Las campanas de la Biblioteca de las Brujas resonaban con un sonido grave y antiguo.
La anciana caminó hasta un enorme mapa grabado sobre una mesa de piedra. Con la punta de su bastón tocó tres puntos que comenzaron a brillar.
—Estas son las Reliquias Sagradas —explicó—. El Espejo de Plata, la Corona de Espinas y la Llama Eterna. Cada una está protegida por una prueba que no se supera con fuerza, sino con el corazón.
Adrián observó el mapa.
—¿Cuál está más cerca?
La anciana señaló una montaña cubierta de niebla.
—La Corona de Espinas. Pero cuidado... el bosque que la rodea se alimenta de los miedos de quienes lo atraviesan.
Morgana asintió.
—Entonces debemos partir ahora mismo.
Al caer la noche, los cuatro viajeros llegaron al Bosque de los Susurros.
No había pájaros.
No había viento.
Solo un silencio tan profundo que resultaba inquietante.
De pronto, una voz rompió la calma.
—No eres suficiente...
Adrián se volvió, pero no había nadie.
Otra voz susurró cerca de Morgana.
—Fallaste a tu familia...
La bruja cerró los ojos. Reconocía esas palabras. Eran las dudas que había guardado durante años.
Nox dio un salto sobre una roca.
—¡No las escuchen! ¡El bosque intenta entrar en sus pensamientos!
Ébano comenzó a maullar con fuerza, y su voz disipó parte de la niebla.
Sin embargo, el sendero desapareció.
En su lugar apareció un castillo en ruinas.
Frente a él, un hombre vestido con una armadura negra sostenía una corona hecha de ramas retorcidas y espinas plateadas.
—Bienvenidos —dijo con una sonrisa fría—. Soy Valerian, el Guardián de la Corona.
Corvus abrió las alas.
—Hace siglos juraste proteger la reliquia.
Valerian bajó la cabeza.
—Y lo hice... hasta que el Rey de las Sombras envenenó mi corazón.
Sus ojos se volvieron completamente negros.
—Si desean la Corona... deberán derrotarme.
La tierra comenzó a temblar.
Las espinas que cubrían el castillo cobraron vida, extendiéndose como serpientes hacia Morgana y Adrián.
La batalla por la primera reliquia acababa de comenzar.