Calor.
Algo firme bajo mi espalda.
Tela.
Abro los ojos.
Madera. Techo bajo. Luz gris filtrándose por una ventana. El aire huele a resina y humo viejo.
No me muevo todavía.
Escucho.
Un golpe.
Otro.
Ritmo constante.
Giro la cabeza.
El hombre está ahí. De espaldas. Grande. Espalda ancha, brazos pesados. Cada movimiento lento… pero exacto.
Afila una herramienta.
El sonido encaja con la mano.
Cabello blanco, largo hasta los hombros. Barba espesa. Sin forma. Sin intención.
Cuando inclina la hoja, veo sus manos.
Cicatrices. Varias. Profundas.
No son manos que fallen.
Me incorporo despacio.
El cuerpo responde.
El sonido se detiene.
—Despertaste.
Se gira.
Ojos claros. Tranquilos. No buscan nada en mí.
—Sí… —dejo la voz más suave, más débil—. Creo que sí…
Mantén el tono. Frágil. Inofensivo.
—Dos días.
Asiento despacio, como si procesar fuera difícil.
—¿Tanto…? Pensé que… —bajo la mirada— que no iba a despertar…
Observa. No reacciona.
No importa.
—Agua —dice.
Señala el vaso.
Lo tomo con ambas manos, como si necesitara apoyo.
Bebo.
Bien. Sin veneno.
—Gracias… —murmuro.
Agradecido. Siempre funciona.
Él no responde.
—¿Tú… me salvaste?
—Te encontré.
Respuesta corta.
—Aun así… —levanto la mirada con cuidado— podrías haberme dejado ahí…
Silencio.
No se justifica.
Interesante.
No busca validación.
—¿Cómo te llamas? —pregunto, casi dudando.
—Kael.
—Yo soy Ren…
Ya lo sabe. O no le importa.
—Kael… —repito, como si probara el nombre— es un buen nombre…
No reacciona.
Bien. No es de los que caen por halagos simples.
Cambio de enfoque.
—¿Siempre vives aquí solo?
—Sí.
—Debe ser… difícil.
—No.
Directo.
Lo observo mientras vuelve a la mesa. Retoma el ritmo.
No habla de más. No pregunta. No se acerca.
Tipo cerrado.
Útil… si se abre.
—Yo no sé nada del bosque… —digo en voz baja—. Creo que… me habría muerto sin ti…
Verdad parcial. Funciona mejor.
No responde.
Pero escucha.
—Toqué algo… luego comí… —bajo la mirada a mis manos— fui muy torpe…
—Sí.
Sin suavizarlo.
Aprendizaje: no va a consolar.
—¿Podrías… enseñarme? —levanto la vista con cuidado—. Para no cometer errores otra vez…
Silencio.
Sigue afilando.
Piensa.
No lo presiones.
—Cuando camines, te vas.
Ahí está.
Sonrío apenas. Internamente.
Esperado.
—Claro… —asiento rápido, como si no hubiera opción— no quiero molestar…
Pausa.
—Pero… hasta entonces… ¿puedo ayudar en algo?
Ofrecer utilidad. Clásico.
—No.
Respuesta inmediata.
Demasiado rápida.
Rechazo automático. No evaluación.
Eso significa que no confía.
Bien.
—No soy fuerte… —murmuro, bajando la mirada— pero puedo aprender rápido…
No responde.
—Y… no quiero ser una carga…
Silencio.
Golpe.
Otro.
No cambia el ritmo.
Resistente.
Cambio de ángulo.
—Si me voy así… —dejo la frase incompleta— probablemente vuelva a equivocarme…
Ahora sí.
Se detiene un segundo.
Muy leve.
Ahí está.
Miedo a repetir el problema.
No quiere recoger otro cuerpo.
—Aprenderás —dice.
—¿Solo?
—Sí.
Seco.
Sonrío por dentro.
Terco.
Pero no indiferente.
—Entonces… intentaré no morir cerca de tu cabaña otra vez… —digo con una pequeña sonrisa débil.
Pausa.
Kael suelta un leve resoplido por la nariz.
Casi nada.
Pero está ahí.
Perfecto.
Pequeña grieta.
No es emocional.
Es práctica.
Suficiente.
Me recuesto otra vez.
Lo observo de reojo.
Fuerte. Experto. Solo.
No busca compañía.
No necesita aprobación.
Pero evita problemas innecesarios.
Eso lo hace predecible.
Si me vuelvo un problema… me echará.
Si me vuelvo útil… me quedo.
Simple.
Cierro los ojos un segundo.
No por cansancio.
Por cálculo.
No necesito controlarlo.
Solo… posicionarme.
Cuando los abro otra vez, Kael sigue trabajando.
Constante.
Como si nada hubiera cambiado.
Pero sí cambió.
Ya no soy un desconocido tirado en el bosque.
Ahora soy… una variable dentro de su rutina.
Y eso es suficiente por ahora.
Editado: 26.04.2026