El Cuidador

C A P Í T U L O 2 9

Tres meses después.

La puerta de la ventana de su habitación se agitó con violencia, alzó la cabeza en medio de su somnolencia, soñaba con ella otra vez, cerró los ojos y puso de nuevo su cabeza sobre la almohada, trataba de rememorar esos segundos en los que volvió a ver su rostro en sus sueños. Un sonido estridente proveniente de la calle se lo impidió, corrió hacía la ventana, vehículos militares recorrían las calles, también habían soldados a pie corriendo de un lado a otro. «Algo pasa». Bajó de prisa, el perro ladraba hacia la puerta, al oír el teléfono, atendió de inmediato.

—¿Señor Irazábal?, soy yo, Luis.

—Mundo, ¿qué está pasando?

—Un golpe de estado —dijo con tono tenso—, dicen que el presidente del gobierno está muerto. El parlamento está reunido ahora mismo.

—¡Dios!, necesito noticias de Abel. Necesito ir a la comandancia.

—No, debería irse lejos, verá: estoy en la estación de tren, partiré hacia la casa del señor Ledezma, la invitación lo incluye, él trató de contactarlo, dijo que nadie respondió.

—¿Qué me vaya?, ¿por qué?

—Verá: han tomado la fábrica, los rebeldes la consideran un bastión de su guerra, una conquista. Creen que han ganado la causa que apoyan porque a quien apoyan es quien está dirigiendo el gobierno. Han reducido a la policía.

—¿Los rebeldes que apoyan a quién?, ¿qué bandos hay en el ejército?

—En estos momentos, todo es muy confuso, sé lo poco que le cuento, quien dirige la causa rebelde es un general, un tal Miguel Ángel Arreaza, dicen que su crueldad es legendaria.

Su corazón se paralizó, ese era el nombre del general que se casó con la verdadera Analía, ¿se llegarían a casar?, Abel nunca lo aclaró en sus cartas, era cierto aquello de que no estaba muerto, algo ocultaban, necesitaba saber de Abel. No podía más, las fuerzas se le iban.

—No iré a ningún lado. —Colgó.

Comió algo rápido mientras terminaba de vestirse, tocaron a su puerta con insistencia, eran sus vecinos, Pía se echó sobre sus brazos.

—Xavier, están tomando todo, las calles están revolucionadas, ¿para dónde vas?, no puedes salir así.

—Puedo, lo haré.

—Es una locura, dicen que tomaron la fábrica de armas y municiones, quizás vengan por ti. Aún puedes esconderte —dijo Marcelo.

—No me iré a ningún lado.

—Ella no volverá —sentenció Pía con vehemencia.

Xavier alzó la vista, la retó con una mirada cargada de ira y dolor.

—No, no va a volver, por eso tengo que buscarla.

—Ya deberías haberte resignado a que esa pobre mujer no va a volver —replicó.

Pía negó con resignación. Se llevó las manos a la cabeza.

—Te van a matar, debes esconderte…—repitió el anciano.

—No me voy a esconder. El hombre que ha tomado el poder, quizás esté con la hermana de Mar —contó, se reservó el hecho de que quizás sea legalmente el verdadero esposo de Analía.

En su ausencia se había acostumbrado a llamarla así: Analía, ya no le era raro referirse a ella de ese modo, cuando hablaba sobre ella con Noche, así lo hacía, gritaba y repetía su nombre. Se quedó en un estado contemplativo tratando de advertir la esperanza en medio del caos, ese hombre debía ayudarlo a mover cielo y tierra para hallarla, Abel podría volver a casa, la guerra quizás por fin había terminado.

—Vámonos hija, él no quiere entrar en razón, ha enloquecido desde que esa chica desapareció.

—Xavier, por favor, no quiero quedarme viuda antes de tiempo.

No se molestó en mirarla. Esperó a que salieran de su casa, buscó el arma, un abrigo y salió a la calle a pie. Debía llegar a algún sitio para poder saber de Abel, tratar de contactar con ese general, hacerle saber que Analía estaba viva. «¿Lo está?», se preguntó, quiso llorar, pero la euforia y la tensión por lo que pasaba a su alrededor lo mantenían con la mente fría.

La gente en la calle estaba dividida, algunas personas saqueaban locales, otras corrían a sus casas a encerrarse, otras celebraban bailando, con música y bebidas, el sonido de una botella rompiéndose lo detuvo en seco, un grupo de hombres peleaban, los evitó y siguió su camino.

Se dirigía a la fábrica cuando una patrulla se detuvo frente a él. Alzó la vista y los miró con detenimiento.

—Señor Xavier Irazábal —dijo un oficial, lo miró de arriba abajo.

Alzó el mentón.

—Soy yo.

—Debe acompañarnos.

—¿Por qué?, soy abogado…

—Abogado, y maneja la fábrica de armas, y municiones, gana muy bien, es usted un adicto al trabajo, según me han informado. Está arrestado.

—¿Bajo qué cargos?

—No sé. Golpear a un oficial, conducir este vehículo imaginario en estado de ebriedad, traición, usura, lo que nos dé la gana.

—No puede…

—Podemos hacer lo que nos dé la gana. Usted lo hizo al manchar su apellido y juntarse con esta gente. Le advierto que será ejecutado.



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En el texto hay: romance, drama, guerra

Editado: 10.02.2022

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