El cielo desapareció.
Asterion voló durante horas siguiendo las indicaciones del Espejo de Plata. A medida que avanzaban, las estrellas se apagaban una por una, hasta que solo quedó una inmensa oscuridad.
Finalmente, apareció el castillo.
Se alzaba sobre una montaña negra, rodeado por nubes de tormenta. Sus torres parecían atravesar el cielo y cientos de cuervos volaban alrededor de ellas.
Morgana sintió que la Corona de Espinas comenzaba a calentarse.
—Estamos cerca.
Darian observó el castillo.
—Nadie ha entrado allí durante siglos.
Adrián levantó la Espada del Alba.
—Entonces seremos los primeros.
Las enormes puertas se abrieron antes de que pudieran tocarlas.
Dentro no había guardias.
No había trampas.
Solo un largo corredor iluminado por velas negras.
Nox olfateó el aire.
—Esto es demasiado fácil.
Ébano asintió.
—Definitivamente es una trampa.
Caminaron hasta llegar a una enorme sala circular.
En el centro había un trono.
Y sobre él estaba sentado el Rey de las Sombras.
Morgana se quedó inmóvil.
Había esperado encontrar un monstruo.
Pero frente a ella había un hombre.
Su cabello era blanco como la nieve y llevaba una corona negra. Sus ojos parecían contener miles de años de tristeza.
El Rey levantó lentamente la mirada.
—Morgana.
La bruja apretó el bastón.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Él sonrió tristemente.
—Porque conocí a tu madre.
Morgana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué hiciste con ella?
El Rey se levantó.
—Nada.
Dio un paso hacia ella.
—Ella fue quien me pidió que protegiera tu vida.
Morgana negó con la cabeza.
—¡Mientes!
El Rey levantó una mano.
El Espejo de Plata comenzó a brillar.
Dentro de él apareció una imagen del pasado.
Una joven bruja sostenía a una bebé entre sus brazos.
Morgana reconoció inmediatamente aquel rostro.
Era su madre.
Junto a ella estaba el hombre que ahora conocían como el Rey de las Sombras.
—Si algún día mi hija llega hasta ti —decía la mujer—, protégela. No permitas que conozca la verdad hasta que esté preparada.
La visión desapareció.
Morgana quedó completamente paralizada.
—Entonces... ¿tú la conocías?
El Rey cerró los ojos.
—La amé como a una hermana.
Por primera vez, una lágrima cayó por su rostro.
—Y fracasé en protegerla.
El silencio llenó la sala.
Pero entonces las tres reliquias comenzaron a brillar.
La Corona.
El Espejo.
La Llama.
El Rey retrocedió.
—No...
Adrián levantó la espada.
—Ha llegado el momento de liberarte.
La oscuridad alrededor del trono comenzó a agitarse.
Y detrás del Rey apareció una sombra gigantesca, mucho más terrible que él.
Corvus gritó:
—¡Ese no es el Rey!
Morgana comprendió la verdad.
La oscuridad no lo había poseído.
La oscuridad había tomado una forma propia.
Y ahora estaba detrás de ellos.