El demonio que Amé

Capitulo 48: Ecos de una noche

Dae-hyung permaneció sentado unos segundos más sobre la cama, observando la silueta de Mi-yeong bajo las sábanas. Ella seguía completamente cubierta, de espaldas a él, como si pudiera desaparecer si se escondía lo suficiente. Su cuerpo aún estaba tenso, y el leve rubor que le subía hasta las orejas no había desaparecido desde que los recuerdos de la noche anterior la golpearon sin piedad.

Sin hacer ruido, Dae-hyung se recostó de nuevo y se acercó a ella. Rodeó su cintura desde atrás y acercó su rostro a su oído.

—Buenos días, ¿o debería decir buenas horas después? —susurró con ese tono descarado tan suyo.

Mi-yeong dio un pequeño respingo. Había estado perdida en sus pensamientos, intentando ordenar emociones que aún no entendía del todo. Al sentir el cuerpo de Dae-hyung pegado al suyo, en el estado en el que ambos se encontraban, reaccionó por puro impulso: lo empujó con ambas manos y se giró apenas lo suficiente para hablar, sin descubrirse.

—¡N-no te acerques así! —protestó, avergonzada—. No… no ahora.

Dae-hyung volvió a sentarse en la cama y soltó una risa baja, divertida.

—¿Avergonzarte ahora? —dijo con tranquilidad—. Después de todo lo que pasó anoche, creo que ya es un poco tarde para eso.

Mi-yeong se incorporó de golpe. Con una mano lanzó un pequeño golpe a su hombro, mientras con la otra se sujetaba la sábana contra el pecho.

—¡No digas esas cosas tan tranquilamente! —le reclamó.

—Solo estoy diciendo la verdad —respondió él, encogiéndose de hombros—. No hay nada que no hayamos visto ya.

Ella apartó la mirada, visiblemente molesta… y sonrojada.

En ese momento, Dae-hyung, sin el menor pudor, se destapó por completo. Mi-yeong reaccionó de inmediato, girando el rostro con rapidez.

—¡¿Qué haces?! —exclamó.

—Vestirme —contestó con total naturalidad—. ¿O prefieres que salga así?

Ella masculló algo ininteligible entre dientes.

Dae-hyung se sentó al borde de la cama y comenzó a ponerse el pantalón. Mientras tanto, Mi-yeong, creyendo que él no la veía, lanzó una mirada fugaz… que se prolongó más de lo que debería. Su atención se quedó atrapada en la línea de su espalda cuando él se levantó para ponerse la parte superior de la ropa.

No mires. No mires…
…solo un segundo más.

Cuando se dio cuenta, Dae-hyung ya se había girado. Sus ojos se encontraron.

Él sonrió.

—Puedes mirar todo lo que quieras —murmuró acercándose—. No tengo problema con eso.

Mi-yeong reaccionó como si la hubieran descubierto en pleno crimen. Se escondió bajo las sábanas en un segundo.

—¡Vete! ¡Sal ahora mismo! —dijo desde debajo de la tela.

La risa de Dae-hyung llenó la habitación.

—Eres increíblemente fácil de avergonzar —comentó.

Ya vestido, se acercó a la cama y tiró suavemente de la sábana. Mi-yeong se resistió al principio, pero él terminó apartándola lo suficiente para inclinarse y besarla en la frente.

—Nos vemos luego —dijo con una sonrisa ladeada.

Ese simple gesto hizo que el calor regresara al pecho de Mi-yeong, encendiendo recuerdos demasiado recientes… recuerdos que se cortaron en seco cuando alguien tocó la puerta.

—¡Mi-yeong! —se escuchó la voz de Soo-ming—. ¡El desayuno!

Entró en pánico al instante. Estaba como Dios la trajo al mundo.

—¡S-sí! —respondió apresuradamente al reconocer la voz—. ¡Ya bajo!

—No te demores —añadió Soo-ming—. Tengo hambre.

Miró el reloj. Casi las diez de la mañana.

Se puso el pijama a toda velocidad y salió de la habitación. Mientras bajaba las escaleras, el recuerdo de la noche anterior volvió a golpearla con fuerza, haciéndola sonrojar. Pero al escuchar las voces de las chicas, respiró hondo y recuperó la compostura.

En la cocina, Céline la miró con sorpresa.

—¿Tú levantándote a esta hora? —dijo—. ¿Estás enferma otra vez?

—No es normal —añadió Soo-ming—. Además… anoche escuché como maullidos.

Mi-yeong casi derrama su desayuno.

—¿M-maullidos? —repitió.

—Sí, fue raro —dijo Soo-ming.

—D-debe haber sido un gato —respondió Mi-yeong rápidamente, fingiendo calma—. Últimamente pasan muchos por el barrio.

Céline entrecerró los ojos.

—¿Y tus mejillas? Están rojas.

—Calor —mintió—. Me mareé un poco al levantarme.

Cambió de tema con rapidez, y pronto las chicas comenzaron a hablar de otras cosas.

Después del desayuno, entrenaron. Mi-yeong falló un par de veces, pero nadie lo notó. Cada tanto, imágenes de la noche anterior se colaban en su mente.

Su voz… sus manos…
¿Cómo algo así puede sentirse tan real?

Tras el entrenamiento, se bañaron y pasaron el resto del día viendo películas.

—Es raro que no haya ataques de demonios —comentó Céline.

—Tal vez se tomaron vacaciones —respondió Soo-ming.

—O están preparando algo —dijo Mi-yeong con seriedad.

Esa noche, tras subir a su habitación, el cansancio la venció.

Mientras dormía, soñó.

Era mayor. Estaba en otro lugar. Se vio a sí misma llamando a Rumi.

—Ya voy —respondió la voz de una niña.

El sonido de pasos acercándose.

Despertó de golpe por la alarma.

Qué sueño tan extraño…

Negó con la cabeza. No tenía tiempo para pensar en eso. Había cosas más importantes como el concierto que estaba por vernir.

Bajó a la cocina, como siempre, antes que las demás.

La calma continuaba.

Y, sin saberlo, esa calma era solo el preludio de todo lo que estaba por venir.




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