La grieta de luz roja seguía creciendo.
Cada latido de la tierra hacía temblar las raíces de los árboles, mientras un viento helado apagaba toda señal de vida. Los Sombríos retrocedieron lentamente, inclinando la cabeza como si esperaran la llegada de un rey.
—Todavía no... —susurró Morgana—. Aún no ha despertado por completo.
Corvus descendió sobre su hombro.
—Entonces debemos llegar a la cabaña. El Libro de los Cuervos es nuestra única esperanza.
Sin perder un segundo, los cuatro emprendieron el camino.
La vieja cabaña de Morgana se ocultaba entre robles centenarios. Su techo estaba cubierto de musgo y las ventanas brillaban con una tenue luz violeta.
Cuando la bruja cruzó el umbral, las velas se encendieron solas.
Las estanterías rebosaban de frascos con hierbas, cristales y antiguos pergaminos. En el centro de la habitación descansaba un enorme libro encadenado sobre un pedestal de piedra.
—Ha llegado el momento... —dijo Morgana.
Colocó ambas manos sobre la cubierta.
Las cadenas comenzaron a romperse una por una, como si el libro hubiera estado esperando aquel instante durante siglos.
Al abrirlo, las páginas pasaron solas hasta detenerse en un dibujo.
Era la imagen de una joven bruja acompañada por dos gatos negros y un cuervo.
Morgana sintió que el corazón se le detenía.
—Soy yo...
Pero entonces descubrió algo más.
En la página siguiente aparecía otra figura.
Un joven de ojos plateados sostenía una espada de cristal. Sobre su pecho brillaba un símbolo idéntico al que Morgana llevaba oculto bajo su collar desde que era niña.
—¿Quién es él? —preguntó Nox.
Corvus observó con atención el dibujo.
—La profecía hablaba de dos guardianes, no de uno.
Ébano levantó la mirada.
—Eso significa que Morgana no está destinada a luchar sola.
Antes de que pudieran seguir leyendo, un golpe estremeció la cabaña.
¡BOOM!
Las ventanas estallaron en mil pedazos.
Una sombra gigantesca apareció frente a la puerta.
Dos ojos rojos brillaban en la oscuridad.
Una voz profunda resonó como un trueno:
—He encontrado a la última bruja.
Morgana tomó su bastón mientras una llama azul envolvía sus manos.
Sonrió con serenidad.
—Entonces... ven por mí.
La puerta explotó en astillas.
Y la batalla comenzó.