El rugido del Dragón Abisal hizo vibrar las aguas del lago.
Las olas se elevaron como murallas, rodeando el templo de mármol. Sus inmensas alas, formadas por agua oscura, extendieron una sombra sobre los guardianes.
Adrián dio un paso al frente con la Espada del Alba en alto.
—¡No dejaremos que tomes el Espejo de Plata!
El dragón fijó sus ojos dorados en él.
—No he venido por el espejo... He venido por la Bruja de la Luna.
Morgana sintió un escalofrío.
—¿Me conoces?
La criatura inclinó lentamente la cabeza.
—Hace siglos juré proteger a tu familia. Pero el Rey de las Sombras rompió mi voluntad y me condenó a servirle.
Una cadena de oscuridad apareció alrededor del cuello del dragón. Cada eslabón estaba cubierto de antiguas runas negras.
Corvus abrió las alas.
—¡No lo ataquen! ¡Está siendo controlado!
Pero ya era demasiado tarde.
La cadena brilló con un resplandor siniestro y el dragón lanzó una enorme columna de agua que avanzó hacia ellos.
Morgana levantó su bastón.
—¡Escudo de Luna!
Una barrera plateada apareció frente al grupo. El impacto fue tan fuerte que todos retrocedieron varios pasos.
Nox y Ébano corrieron por las columnas del templo, esquivando las olas.
—¡Debemos romper la cadena! —gritó Nox.
Adrián observó las runas.
Entonces recordó una frase escrita en el Libro de los Cuervos:
"Ninguna cadena creada por la oscuridad resiste una promesa nacida de la luz."
Respiró profundamente y sostuvo la espada frente a su pecho.
—Prometo proteger este mundo... aunque tenga que entregar mi propia vida.
La Espada del Alba respondió con un resplandor nunca antes visto.
Un rayo de luz atravesó el aire y golpeó la cadena.
¡CRACK!
El primer eslabón se rompió.
El dragón rugió de dolor, pero sus ojos comenzaron a recuperar un intenso color azul.
Adrián volvió a levantar la espada.
—¡Una vez más!
El segundo golpe hizo estallar la cadena en cientos de fragmentos de cristal negro.
El dragón cayó al agua.
Durante unos segundos, todo quedó en silencio.
Luego, lentamente, emergió de nuevo.
Sus escamas ya no eran negras.
Ahora brillaban con un profundo color azul zafiro, y sus alas parecían hechas de agua cristalina.
La criatura inclinó la cabeza ante Morgana.
—Mi nombre es Asterion. La maldición ha terminado.
Morgana sonrió.
—Entonces... bienvenido de nuevo, viejo amigo.
Asterion abrió sus enormes alas.
—Permítanme ayudarlos. Conozco el camino hacia la tercera y última reliquia: la Llama Eterna, oculta en el corazón del Volcán del Alba.
Pero antes de que pudiera continuar, el cielo volvió a oscurecerse.
Una gigantesca corona de sombras apareció sobre las nubes.
La voz del Rey de las Sombras resonó en todo el mundo.
—Han reunido dos reliquias...
Pero la tercera jamás será suya.
Porque esta vez...
los estaré esperando.