El cielo estaba cubierto de criaturas de luz roja.
Descendían como una tormenta sobre el Castillo de la Noche Eterna.
Morgana levantó su bastón.
—¡Todos juntos!
Adrián corrió hacia el primer grupo de criaturas mientras la Espada del Alba iluminaba el camino.
Darian luchaba a su lado.
Asterion volaba sobre ellos, lanzando enormes corrientes de agua que derribaban a las criaturas sin destruirlas.
Nox y Ébano se movían entre las sombras como dos relámpagos plateados.
Pero la Madre de la Magia permanecía inmóvil.
Observaba.
Esperaba.
Morgana comprendió que aquello no era una batalla que pudieran ganar con fuerza.
Clavó su bastón en el suelo.
—¡Deténganse!
Todos quedaron inmóviles.
Incluso sus enemigos.
Adrián la miró sorprendido.
—¿Qué haces?
Morgana caminó lentamente hacia la Madre de la Magia.
—Quiero hablar.
La mujer inclinó la cabeza.
—¿Hablar?
—Sí.
Morgana dejó caer su bastón.
Después dejó la Corona de Espinas sobre el suelo.
Adrián comprendió lo que estaba haciendo y clavó la Espada del Alba en la tierra.
El Espejo de Plata quedó a sus pies.
Finalmente, Morgana levantó la Llama Eterna.
—Toda mi vida me enseñaron a temer a la oscuridad. Pero aprendí que la oscuridad también puede cambiar.
Miró al antiguo Rey de las Sombras.
—Él cambió.
Luego miró a Darian.
—Él también.
Después observó a Nox, Ébano, Asterion y Corvus.
—Y criaturas diferentes pueden elegir protegerse unas a otras.
La Madre de la Magia permaneció en silencio.
Morgana extendió la Llama Eterna hacia ella.
—La magia no pertenece a nadie.
La mujer frunció el ceño.
—La magia nació de mí.
—Tal vez —respondió Morgana—. Pero ahora vive en todos nosotros.
Durante unos segundos solo se escuchó el viento.
Entonces la Llama Eterna comenzó a brillar.
El Espejo de Plata se elevó.
La Corona de Espinas floreció.
Una luz dorada envolvió a todos.
La Madre de la Magia contempló el resplandor con lágrimas en los ojos.
—Durante miles de años pensé que debía recuperar lo que había creado.
Morgana sonrió.
—No tienes que recuperarlo.
Puedes compartirlo.
La mujer cerró los ojos.
Las criaturas de luz roja comenzaron a desaparecer.
La oscuridad sobre el castillo se disipó.
Y por primera vez en siglos, las estrellas volvieron a iluminar el cielo.
La Madre de la Magia se acercó a Morgana.
—Entonces tú serás la nueva guardiana.
Morgana negó suavemente.
—No quiero gobernar la magia.
Miró a sus compañeros.
—Quiero protegerla.
La mujer sonrió.
—Entonces has entendido lo que ningún guardián comprendió antes.
La Madre de la Magia tocó la frente de Morgana.
Una pequeña estrella plateada apareció sobre su piel.
—Desde hoy, la magia tendrá una nueva protectora.
El castillo comenzó a transformarse.
Las paredes negras se volvieron blancas.
Las flores crecieron entre las piedras.
Y el cielo recuperó sus colores.
La guerra había terminado.
Pero mientras todos contemplaban el amanecer, Corvus observó el horizonte.
Una pequeña sombra cruzó las montañas.
El cuervo no dijo nada.
Todavía quedaban secretos por descubrir.
Porque algunas historias terminan con una batalla...
Y otras apenas comienzan.