Las espinas se lanzaron sobre los guardianes como si tuvieran vida propia.
Adrián alzó la Espada del Alba y cortó varias de ellas, pero por cada rama que caía, dos más crecían desde el suelo.
—¡No terminan nunca! —exclamó.
Valerian observaba desde lo alto de las escaleras del castillo con una expresión fría.
—La Corona no pertenece a los fuertes... sino a quienes vencen su propia oscuridad.
Morgana comprendió que aquella batalla no era como las anteriores.
Levantó su bastón, pero la magia apenas respondió.
Entonces, frente a ella apareció una ilusión.
Vio a sus padres sonriendo, como cuando era una niña. La llamaban con los brazos abiertos.
—Ven con nosotros, Morgana... Ya no tienes que luchar más.
Una parte de su corazón deseó correr hacia ellos.
Pero recordó las palabras de Corvus.
—El Rey utiliza aquello que más amas.
Con lágrimas en los ojos, dio un paso atrás.
—Los extraño cada día... pero sé que ustedes jamás me pedirían que abandonara mi deber.
La ilusión se desvaneció en un destello de luz.
Al mismo tiempo, Adrián cayó de rodillas.
Frente a él apareció la vida que siempre había deseado: una familia, una casa tranquila y un futuro sin guerras.
—Solo deja la espada... y todo será tuyo —susurró una voz.
Adrián cerró los ojos.
Luego sonrió.
—No puedo aceptar un sueño mientras el mundo esté en peligro.
Apretó con fuerza la empuñadura de la espada.
La hoja brilló con una luz tan intensa que atravesó todas las sombras del castillo.
Valerian dio un paso atrás.
Sus ojos negros recuperaron lentamente su color azul.
—Lo han conseguido...
Las espinas comenzaron a marchitarse.
La oscuridad que envolvía al antiguo guardián desapareció como humo llevado por el viento.
Valerian cayó de rodillas.
—Durante siglos fui prisionero del Rey de las Sombras. Gracias... por liberarme.
Con manos temblorosas, se quitó la corona de espinas y la entregó a Morgana.
En cuanto ella la sostuvo, las espinas se transformaron en delicadas ramas plateadas cubiertas de pequeñas hojas brillantes.
La primera reliquia había sido recuperada.
Pero la alegría duró poco.
El cielo rugió.
Una grieta atravesó las nubes y una lluvia de ceniza comenzó a caer sobre el bosque.
Corvus levantó la vista con preocupación.
—El Rey de las Sombras ya sabe que tienen la Corona...
Y ahora vendrá por ustedes.