El bosque había cambiado.
Los árboles, antes silenciosos, parecían susurrar entre sí. Una niebla espesa cubría el sendero, y el aire olía a tierra húmeda y a magia antigua.
Morgana caminaba con paso firme. Corvus volaba sobre su cabeza mientras Nox y Ébano avanzaban a cada lado, atentos al menor sonido.
De pronto, el cuervo descendió bruscamente.
—No estamos solos.
Un crujido rompió el silencio.
Entre la niebla aparecieron dos enormes ojos dorados.
Luego otros.
Y otros más.
Decenas de criaturas observaban desde la oscuridad.
No eran lobos.
No eran humanos.
Eran los Sombríos, espíritus nacidos del miedo, encerrados siglos atrás por las primeras brujas del bosque.
Uno de ellos dio un paso al frente. Su cuerpo era una masa de humo negro con garras largas como cuchillas.
—La Guardiana... sigue con vida —dijo con una voz que parecía venir de todas partes.
Morgana apoyó su bastón contra el suelo.
Runas plateadas comenzaron a brillar bajo sus pies.
—Mientras yo respire, no cruzarán el bosque.
Los Sombríos rieron al unísono.
—Ya es demasiado tarde.
De repente, un rugido estremeció la tierra.
Los árboles se inclinaron como si una fuerza invisible los empujara.
En el centro del bosque apareció una grieta de la que escapaba una luz roja.
Corvus abrió las alas con desesperación.
—¡El sello se está rompiendo!
Nox erizó el pelaje.
—Si esa puerta se abre por completo...
Ébano terminó la frase.
—...el Rey de las Sombras volverá.
Morgana sintió un escalofrío.
Había oído ese nombre desde niña.
Era el ser que había provocado la gran guerra mágica hacía más de mil años. Nadie que lo hubiera visto había sobrevivido para contar la historia.
La bruja levantó el rostro hacia la luna roja.
Sabía que aquella no sería una batalla cualquiera.
Era el comienzo de una guerra que decidiría el destino de los dos mundos.
Y, por primera vez en muchos años...
Morgana sintió miedo.