El sonido metálico de los utensilios chocando suavemente entre sí llenaba la cocina mientras Mi-yeong se preparaba el desayuno. Todo parecía normal, rutinario… hasta que, por un instante breve pero intenso, el mundo se inclinó.
Una presión repentina le recorrió la cabeza.
Se sostuvo de la mesa con una mano, cerrando los ojos apenas un segundo. El mareo fue rápido, fugaz, como una ola que rompe y se retira antes de que uno pueda reaccionar.
—Qué raro… —murmuró para sí misma.
Cuando la sensación desapareció tan rápido como había llegado, decidió no darle importancia. Había dormido poco. Eso debía ser.
Se sentó con su desayuno justo cuando escuchó pasos bajando las escaleras.
—¿Mi-yeong? —la voz de Soo-ming sonó sorprendida—. ¿Tú ya despierta?
Céline apareció detrás de ella, observándola como si estuviera viendo algo fuera de lo común.
—Esto sí que es nuevo —añadió—. Has regresado a tu antigua rutina.
Mi-yeong alzó la vista se rio un poco y respondiendo con el tono tranquilo que siempre usaba con ellas.
—Hoy me desperté antes solamente.
No dijo más. No hacía falta.
Mientras desayunaban, la conversación giró naturalmente hacia el concierto del día siguiente: canciones, coreografías, el orden del setlist. Soo-ming hablaba con entusiasmo, Céline aportaba observaciones prácticas, y Mi-yeong escuchaba, participando lo justo, centrada.
Cuando terminaron, lavaron los platos y cada una subió a su habitación para cambiarse y practicar.
Mi-yeong abrió la puerta de su cuarto… y el mareo volvió.
Esta vez fue un poco más fuerte. Se apoyó en el marco de la puerta, respiró hondo y esperó. Otra vez pasó rápido.
—De verdad estoy exagerando —se dijo.
Mientras se cambiaba, ocurrió algo que la dejó completamente desconcertada.
Un eructo.
Se quedó inmóvil, con el ceño fruncido.
—¿Qué…?
Nunca. Jamás. No era algo propio de ella. Intentó pensar en una explicación, pero antes de que pudiera profundizar, escuchó la voz de sus compañeras llamándola desde abajo.
—¡Mi-yeong! ¡Ya vamos a practicar!
El momento pasó. Lo dejó atrás.
Bajó de inmediato y comenzaron el entrenamiento. Se corregían, ajustaban movimientos, probaban transiciones. Todo iba bien… hasta que, en medio de una secuencia, el mareo regresó con más fuerza.
Mi-yeong perdió el equilibrio y cayó al suelo.
—¡Mi-yeong! —exclamó Soo-ming, corriendo hacia ella.
—¿Qué pasó? —Céline ya estaba a su lado.
—Me tropecé —respondió rápido, incorporándose—. Estoy bien.
Las miradas de ambas no parecían del todo convencidas, pero no insistieron.
Cuando ya estaban por terminar, llegó la llamada.
El concierto no sería mañana.
Sería hoy. A las diez de la noche.
La reacción fue inmediata: sorpresa, tensión, una mezcla de nervios y urgencia. No había tiempo para terminar lo nuevo.
—Tendremos que usar coreografías antiguas —murmuró Mi-yeong, más para sí misma.
Pensó en sus fans. En si les decepcionaría. En la presión. En la Hoo-moon.
Mientras se cambiaba apresuradamente para salir, el mareo regresó. Esta vez vino acompañado de una sensación desagradable en el estómago. Náuseas.
Se apoyó en la pared, respiró lento.
—Es estrés —se convenció—. Solo estrés.
En ese momento, Dae-hyung llegó al exterior de la casa y vio una puerta cerrarse.
—Mi-yeong… —murmuró.
Se acercó, pero se detuvo en seco.
Había un olor.
Era sutil, casi imperceptible… y aun así inconfundible.
Olor a demonio.
Pero no del todo.
No era el aroma oscuro y definido que conocía. Era algo mezclado, extraño, incompleto. Frunció el ceño.
—¿Qué es esto…? —susurró, inquieto.
Salió de inmediato a revisar los alrededores.
Mientras tanto, Mi-yeong iba en el auto rumbo al concierto cuando las náuseas regresaron con fuerza. Un sonido de arcada escapó de sus labios mientras se llevaba una mano a la boca.
Céline y Soo-ming se miraron.
—¿Estás bien? —preguntó Soo-ming.
—Sí… debe ser el café —respondió ella—. O los nervios.
La preocupación era evidente. Céline incluso pidió al chofer desviarse a un hospital.
—No —dijo Mi-yeong con firmeza—. El concierto es más importante.
Tras una breve discusión, Mi-yeong ganó. Tomaría pastillas. Estaría bien.
Al llegar al lugar del concierto, sintio un olor peculiar.
Cada ves más fuerte.
Era aroma de un demonio… pero a la vez no.
Se tensó. Miró a sus compañeras. Estaban tranquilas. Tragó saliva y siguió adelante.
En el camerino, planearon cómo improvisar. Cuando Soo-ming y Céline salieron al escenario, Mi-yeong se quedó atrás unos segundos más.
El mareo la golpeó de lleno.
La habitación giró. Un zumbido llenó sus oídos. Se aferró a la mesa, cayó de rodillas y las náuseas la doblaron.
Pasaron minutos antes de que pudiera levantarse.
Salió rápido. Solo encontró a Soo-ming.
—¿Por qué te demoraste?
—Todo bien —respondió.
Caminar le costaba más de lo normal. Soo-ming lo notó, pero no dijo nada.
El concierto comenzó. Los fans coreaban, gritaban, cantaban. La energía los envolvió.
Pero a mitad del espectáculo, el cuerpo de Mi-yeong dijo basta.
Se desplomó en el escenario.
Silencio.
Luego gritos. No de emoción. De miedo.
Céline y Soo-ming corrieron hacia ella.
Las luces se apagaron.
En el camerino, el equipo médico dijo que era una baja de azúcar.
Dos minutos después, Mi-yeong despertó… solo para levantarse de golpe y correr al baño.
El sonido de su vómito llenó el espacio.
Las tres se miraron.
Ninguna dijo nada.
Pero todas supieron que algo no estaba bien.
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Editado: 03.02.2026