Morgana y su hermana atravesaron la oscuridad.
Al instante, todo desapareció.
No había cielo.
No había tierra.
Solo un inmenso espacio negro lleno de recuerdos.
—¿Dónde estamos? —preguntó la otra Morgana.
—Dentro del Vacío —respondió Morgana.
Una voz profunda resonó a su alrededor.
—No están dentro de mí. Ustedes siempre fueron parte de mí.
Morgana sintió un escalofrío.
Frente a ellas aparecieron dos pequeñas luces.
Una plateada.
Una negra.
—¿Qué son? —preguntó su hermana.
—Nuestros destinos —respondió la voz.
Las luces comenzaron a acercarse.
Morgana extendió la mano hacia la plateada.
Su hermana hizo lo mismo con la negra.
Cuando ambas las tocaron, una enorme visión apareció ante ellas.
Vieron a sus padres.
Vieron a la primera guardiana.
Vieron el nacimiento de la magia.
Y finalmente vieron al Vacío.
No era un monstruo.
Era una pequeña criatura sola, flotando en un universo vacío.
No tenía nombre.
No tenía compañía.
Solo existía.
Morgana comprendió.
—Tú no naciste para destruir.
La voz guardó silencio.
—Naciste porque estabas solo.
La otra Morgana miró a su hermana.
—Y nadie te enseñó a vivir con los demás.
El Vacío comenzó a temblar.
—¡Silencio!
Una enorme ola de oscuridad se lanzó contra ellas.
Las dos hermanas se tomaron de las manos.
—No vamos a luchar contra ti —dijo Morgana.
—Vamos a escucharte —añadió su hermana.
La oscuridad se detuvo.
Por primera vez, el Vacío permaneció en silencio.
Entonces una pequeña figura apareció frente a ellas.
Era aquella criatura.
Pequeña.
Asustada.
Sola.
Morgana se arrodilló.
—No tienes que estar solo.
La criatura levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque ahora tienes una familia.
La otra Morgana extendió la mano.
—Nos tienes a nosotras.
El Vacío comenzó a llorar.
Sus lágrimas eran pequeñas estrellas.
Cada una iluminaba una parte de la oscuridad.
Afuera, Adrián observaba cómo la barrera comenzaba a cambiar.
La oscuridad que cubría el cielo empezó a llenarse de estrellas.
—¡Está funcionando! —gritó.
El padre de Morgana sonrió.
—Lo consiguieron.
Dentro del Vacío, las dos hermanas abrazaron a aquella pequeña criatura.
Entonces una enorme luz apareció.
El Vacío comenzó a transformarse.
Su oscuridad se convirtió en un cielo lleno de estrellas.
Morgana sintió que algo cambiaba dentro de ella.
—Creo que es hora de volver.
La criatura sonrió.
—No me iré.
—¿Qué harás?
—Protegeré los espacios entre las estrellas.
Morgana sonrió.
Las dos hermanas comenzaron a regresar.
Pero justo antes de atravesar la luz, escucharon una última voz:
—Gracias por enseñarme que existir no significa estar solo.
Las puertas del Vacío se cerraron.
Morgana abrió los ojos.
Estaba nuevamente en el reino en llamas.
Adrián corrió hacia ella.
—¡Morgana!
Ella lo abrazó con fuerza.
Su hermana apareció a su lado.
Por primera vez, ambas sonrieron.
El cielo comenzó a cambiar.
Las nubes rojas desaparecieron.
Las estrellas volvieron a aparecer.
Y sobre ellas surgió una nueva constelación.
Dos mujeres sosteniendo una pequeña estrella.
Su padre las contempló emocionado.
—Ahora sí...
Las dos hermanas habían salvado dos mundos.
Pero todavía quedaba una pregunta.
¿Qué harían con sus dos destinos?