El demonio que Amé

Capitulo 52: La espera tambien duele

El desayuno no tenía sabor.

Mi-yeong masticó en silencio, con la mirada perdida en la mesa frente a ella. El arroz estaba bien cocido, el té tenía la temperatura correcta; todo era exactamente igual a cualquier otra mañana… y aun así, nada sabía como siempre.

Dejó los palillos a un lado.

No era náusea esta vez.
Era miedo.

Un miedo silencioso y profundo que le oprimía el pecho desde que abrió los ojos. No era pánico descontrolado, sino algo peor: la conciencia constante de una posibilidad que se negaba a pronunciar en voz alta.

¿Y si lo confirman?

Respiró hondo, obligándose a mantener la calma. Miró la hora en su celular.

7:00 a. m.

—Está bien… —murmuró para sí—. Solo es un chequeo.

Se levantó, tomó sus cosas y salió de casa.

El camino al hospital se le hizo más largo de lo habitual.
O tal vez no… tal vez era ella.

Mientras caminaba, algo empezó a llamar su atención de forma inquietante. Una mujer cruzó frente a ella con la mano apoyada en el vientre abultado. Un poco más adelante, una pareja avanzaba despacio; la chica embarazada sonreía mientras el hombre hablaba con entusiasmo, protegiéndola de manera instintiva. Incluso al detenerse en un semáforo, notó a una mujer saliendo de una farmacia con una bolsa en la mano… y su barriga era imposible de ignorar.

Mi-yeong tragó saliva.

¿Siempre hubo tantas mujeres embarazadas…?

Nunca antes se había detenido a notarlo. Nunca había sido algo relevante. Pero ahora, cada vientre redondeado parecía señalarle una posibilidad que se esforzaba por negar.

La ansiedad comenzó a subirle por el cuerpo, lenta pero persistente.

Si era cierto…
si realmente lo era…

El hospital apareció frente a ella antes de que pudiera seguir con ese pensamiento.

Se detuvo en seco.

La entrada estaba justo ahí… y aun así, sus pies tardaron en responder.

¿Y si lo confirman?
¿Y si cambia todo?
¿Qué le diré a Dae-hyung?
¿Qué haré si no hay forma de ocultarlo?
¿Y si ese ser… sufre solo por existir?

Sintió cómo el aire le faltaba un poco. Sus manos estaban frías.

Cerró los ojos.
Respiró profundo.
Una vez más.

—Solo entra —se dijo—. Huir no va a cambiar nada.

Y esta vez, dio el paso.

El interior del hospital la recibió con un murmullo constante. Una sala amplia, luminosa… y llena. Personas sentadas, voces bajas, pasos apurados. Todo seguía su curso normal, indiferente a su conflicto interno.

Avanzó hasta la ventanilla de atención. Detrás del mostrador había una chica joven, su barriga parecia como si estuviera embarazada de unos 2 meses

Mi-yeong se quedó inmóvil por un segundo.

—¿Señorita? —la llamó la recepcionista con amabilidad.

Parpadeó, sobresaltada.

—S-sí… disculpa.

—¿Motivo de su visita?

—Un chequeo —respondió casi en automático.

La chica tecleó algo.

—¿Causa del chequeo?

Mi-yeong dudó. El silencio se le hizo incómodo. Se inclinó un poco hacia adelante y habló en voz baja, como si decirlo más alto pudiera hacerlo real.

—He estado teniendo mareos… y vómitos matutinos.

—¿Disculpa? —preguntó la chica—. No te escuché bien.

El corazón le dio un salto. Sintió un leve zumbido en los oídos.

Tragó saliva y alzó un poco más la voz.

—Mareos y vómitos matutinos.

La recepcionista la observó durante unos segundos. No fue una mirada larga, pero para Mi-yeong se sintió eterna.

—Uhmm… okey —dijo al final—. Tome asiento, ya la van a llamar.

Mi-yeong asintió y se alejó.
¿Había sospechado algo… o solo era su imaginación?

Buscó un asiento libre y encontró uno… justo al lado de una pareja. La chica tenía alrededor de cinco meses de embarazo; su vientre era imposible de ignorar.

Miró alrededor, esperando encontrar otro lugar.
No había.

Resignada, se sentó.

Sacó su celular para distraerse. Al principio funcionó… hasta que escuchó la voz del chico.

—¿Estás siguiendo todo lo que dijo el doctor? —preguntó—. Para que no haya complicaciones cuando nazca el bebé.

—Sí, sí —respondió ella con una sonrisa—. No te preocupes tanto.

Mi-yeong apretó el celular con fuerza.

Su mente, traicionera, empezo a imaginar.

No se vio a sí misma sonriendo. Se vio cansada, apoyada contra una pared, mientras Dae-hyung la observaba con los brazos cruzados, analizando cada detalle. Él preguntando con ese tono suyo que pretendía ser despreocupado, pero que ocultaba inquietud. Ella respondiendo que todo estaba bien… aun sabiendo que no lo estaba.

La imagen le provocó una mezcla peligrosa: ternura… y miedo. Le encantaba pensarlo. Le aterraba vivirlo.

—Señorita Mi-yeong —llamaron.

Se levantó de inmediato.

El nerviosismo aumentó con cada paso.

El doctor la saludó con amabilidad y le indicó que se sentara en la camilla.

—Cuénteme qué la trae por aquí.

Mi-yeong habló. Mencionó los mareos, las náuseas, el cansancio. Su voz se mantuvo firme, pero su cuerpo la delataba: su pie se movía sin parar.

El doctor lo notó.

—Vamos a hacer algunos exámenes para descartar posibles causas —dijo finalmente.

Llamó a una enfermera y le dio las indicaciones.

Mi-yeong asintió y la siguió.

Mientras tanto, en otro lugar…

Dae-hyung caminaba por el mundo demoníaco, cruzando pasillos antiguos y registros prohibidos. Sabía que era imposible. Lo sabía desde hacía siglos.

Y aun así… esa mínima duda persistía.

Buscó.
Nada.

En otra zona, Gwi-ma hablaba con uno de los comandantes cuando frunció el ceño.

Una presencia.
Débil.
Extraña.

No completamente demoníaca.

Desapareció tan rápido como apareció. El asunto quedó en el olvido… por ahora.

De regreso en el hospital, el doctor revisaba los resultados.

—No encuentro una causa clara que explique su malestar —dijo—. Sin embargo, hay algunos parámetros elevados.




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