El chico rubio, como ya era de esperar, intentó olvidarlo, incluso si único deseo consistía en sentarse a abrir cada uno de ellos, solo podía continuar caminando y esperar, no encontrar algo tan cruel de nuevo. Para su suerte, la última entrada se abrió permitiendo constatar que le nuevo sitio ante él bien lucía como una tienda del mercado negro. El olor a madera vieja de los estantes, los objetos colocados cuidadosamente para llamar la atención y un hombre con aspecto peculiar e intimidante detrás del mostrador.
— Ber deto moro — el chico rubio se asombró al escuchar las palabras que la duquesa siempre pronuncaiaba temprano en la mañana como un saludo, salir de la boca del hombre con el mismo gesto y acento.
— Locaius, amigo mío, nos alegra verte — el hombre acomodó el monóculo de su ojo izquierdo para luego juntar sus manos y lo próximo que sucedió, obligó al chico a retroceder.
El cuerpo de Locaius se inclinó hacia delante permitiendo a los espectadores observar el cuerpo que de la cintura para abajo se mantenía oculto. Subiéndose al mostrador, cruzando y posicionándose delante pelinegro a poco centímetros de su rostro, Blue comprobó que en el lugar de piernas largas y estiradas como su esbelto cuerpo, se encontraba un trasero y las patas de un cangrejo rojo, faltando solo las pinzas.
— Señor Grey, espero, su precencia sea para devolver la posición Alfa#321 tomada en el período de ocho meses, tres semanas, seis días, dieciséis horas, quince minutos y contando — Grey rascó su cabeza y miró a su hermana mayor sin saber a qué se refería Locaius.
La albina estiró la mano, haciendo una seña a la cual Grey no tardó en comprender
— No, estoy aquí para reportarla como pérdida. La semana pasada, me temo, mi hermana pequeña Viola Tais se la tragó — ante la seriedad en sus palabras, Blue no dudó en darse cuenta, era una burda mentira.
Locaius volvió a retorcer sus ojos y con disgusto soltó
— Permitimos que la Gula tenga hijos y poco a poco, ellos irán devorando la historia.
— Oh vamos. No tenía ni cien años de antigüedad — habló Grey encogiéndose de hombros, ganando una mala contesta en el proceso
— Usted no tiene cien años, deberíamos destruirlo o aún mejor, permitir que su hermana devore incluso sus huesos.
Los Trillizos permanecieron en silencio, especialmente cuando Locaius decidió darle una revisada a Blue, invitando su acercamiento hacia Grey, minutos antes.
—¿Quién es esta criatura que posee una esencia incompleta?
— Él es Blue, nuestro hermano — le explicó White
— Cuidado con tu próximo opinión — le advirtió Black haciendo tronar sus dedos — Si no me gusta te romperé los dientes
El hombre, una vez más, torció los ojos como un gesto reiterativo ante el disgusto
— Blue, él es Locaius — le presentó Grey al guardián del cuarto, y éste murmuró un "Hola" antes de ser ignorado
— La amenaza sobra — contestó Locaius y luego preguntó —¿Qué desean de mi está vez?
Black abrió la boca para pedir, más la pregunta que escapó de la boca de Blue Swen mantuvo a los trillizos en un Estado de sorpresa e inquietud
— Yo quiero saber, ¿a ti también intentó comerte el Colosal?.
— No — afirmó el hombre — Para mi desgracia — respuesta que Blue no esperaba — Le pedí que me devorara, que acabará con mi miseria. Según vuestro padre, la depresión le resta proteínas a la carne.
— Entonces, ¿estás aquí por tu propia voluntad?
— Estoy aquí, esperando pacientemente a que un día el Colosal a alguno de sus vástagos decida acabar con mi existencia en este mundo.
—¿Por qué?¿Acaso sufres de una enfermedad incurable?¿La locura te posee?
— No, estoy harto, cansado de la inmortalidad que me ha consumido por siglos. Blue Dawson, para algunos la inmortalidad no es más que un mar sin fondo arrastrándome hasta al fondo impidiendo salir a la superficie. Para la criaturas como yo, a las que la Muerte después de siglos decidió abandonar, el Colosal es como una parca o una puerta trasera al tan esperado descanso.
— ¡Debe haber otra razón! El mundo es ancho y hermoso. Tienes que tener alguna ancla por muy pequeña que sea para querer mantenerte vivo. Sí no es una razón, alguien que...
— La soledad no es quién me asusta y las razones pueden ser tan cambiantes como innecesarias. Y detente allí, hijo de la Gula. No me conoces lo suficientemente para darme lecciones de moralidad.
— Aún así... — White Dawson colocó una mano sobre el hombro del chico y negó con la cabeza. Aquello era un caso perdido.
Blue Swen decidió guardar silencio. La vida era una contradicción. En uno de esos cuartos, una criatura se había aferrado a la llamada vida a cambio de su libertad y en otra, otra criatura renunciaba a su libertad por la muerte.