El silencio fue absoluto.
Morgana miraba al hombre que estaba frente a ella.
Los mismos ojos.
La misma voz.
El mismo rostro que había visto en sus recuerdos.
—Papá... —susurró.
El hombre sonrió.
—Sí, hija.
La otra Morgana apretó su espada.
—¡Mientes!
Él la miró con tristeza.
—No. También soy tu padre.
—Entonces, ¿por qué nos abandonaste?
La expresión del hombre cambió.
—Porque no tuve elección.
Morgana dio un paso hacia él.
—Todos dicen lo mismo.
—Esta vez tendrás que escucharme.
El hombre levantó una mano.
El cielo se llenó de imágenes.
Morgana vio el pasado.
Su padre estaba junto a dos niñas recién nacidas.
A su lado estaba la madre de Morgana.
Y detrás de ellos se encontraba el Vacío.
—Cuando ustedes nacieron —explicó—, el Vacío descubrió que ambas poseían una parte de la magia de la primera guardiana.
La madre de Morgana abrazaba a las niñas.
—Intentamos esconderlas.
Pero el Vacío las encontró.
El padre continuó:
—Para protegerlas, tuve que dividir el mundo.
Una niña fue enviada a un reino.
La otra, a otro.
—Y yo me quedé aquí para mantener encerrado al Vacío.
Morgana sintió lágrimas en los ojos.
—¿Entonces nunca quisiste abandonarnos?
—Nunca.
La otra Morgana bajó lentamente la espada.
—¿Y por qué te convertiste en su consejero?
Su padre miró al Vacío.
—Porque necesitaba estar cerca de él para mantenerlo dormido.
Morgana observó la enorme sombra.
—Pero ahora está despierto.
—Sí.
El hombre dio un paso hacia sus hijas.
—Y solo ustedes pueden detenerlo.
La sombra comenzó a rugir.
El castillo tembló.
El Vacío lanzó miles de tentáculos de oscuridad.
—¡No hay tiempo! —gritó el padre.
Morgana y su hermana se colocaron espalda contra espalda.
—¿Qué hacemos? —preguntó la otra Morgana.
Morgana levantó su mano.
La estrella plateada apareció.
Su hermana levantó la suya.
La estrella negra respondió.
Ambas comenzaron a brillar.
—Juntas —dijo Morgana.
—Juntas —repitió su hermana.
Adrián, Asterion, Nox y Ébano se unieron a ellas.
Una gigantesca barrera apareció alrededor del reino.
El Vacío golpeó una vez.
La barrera resistió.
Golpeó otra vez.
Las estrellas comenzaron a quebrarse.
—¡No podremos mantenerla mucho tiempo! —gritó Adrián.
Morgana miró a su padre.
—¿Cómo lo detenemos?
Él señaló el corazón del reino.
—Hay una sola manera.
—¿Cuál?
Su padre sonrió con tristeza.
—Tienen que entrar juntas en el corazón del Vacío.
Las dos hermanas se miraron.
—¿Y volveremos? —preguntó la otra Morgana.
Su padre guardó silencio.
Morgana comprendió la respuesta.
Adrián tomó su mano.
—No tienes que hacerlo.
Ella lo miró.
—Sí tengo.
Su hermana se acercó.
—No.
Morgana levantó la mirada.
—Esta vez no voy a hacerlo sola.
Las dos hermanas caminaron hacia la oscuridad.
Y el Vacío abrió sus enormes ojos.
—Por fin... mis dos hijas han venido a mí.