Mi-yeong sintió una presencia a su espalda antes incluso de escuchar un sonido.
No fue un ruido, ni un paso mal dado. Fue esa sensación familiar, casi instintiva, que siempre la alertaba cuando él estaba cerca. Sus dedos se tensaron alrededor del celular y, lentamente, giró la cabeza.
Dae-hyung estaba allí.
A medio paso de distancia. Inclinado apenas hacia ella. Con esa expresión suya que nunca terminaba de ser inocente.
—¿Qué estás intentando hacer? —preguntó ella, estrechando los ojos.
En su mente apareció, casi de inmediato, el recuerdo de todas aquellas veces en que él se había aprovechado de su distracción para asustarla, bromear o simplemente invadir su espacio personal sin previo aviso.
Le lanzó una de esas miradas suyas. Directa. Silenciosa. Amenazante.
Dae-hyung se irguió de inmediato.
Por una fracción de segundo —una que jamás admitiría— sintió algo parecido al temor.
—Solo iba a saludarte —respondió, levantando las manos—. Ya sabes… nuestro saludo habitual.
Mi-yeong no dijo nada. Solo lo observó, como si estuviera midiendo cada uno de sus movimientos.
Él carraspeó.
—En serio —añadió—. No iba a hacer nada raro.
La desconfianza no desapareció del todo hasta que Dae-hyung, resignado, dio el último paso y la rodeó con los brazos.
El contacto fue inmediato.
El calor de su cuerpo, firme y real, hizo que el nudo en el pecho de Mi-yeong se aflojara sin que ella pudiera evitarlo. Las preocupaciones, las preguntas, el malestar que la había acompañado desde el concierto… todo se diluyó en ese abrazo.
Se giró dentro de sus brazos y lo besó.
No fue un beso largo ni desesperado. Fue sincero.
Luego lo abrazó con más fuerza.
Dae-hyung parpadeó, sorprendido.
La escena le resultó inquietantemente familiar.
Recordó aquella noche en que, herido, había sido ella quien se había quebrado primero. Cuando su fortaleza se había resquebrajado solo por verlo vulnerable.
—¿Todo está bien? —preguntó entonces, con una seriedad poco habitual en él—. ¿Y esa ropa? Nunca te había visto así… aunque debo decir que te queda bastante bien.
Mi-yeong apoyó la frente contra su pecho.
—Ahora que llegaste, sí —respondió—. En el concierto pasó un pequeño incidente, pero ya estoy mejor.
La palabra incidente fue suficiente para tensarlo.
—¿Qué tipo de incidente? —preguntó de inmediato—. ¿Te lastimaste?
Ella se separó apenas y lo miró con una sonrisa ladeada.
—Vaya… —dijo—. Primera vez que veo a un demonio preocupado.
Dae-hyung chasqueó la lengua.
—No te emociones —respondió con su tono burlón—. Si fuera cualquier otra persona, no me importaría en absoluto.
Luego, inclinándose un poco más, añadió:
—Aunque dime… ¿qué fue? ¿Te olvidaste la letra? ¿Te equivocaste en la coreografía? ¿Saliste con un traje extravagante? Hubiera pagado por ver a la señorita perfección cometer un error.
Mi-yeong rió suavemente.
—¿Cómo lo supiste? —respondió, siguiendo el juego—. Pero no, nada importante. De verdad ya estoy bien.
Él no pareció convencido.
Mientras hablaban, sus ojos se movían con cuidado, buscando alguna señal: una herida, un moretón, cualquier cosa. La ropa le impedía ver más de lo que quisiera. Y estaba ese olor.
Ese olor extraño.
No era demoníaco del todo, pero tampoco humano.
Había algo más… algo fuerte, desagradable, reciente.
Frunció el ceño.
Sus ojos descendieron al celular que Mi-yeong aún sostenía.
Ella lo notó.
De inmediato lo sujetó con más fuerza y lo guardó.
—¿Tenías algo importante que hacer? —preguntó ella, cambiando de tema con torpeza evidente.
Demasiado tarde.
Dae-hyung había alcanzado a ver algunas palabras.
Mareos.
Vómitos.
Su expresión cambió.
—Mi-yeong —dijo, serio—. ¿Por qué estabas buscando eso?
Ella dudó.
Por su mente pasaron varias respuestas. Todas menos una.
—Pueden ser muchas cosas —respondió al final—. Estrés, cansancio, mala alimentación…
Dae-hyung la escuchaba, pero algo en su interior se agitaba. No era solo preocupación. Era molestia.
No le gustaba no entender. No le gustaba sentirse ignorante.
—¿Sabes en qué somos buenos los demonios? —preguntó de pronto.
—¿Mintiendo? —respondió ella sin pensar.
Se quedó helada.
Él sonrió. No de diversión. De certeza.
—Exacto —dijo—. Y yo sé cuando no estás siendo completamente honesta.
Mi-yeong bajó la mirada, avergonzada.
Claro… cómo se me ocurrió engañar a un demonio.
—No te lo dije porque… esa causa solo se da bajo condiciones muy específicas —admitió—. No es necesario mencionarla.
Dae-hyung arqueó una ceja.
Se acercó.
La abrazó. Besó su cuello. Sus labios rozaron los suyos con lentitud calculada.
Por un momento, Mi-yeong bajó la guardia.
Hasta que entendió.
—¡Espera! —lo detuvo—. No hagas eso solo para que hable.
Suspiró.
—Esa causa… suele darse cuando dos personas tienen relaciones.
Dae-hyung parpadeó.
—Y… —añadió ella, casi en un susurro— existe la posibilidad de que sea un embarazo.
El silencio fue absoluto.
Entonces él se rió.
Una risa baja, incrédula.
Mi-yeong se tensó de inmediato.
—¡Cállate! —le tapó la boca—. Vas a despertar a las demás.
Escuchó. Esperó.
Nada.
Suspiró aliviada y retiró la mano.
—¿Por qué te ríes así? —reclamó—. Esto no es gracioso.
Dae-hyung negó con la cabeza.
—No te preocupes —dijo—. Es imposible tuviste relaciones con un demonio, no con un humano. No estamos en un cuento de hadas para que suceda ese miligro.
Eso la tranquilizó.
—Además —continuó—, si por alguna razón existiera un ser así… su vida sería un infierno. Mitad demonio, mitad humana. El fruto de una cazadora y de aquello que se supone debe exterminar. No encajaría en ningún mundo.
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Editado: 03.02.2026