto, Lorenzo chupó la bombilla del mate que le había alcanzado su esposa y se sumió en un estado de reflexión con los ojos clavados en la pantalla de la computadora. 

—Acá no hay dirección ni nombres. No sabemos cómo se llamaba la gente que vivía acá —dijo.

—No —respondió María colocando la pava sobre una coqueta maderita pintada y sentándose junto a él—. Eso nos lo tendría que contar Cuevas. Pero a mí no me quiso hablar de ellos.

El joven resopló con cansancio y se echó hacia atrás en la silla.

—Voy a preguntarle yo, a ver si me dice algo cuando vaya a pagarle el alquiler. Ahora me pregunto, ¿por qué tenés tanto interés en ir a devolver esa caja? Si todos éstos —revolvió descuidadamente las imágenes diseminadas sobre la mesa— ya están muertos, y cuando se llevaron las cosas, nadie reclamó... —El muchacho colocó su mechón rebelde detrás de la oreja y levantó una de las fotografías al tiempo que devolvía el mate a su mujer. Estudió la imagen con detenimiento, ante la mirada intrigada de ella, que volvió a cargar el pequeño recipiente.

—¿Qué viste? —le preguntó.

Por toda respuesta, su marido se levantó y se acercó a la ventana, como para obtener más luz; levantó la instantánea y, como quien estudia el mapa de un tesoro, se giró para un lado, para el otro, bajó la mano, la subió y finalmente, abrió la boca para taparla con la mano izquierda.

—¡¿Qué? —volvió a interrogar la chica, ya con alarma en la  voz.

Lorenzo se acuclilló junto a ella y le enseñó la imagen.

—Mirá.

La fotografía estaba tomada desde muy lejos y desde cierta altura, tal vez un primer piso, pero de otra casa. La calidad era bastante mala y se borroneaban los contornos, así y todo, podía distinguirse a un hombre que reía junto a la parrilla, vestido con una bermuda y remera blanca, y a una mujer a su lado. Era la misma pareja que había visto antes, en otra fotografía y que, presumía María, serían los asesinados. «El calvo y su esposa»,  pensó la chica. Pero lo que Lorenzo le señalaba era otra pareja, de la cual no se distinguían sus rostros ya que estaban mucho más alejados, al otro lado de la piscina, sentados en el borde y con los pies metidos en el agua. Era evidente que la chica estaba embarazada y el chico...

—¡Oh! —María abrió sus ojos y tapó su boca con la mano, para ahogar un grito. Miró  a su marido con ojos horrorizados—. ¡Es Valentín!—exclamó.

Lorenzo sonrió apenas.

—No. No  creo que sea él —dijo pasando la mano sobre sus labios—. Pero así, de lejos, se parece ¿no? Está tan borrosa la foto... ¡Ché! ¿Y si el pibe ese que vino, haciéndose pasar por electricista, es pariente de los que vivían antes? —Se puso de pie y enredó sus dedos en el cabello, peinandolos hacia atrás sin dejar de mirar la fotografía, con el rostro pálido y sudoroso. Suspiró hondamente. Estaba contagiándose de las paranoias de su esposa, pensó. Negó con la cabeza—. No. No lo creo —repitió  para convencerse.

—¡Sí! ¡Sí que podría ser! —afirmó María con vehemencia, levantándose y pasando un brazo alrededor del cuello de su esposo—. Yo sentí algo acá dentro cuando lo vi. —Hundió los dedos en el centro de su pecho—. Ese pibe tiene que ser alguien conectado con ésto...

Lorenzo la miró con pena y tomándola por la nuca, la besó dulcemente. Todo comenzaba a perder el sentido: ¿Cómo sabría ese chico que necesitaban un electricista? Se apartó de María con la fotografía en la mano. Ella se apuró a servir otro mate y dárselo. El  muchacho apenas levantó la mirada al recibirlo. ¿Y si había sido el mismo Valentín, o como se llamara, el que había manipulado el cableado para que fallaran los ventiladores? Si había vivido en esa casa sabría muy bien cómo se distribuyen los circuitos, pensó. El artículo que le había hecho leer María, y que aún permanecía en la  pantalla de la computadora, decía que la policía creía que el joven hijo del matrimonio fallecido y su esposa, podrían haber sido los asesinos. ¿Y si habían vuelto? ¿Por qué? ¿Para qué? Se hablaba de una cuenta bancaria. ¿Y si el dinero estuviera en la casa?

—¿Cuándo sucedió lo de los asesinatos? —preguntó.

—El 22 de diciembre de 2011. 

—Hace cinco años —murmuró, acariciando su barbilla. Se sentó de nuevo frente a la pantalla.

María sintió en su cuerpo un temblor ligero y una corriente fría, que la envolvió con una suavidad que ya le resultaba familiar. Miró hacia la escalera. Allí estaba el calvo otra vez; era la primera vez que se le aparecía con su esposo delante. El espectro parecía afirmar con la cabeza, la chica tuvo la sensación de que le sonreía. 

Lorenzo, que se había cansado de sostener el mate en el aire, esperando que su mujer lo agarrara, giró la cabeza. Y lo que vio le preocupó sobremanera: María estaba rígida, mirando hacia algún punto que aún no podía definir, con los ojos fijos, como si hubiese visto algo inesperado. Sin emitir sonido, se volteó lentamente para saber cosa qué había llamado tanto su atención. Entonces las palabras se le atragantaron en el pecho. Los músculos dejaron de responderle, no pudo pararse, ni dejar el mate sobre la mesa. Ni sostenerlo. El utensilio cayó, rebotando varias veces en el piso, desparramando yerba y bombilla, y rodando luego hasta el pie de la escalera. Entonces la sombra, o lo que fuera la cosa que había visto, ya no estaba.




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