El joven despertó sobresaltado.
Su corazón latía con fuerza mientras la marca en forma de cuervo brillaba sobre su pecho. Jamás había visto aquel símbolo, pero sentía que siempre había formado parte de él.
Se llamaba Adrián.
Vivía en una pequeña aldea al pie de las Montañas Grises, donde trabajaba como aprendiz de herrero. Su vida había sido sencilla... hasta esa noche.
Un golpe sonó en la puerta.
—¡Adrián! ¡Despierta! —gritó su abuelo.
El muchacho abrió la puerta y encontró al anciano con el rostro pálido.
—Las sombras han regresado.
Antes de que pudiera responder, un rugido estremeció el pueblo.
Del bosque comenzaron a surgir figuras negras con ojos encendidos.
Los aldeanos corrían aterrados.
Las campanas no dejaban de sonar.
Uno de los Sombríos levantó una garra para atacar a una niña.
Sin pensarlo, Adrián corrió para protegerla.
En ese instante, la marca de su pecho resplandeció con una intensa luz plateada.
Una poderosa onda de energía recorrió la plaza.
Los Sombríos fueron lanzados hacia atrás como si un viento invisible los hubiera golpeado.
Todos quedaron en silencio.
—¿Qué... qué eres? —preguntó un aldeano.
Adrián bajó la mirada, tan sorprendido como los demás.
Entonces, una voz habló desde el cielo.
—Al fin te encontré.
Corvus descendió batiendo sus enormes alas negras y se posó sobre una fuente de piedra.
—El tiempo se ha terminado, heredero.
Adrián dio un paso atrás.
—¿Un... cuervo que habla?
—No hay tiempo para explicaciones. La última guardiana te necesita.
—¿Quién es ella?
Corvus abrió las alas.
—Una bruja que lleva toda su vida protegiendo este mundo... y que ahora lucha sola.
En ese mismo instante, a cientos de kilómetros de allí, Morgana cayó de rodillas en el bosque.
El Devorador de Almas la había herido en el brazo, y la grieta de la que emergía la oscuridad seguía creciendo.
Nox y Ébano se colocaron frente a ella, decididos a defenderla hasta el final.
Morgana levantó la vista hacia la luna roja y, con un hilo de voz, murmuró:
—Ven pronto... porque sola no podré detenerlo.
Muy lejos de allí, Adrián dio el primer paso hacia el bosque encantado, sin imaginar que ese viaje cambiaría para siempre el destino de ambos... y del mundo entero.