El débil que desafió un mundo gobernado por la fuerza

Pequeño infortunio

Ha pasado un mes.

Treinta días en la misma cabaña.
Mismo bosque. Mismo hombre.

Y sigo aquí.

La rutina ya no se siente ajena.

Me levanto antes que Kael. Preparo lo básico. Cuando sale, ya estoy haciendo algo.
Al inicio solo observaba. Ahora corto… mejor.

—Más abajo.

—No empujes.

—Otra vez.

Habla poco, pero corrige lo necesario.

También me hace correr.

—Corre.

—¿Cuánto?

—Hasta que no puedas.

Así que corro.

El cuerpo dejó de protestar tanto. Las manos ya no se abren.
Se endurecieron.

Eso le basta.

En este tiempo entendí algo más.

Kael desaparece cada cierto número de días.

—Voy a la ciudad.

Siempre lo mismo.

Regresa con lo necesario. Sal, herramientas, comida que no viene del bosque.

Una vez fui con él.

Escuché lo suficiente.

Esto es un baronato. Pequeño. Lejos de todo lo importante.
El señor feudal tiene tres hijas. Las dos mayores están en la capital.

Solo queda la menor.

No pregunté más.

No hacía falta.

Hoy… no es un día normal.

Estamos más adentro del bosque. Kael eligió un árbol grande. Antiguo.

—Mira cómo se inclina —dice—. Si no lo lees, te cae encima.

Asiento.

Lo observo.

Cortes precisos. Ritmo constante.

El árbol empieza a ceder.

Cruje.

—Atrás.

Me aparto.

Él no lo hace lo suficientemente rápido.

El árbol cae… mal.

Gira.

El impacto sacude el suelo.

Y alcanza su pierna.

El sonido es seco.

Incorrecto.

Kael cae.

Esta vez sí gruñe.

Voy hacia él.

El tronco no lo aplasta completo, pero lo tiene atrapado.

—Muévelo.

Empujo.

No se mueve.

Otra vez.

Nada.

Kael también empuja.

El dolor está en su cara ahora.

—Otra vez.

Empujo con todo.

El tronco cede lo justo.

Saca la pierna.

Caemos hacia atrás.

Respiro.

Miro.

La pierna está mal.

No hace falta saber mucho para verlo.

—No puedes trabajar así.

—No importa.

Intenta levantarse.

Falla.

Se apoya en un tronco cercano.

Respira hondo.

Más lento.

—Necesitamos provisiones.

Asiento.

—Voy por ellas.

Silencio.

Me mira.

Largo.

—No.

Directo.

Esperado.

—Puedo hacerlo.

—No sabes moverte en la ciudad.

—Aprenderé.

Niega con la cabeza.

—Te perderías.

—No.

Sostengo su mirada.

—Ya fui contigo. Recuerdo el camino.

Pausa.

—No es solo el camino.

—Entonces dime lo demás.

Silencio.

Kael aprieta la mandíbula.

Mira su pierna.

Luego el bosque.

Evalúa.

No le gusta.

Nada de esto le gusta.

—Puedo traer lo básico —añado, bajando un poco la voz—. No tiene que ser perfecto.

No responde.

—Si no voy… —dejo la frase ahí.

No hace falta terminarla.

La cabaña sin comida. Él sin poder moverse.

Problema simple.

Kael cierra los ojos un segundo.

Cuando los abre…

—No hables con nadie.

Condición.

Asiento.

—No lo haré.

—Compra y vuelve.

—Sí.

—No te detengas.

—Entendido.

Pausa.

Luego, con más dureza:

—Y no hagas estupideces.

Pequeña sonrisa.

—Haré lo posible.

No le hace gracia.

Se levanta con esfuerzo. Entra a la cabaña. Yo lo sigo.

Busca una bolsa. Mete algunas monedas. Me las lanza.

Las atrapo.

—Sal. Tela. Grano.

Asiento.

—¿Algo más?

—No.

Se sienta.

La pierna rígida.

Mal.

—Volveré rápido.

Me mira.

No dice nada.

Pero esta vez… no es indiferencia.

Salgo.

El bosque se abre frente a mí.

Camino solo.

Por primera vez desde que llegué… no lo tengo detrás.

Solo yo.

Y la ciudad.

Sonrío apenas.

Esto… es mejor.

Mucho mejor.

Porque ahora no estoy aprendiendo a sobrevivir.

Estoy empezando a moverme.



#764 en Fantasía
#1048 en Otros
#387 en Humor

En el texto hay: manipulacion, isekai, #fantasía

Editado: 26.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.