El débil que desafió un mundo gobernado por la fuerza

El Pasado

La noche cae con un frío más marcado.

El viento se cuela por las rendijas. El fuego pide más madera.

—Trae uno de los troncos.

Asiento.

Voy a la pila. Tomo uno mediano. Lo levanto. Lo llevo.

Y al dejarlo… calculo mal.

El tronco rueda.

Directo al pie de Kael.

Impacto.

Silencio.

—Fue sin querer.

Kael se queda quieto un segundo.

Luego exhala… y se ríe.

Corto. Seco.

Pero real.

—De todas las cosas que podían pasar hoy… —dice— tenía que ser eso.

Miro el tronco.

—Podría haber sido peor.

—Sí. —pausa— Podrías haberme quitado el otro pie.

—Aún tengo tiempo.

Me mira.

Otra exhalación. Casi una risa.

Se inclina hacia la repisa. Saca una botella. Polvo acumulado.

—Esto lo amerita.

La abre.

Bebe.

Hace una mueca.

—Sigue igual de mala.

—Consistencia.

—Sí.

Se acomoda frente al fuego. Más relajado.

Vuelve a beber.

El ambiente cambia lo justo.

—Hace tiempo que no tomaba —dice.

—¿Desde cuándo?

Piensa un segundo.

—Desde antes de que todo se volviera… silencioso.

Asiento.

Silencio breve.

—Antes de esto —añade— cortaba cosas más grandes.

—¿Árboles?

Niega.

—No.

Pausa.

—Personas.

Lo dice sin peso.

—Guerra.

Mira el fuego… y su expresión se vuelve más ligera, como si contara algo a alguien que espera una historia.

—Tenía un hacha enorme —dice, levantando la mano—. Ridícula. Nadie la quería.

Pequeña sonrisa.

—Decían que era lenta.

Hace el gesto.

—Pero cuando bajaba… —golpea el aire— no hacía falta repetir.

Lo cuenta casi con orgullo tranquilo.

—El suelo era barro. Siempre. Te hundías. Perdías botas… a veces a alguien.

Pausa.

—Y aun así corrías.

Mueve la cabeza.

—Gente gritando, metal chocando… pero al final todo se mezcla.

Me mira de reojo.

—¿Sabes qué haces?

Niego.

—Lo mismo una y otra vez.

Pequeña risa.

—Levantar. Bajar. Avanzar.

Repite el movimiento en el aire.

—No piensas mucho. Si piensas… te quedas atrás.

Asiento.

—Una vez resbalé —continúa—. Justo cuando venían tres.

Pausa.

—Pensé “bien, hasta aquí”.

Pequeña sonrisa.

—Entonces alguien me gritó.

—¿Ella?

Asiente.

—Sí.

Toma la botella.

—Me tiró agua.

—¿En medio de la guerra?

—Sí.

Se encoge de hombros.

—Dijo que estaba cubierto de sangre.

Pausa.

—No era mía.

Pequeña risa.

—Pensó que me iba a desmayar.

—¿Y no?

—No.

Otra pausa.

—Se molestó.

La sonrisa crece apenas.

—Decía que le hacía perder el tiempo.

Silencio breve.

—Después me buscaba.

Mira el fuego.

—Cada vez que volvía.

Pausa.

—Para asegurarse de que no muriera como idiota.

Bebe.

—Funcionó.

El tono sigue ligero.

—Era pequeña. Mandona. Nadie le hacía caso… pero igual gritaba.

Pequeña risa.

—Y al final le hacían caso.

Pausa.

—Cuando terminaba el día… me regañaba.

—¿Por qué?

—Por seguir vivo de forma estúpida.

Asiento.

Tiene sentido.

—Terminó la guerra.

El tono empieza a bajar.

—Todos se fueron.

Pausa.

—Yo no sabía a dónde.

Mira la cabaña.

—Ella sí.

Otra pausa.

—Así que vine con ella.

Simple.

—Esto no existía.

Señala alrededor.

—Lo hicimos nosotros.

Pequeña pausa.

—Quedó torcido al inicio.

Leve sonrisa.

—Pero aguantó.

El fuego cruje.

—Luego llegó mi hijo.

La voz cambia apenas.

—Creció aquí.

Pausa.

—Fuerte.

Asiente.

—Quiso ir a trabajar a las minas cuando creció.

Mira el suelo un segundo.

—Dijo que ganaría más.

Silencio.

—No volvió.

Directo.

—Derrumbe.

Una palabra basta.

No añade nada más.

El fuego llena el espacio.

—Tenía una mujer —continúa—. Y el niño.

El nieto.

—Después de eso… —pausa— ella se fue.

—¿Se fue?

—Sí.

Sin emoción.

—No quiso quedarse aquí.

Tiene sentido.

—Dejó al niño.

Silencio.

—Así que se quedó conmigo.

El tono baja más.

—Corría por aquí… —mueve la mano— molestando.

Pausa.

—Quería usar el hacha.

Pequeña risa.

—No podía ni levantarla.

—Le hice una más pequeña.

La mirada fija en el fuego.

—Igual no la usaba bien.

Pausa.

—Pero lo intentaba.

El silencio se alarga.

—Y luego… se enfermó.

La voz más lenta.

—Fiebre.

—No bajaba.

Aprieta la botella.

—Ella… —pausa— ya no estaba.

Se refiere a su esposa.

—Murió antes.

Corto.

Sin detalles.

—Así que quedamos nosotros dos.

Silencio.

—Intenté todo.

Otra pausa.

—Todo.

El fuego suena.

—Pero no era algo que pudiera cortar.

Esa frase queda.

—Se fue quedando quieto.

La mirada no se mueve.

—Cada vez más.

Pausa.

—Hasta que… dejó de moverse.

Silencio largo.

—Eso fue lo peor.

No levanta la voz.

—El silencio.

La botella queda inmóvil.

—Y ya.

No añade nada más.

El fuego sigue.

Normal.

Kael deja la botella.

No vuelve a tomar.

Se recuesta un poco.

Cierra los ojos.

No duerme.

Solo… se queda ahí.

Yo observo el fuego.

Ahora entiendo mejor.

No solo lo que perdió.

Sino por qué sigue aquí.



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En el texto hay: manipulacion, isekai, #fantasía

Editado: 28.04.2026

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