La criatura detrás del trono abrió los ojos.
Eran dos abismos negros.
Morgana sintió que la sangre se le congelaba.
—¿Qué es eso?
El Rey de las Sombras respondió con voz grave:
—Mi oscuridad.
La criatura dio un paso hacia ellos.
Cada vez que tocaba el suelo, las piedras se cubrían de grietas.
—Durante mil años —continuó el Rey— creí que yo era el monstruo. Pero cuando intenté arrancar la oscuridad de mi corazón, ella tomó vida propia.
Darian apretó los dientes.
—Entonces... ¿todo este tiempo has estado luchando contra ella?
—Sí.
La sombra lanzó un rugido.
Las ventanas del castillo explotaron.
—¡Ahora quiere mi cuerpo! —gritó el Rey—. Si lo consigue, ya no habrá forma de detenerla.
Morgana levantó la Corona de Espinas.
—Entonces no permitiremos que lo haga.
La corona comenzó a brillar.
Adrián levantó la Espada del Alba y el Espejo de Plata flotó sobre ellos.
Nox y Ébano se colocaron a ambos lados de Morgana.
—Juntos —dijo Nox.
—Hasta el final —añadió Ébano.
Asterion rugió desde el exterior del castillo.
Una corriente de agua atravesó las ventanas y golpeó a la criatura.
La sombra retrocedió.
—¡Ahora! —gritó Corvus.
Morgana lanzó la Corona hacia el aire.
Las ramas plateadas crecieron hasta formar un enorme círculo alrededor de la criatura.
Adrián clavó la Espada del Alba en el suelo.
Una columna de luz atravesó el castillo.
El Espejo de Plata comenzó a mostrar miles de recuerdos.
El Rey vio su infancia.
Su familia.
Sus amigos.
Las personas que había perdido.
Por primera vez en siglos, recordó quién había sido antes de convertirse en el Rey de las Sombras.
La criatura gritó.
—¡No!
Morgana dio un paso adelante.
—Tú no eres él.
La sombra se detuvo.
—Tú naciste de su dolor... pero no tienes derecho a gobernarlo.
La criatura comenzó a temblar.
Entonces Morgana extendió una mano.
—No voy a destruirte.
El Rey la miró sorprendido.
—Morgana...
Ella sonrió.
—Voy a devolverte a donde perteneces.
La sombra lanzó un último rugido.
Una explosión de oscuridad sacudió todo el castillo.
Cuando la luz desapareció, la criatura ya no estaba.
El Rey cayó de rodillas.
La corona negra se desprendió de su cabeza y se hizo polvo.
Por primera vez en mil años, sus ojos volvieron a ser completamente humanos.
—Lo lograste —susurró.
Morgana se acercó.
—Lo logramos.
Pero entonces Corvus miró hacia el cielo.
Su expresión cambió.
—Hay un problema.
Adrián levantó la vista.
A través de las ventanas rotas podían verse miles de estrellas encendiéndose nuevamente.
Pero entre ellas apareció una estrella roja.
Una sola.
Y cada segundo brillaba con más intensidad.
Corvus palideció.
—La oscuridad no era el único enemigo.
Morgana frunció el ceño.
—¿Entonces qué queda?
El cuervo respondió en voz baja:
—Algo mucho más antiguo.