El débil que desafió un mundo gobernado por la fuerza

Celebración

Los tres días no pasan rápido.

Se sienten.

Como si el tiempo… se estirara un poco más de lo normal.

Kael no lo dice, pero cambia.

No de golpe.

Poco a poco.

El primer día se levanta más de lo que debería. Apoya el peso donde puede. Se mueve lento… pero insiste.

—No deberías moverte tanto.

—Tampoco deberías hablar tanto.

Sigo trabajando.

Pero lo observo.

Junta madera distinta. Más fina. Más recta.

No es para cortar.

Es para otra cosa.

Se sienta afuera, con el cuchillo.

Empieza a tallar.

No se detiene.

Ni siquiera cuando sus manos se tensan.

Ni cuando la pierna le duele.

No pregunta si lo noto.

Yo no digo nada.

Pero corto más leña.

Más de la necesaria.

No hace falta hablar.

El segundo día intenta cocinar.

Mal.

Muy mal.

El humo sale antes que el olor.

—Se está quemando.

—No.

—Sí.

—No.

Silencio.

El fuego responde por él.

Me acerco.

—Dame eso.

—No.

Pausa.

—Se va a arruinar.

Mira la olla.

Suspira.

—Bien.

Tomo control.

Remuevo. Bajo el fuego. Ajusto.

No mejora mucho… pero deja de ser un desastre.

Kael observa.

—No es tan difícil.

—Lo es.

—No.

—Sí.

Pausa.

Exhala por la nariz.

Casi una risa.

Al final comemos algo… aceptable.

Pero hay más.

Algo distinto.

El tercer día no hace casi nada por la mañana.

Se queda sentado afuera.

Mirando.

Esperando.

Yo trabajo.

Pero menos.

No hace falta más.

El ambiente… es ligero.

Extraño.

Cuando el sol empieza a bajar, Kael me llama.

—Ven.

Entro.

La cabaña está iluminada.

Más de lo normal.

Velas.

No muchas.

Pero suficientes.

La mesa… distinta.

Comida.

Carne.

Pan.

Algo dulce.

No es mucho.

Pero no es común.

Me detengo.

—¿Todo esto…?

—Siéntate.

Obedezco.

Empiezo a comer.

Es bueno.

Realmente bueno.

—Está bien.

—Lo sé.

Pausa.

—¿Lo hiciste tú?

—Parte.

Tiene sentido.

Comemos sin prisa.

Sin hablar demasiado.

Pero no es silencio incómodo.

Es… lleno.

Después de un rato, Kael deja algo frente a mí.

Lo tomo.

El hacha de madera.

Pequeña.

Tallada.

Con cuidado.

No perfecta.

Pero clara.

—No corta —dice—. Pero sirve.

La sostengo.

Es ligera.

—Sí.

Pausa.

—Sirve.

Kael asiente.

No añade nada.

Pero lo observa.

Eso es suficiente.

—Levántate.

Lo hago.

—Ven.

Salimos.

El aire es frío.

Pero no importa.

Kael toma un palo.

Me lo lanza.

Lo atrapo.

—¿Y ahora?

—No lo sé.

Pausa.

—Haz algo.

Lanzo.

Fallo.

—Mal.

—Lo sé.

Él lanza.

Desde donde está.

Da en el tronco.

—Mejor.

—Sí.

Seguimos.

Una y otra vez.

Sin reglas.

Sin objetivo real.

Solo… hacerlo.

Después probamos equilibrio.

Un tronco caído.

Yo paso primero.

Llego al final.

—Gané.

—Trampa.

—No.

—Sí.

—No.

Pausa.

Exhala.

Esta vez sí hay risa.

Más clara.

Más viva.

No dura mucho.

Pero está ahí.

Y eso… basta.

El tiempo pasa sin que se note.

Oscurece.

Volvemos dentro.

Más comida.

Menos luz.

El fuego.

—Entonces —digo— esto es un cumpleaños.

—Sí.

—No está mal.

—No.

Pausa.

—Podría acostumbrarme.

—No lo hagas.

—Lo intentaré.

Silencio.

Pero no pesa.

Nada pesa.

Por primera vez…

no hay necesidad de pensar en el siguiente movimiento.

Solo… estar.

Esa noche me acuesto.

Con el hacha de madera cerca.

No por utilidad.

Por otra cosa.

Cierro los ojos.

Y duermo.

La mañana llega.

Silenciosa.

Demasiado.

Me levanto.

Todo está en su lugar.

Nada fuera de lo normal.

Salgo.

Kael no está.

Raro.

Vuelvo a entrar.

Está en la cama.

De lado.

Como siempre.

—Kael.

No responde.

Me acerco.

Más.

No hay movimiento.

No hay respiración.

Me detengo.

Lo miro.

Su rostro… tranquilo.

No hay tensión.

No hay dolor.

Nada.

Como si estuviera dormido.

Como si… por fin estuviera descansando.

Me quedo ahí.

Un momento.

Luego otro.

No lo toco.

No hace falta.

Entiendo.

El silencio en la cabaña cambia.

Antes era… lleno.

Ahora no.

Ahora es… vacío.

El bosque sigue igual.

El viento pasa entre los árboles.

Todo continúa.

Como si nada.

Tomo la pala.

Empiezo a cavar.

La tierra está dura.

Golpeo.

Una y otra vez.

Sin pensar.

Solo ritmo.

Como él me enseñó.

Levantar.

Bajar.

Avanzar.

El hoyo toma forma.

Lento.

Pero constante.

Cuando termino… vuelvo.

Lo cargo.

Es pesado.

Pero no tanto.

No se resiste.

No pesa como antes.

Lo llevo afuera.

El aire es frío.

Lo coloco.

Dentro.

Lo miro.

Una última vez.

Sigue igual.

Tranquilo.

Como si estuviera en medio de un sueño… bueno.

Uno donde no hay guerra.

Ni minas.

Ni fiebre.

Ni silencio.

Solo descanso.

Tomo la tierra.

Empiezo a cubrirlo.

Despacio.

Sin prisa.

Cada golpe… suena distinto.

Más seco.

Más final.

Cuando termino… me quedo de pie.

Mirando.

No hay marca.

No hay señal.



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En el texto hay: manipulacion, isekai, #fantasía

Editado: 28.04.2026

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