El viento recorría el bosque como un susurro antiguo.
Las hojas se agitaban sin que nadie pudiera ver qué las movía. Aquella noche, la luna era completamente roja, enorme, como un ojo vigilando el mundo.
Sentada junto a una pequeña fogata estaba Morgana.
Su largo vestido negro rozaba la tierra mientras observaba las llamas bailar. A su lado, dos gatos negros permanecían inmóviles. Sus ojos dorados brillaban con una inteligencia casi humana.
—Esta noche huele diferente —murmuró Nox.
Ébano levantó las orejas.
—La magia está cambiando.
Sobre una rama descendió un cuervo de plumas oscuras. Sus alas levantaron una lluvia de hojas secas antes de posarse frente a la bruja.
—Han abierto la tumba —dijo Corvus con voz grave.
Morgana levantó lentamente la mirada.
—¿Estás seguro?
—Lo he visto con mis propios ojos. Tres hombres del pueblo rompieron el antiguo sello creyendo que encontrarían un tesoro.
La bruja cerró los ojos.
Había esperado ese momento durante años.
Los viejos pergaminos advertían que nadie debía tocar aquella tumba. No guardaba oro ni joyas.
Guardaba algo mucho peor.
El suelo comenzó a temblar.
Las llamas de la fogata cambiaron de color, volviéndose azules.
Los gatos arquearon el lomo.
En algún lugar del bosque se escuchó un grito.
No era humano.
Era el rugido de una criatura que llevaba siglos atrapada.
Morgana tomó su escoba y un bastón de madera oscura grabado con antiguos símbolos.
—Ha comenzado.
Corvus extendió las alas.
—Entonces... que los dioses nos protejan.
La bruja miró hacia la inmensa luna roja.
Sabía que, antes de que terminara esa noche, el bosque volvería a recordar por qué las personas le tenían miedo.