El demonio que Amé

Capitulo 53: El peso de lo inevitable

Mi-yeong no podía dormir.

Había intentado cerrar los ojos una y otra vez, girando sobre la cama como si el cansancio pudiera vencer a la ansiedad por simple insistencia. Pero no funcionaba. Cada vez que lograba aquietar el cuerpo, la mente volvía a traicionarla, trayendo consigo los mismos pensamientos, las mismas preguntas, el mismo nudo en el pecho.

La prueba.
El hospital.
La posibilidad que nadie había dicho en voz alta… pero que ya se había instalado dentro de ella.

Abrió los ojos y tomó el celular de la mesa de noche.

12:03 a. m.

—Genial… —murmuró con ironía.

Se quedó mirando el techo, respirando hondo, como si el aire pudiera ordenar lo que ella no lograba. Sabía que, si no descansaba, no tendría fuerzas para enfrentar el día siguiente. El resultado podía acabar con todo… o darle una calma momentánea. En cualquier caso, necesitaba estar preparada.

—Solo duerme —se dijo—. Solo un poco.

Cerró los ojos con fuerza.

Al principio, nada cambió. El corazón seguía latiendo rápido, los pensamientos chocaban entre sí. Pero el agotamiento acumulado del día terminó imponiéndose. Sin darse cuenta, su respiración se volvió más lenta… y el mundo se desdibujó.

Entonces soñó.

Estaba sentada en lo que parecía una sala de cine. Las luces eran tenues, el ambiente silencioso, casi solemne. Frente a ella, una pantalla enorme comenzó a encenderse lentamente.

El título apareció con letras blancas:

“La vida de Rumi”

Mi-yeong sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

La película comenzó a avanzar sola, sin que ella pudiera apartar la mirada. En la pantalla apareció una niña. Pequeña. Frágil. Creciendo bajo el cuidado de una tía, mientras una voz narraba que sus padres habían muerto. Que había quedado sola demasiado pronto.

Las escenas avanzaban con rapidez cruel.

La niña crecía. Entrenaba. Luchaba. Se convertía en cazadora de demonios. Sonreía frente a los demás… mientras ocultaba algo incluso a sus amigas. Marcas oscuras aparecían en su cuerpo, señales que no pertenecían del todo al mundo humano.

Mi-yeong sintió un nudo en la garganta.

La película no se detenía en las victorias. Se detenía en las miradas cansadas, en los silencios forzados, en el miedo constante de ser descubierta. En la soledad de alguien que debía ocultar quién era para sobrevivir.

Hasta que llegó el momento del quiebre.

En la pantalla, Rumi ya no podía esconder más las marcas. Las vendas, las excusas, las mentiras… todo fallaba. La escena mostraba a la joven encerrada, quebrándose, preguntándose por qué había nacido así.

Cuando la película terminó, las luces del cine se encendieron lentamente.

Mi-yeong se dio cuenta de que no estaba sola.

Delante de la pantalla, de pie, estaba Rumi.

Ya no era una niña. La miraba directamente, con los ojos llenos de lágrimas. El rostro temblaba de rabia contenida, de dolor antiguo.

—Lo siento… —susurró Mi-yeong sin saber por qué—. Yo…

Rumi empezó a hablar.

Al principio, su voz era humana. Frágil.

—¿Por qué me diste esta vida?

Cada palabra cayó como un golpe.

—¿Por qué tuve que esconderme?
—¿Por qué tuve que vivir con miedo?
—¿Por qué nunca pude ser solo una cosa?

Mi-yeong intentó responder, pero las palabras no salían. Su pecho dolía como si algo lo estuviera comprimiendo desde dentro.

—Yo no quise… —intentó—. Yo solo…

El rostro de Rumi comenzó a cambiar.

Sus facciones se endurecieron. Las sombras se extendieron por su piel. Sus ojos brillaron con un tono antinatural. Poco a poco, su apariencia se volvió más demoníaca, más aterradora… pero el dolor seguía siendo el mismo.

—¿Por qué me hiciste esto? —gritó.

Rumi se lanzó sobre ella.

Mi-yeong despertó de golpe.

Un grito ahogado se le escapó de la garganta. Estaba empapada en sudor, el corazón golpeándole con tanta fuerza que creyó que se le saldría del pecho. El cuarto estaba oscuro, silencioso… pero la sensación del sueño seguía ahí, clavada en la piel.

Se llevó una mano a la boca y empezó a llorar.

No un llanto contenido. No uno silencioso. Lloró con el cuerpo entero, con el alma, como si algo dentro de ella se hubiera roto definitivamente.

Era la peor pesadilla que había tenido jamás.

No solo por el terror… sino porque sabía lo que significaba.

Ese sueño no hablaba del futuro.
Hablaba de su mayor miedo.

De lo que temía provocar si aquello que intentaba negar se volvía real.

Pasaron varios minutos antes de que pudiera calmarse. Cuando por fin lo logró, se quedó sentada en la cama, respirando con dificultad. Intentó recordar el sueño con claridad, pero era extraño: solo podía retener la pesadilla final y fragmentos borrosos de lo anterior, como si su mente se negara a revisitarlo por completo.

Tomó el celular sin pensar.

9:01 a. m.

—¿Qué…? —susurró, alarmada.

Saltó de la cama.

El doctor le había dicho que debía ir temprano. El pánico la invadió de inmediato. Se cambió de ropa a toda prisa, sin preocuparse por combinar nada. Se aseó como pudo y bajó las escaleras corriendo.

En su apuro, resbaló.

Se aferró con fuerza a la barandilla, evitando la caída… pero no el dolor. Un ardor intenso le recorrió el tobillo al rasparse contra el borde del escalón.

—¡Maldita sea…! —maldijo entre dientes, algo poco habitual en ella.

Se sostuvo el tobillo, respirando hondo. El dolor era fuerte, pero no podía detenerse ahora. Apretó los dientes y siguió avanzando.

No se dio cuenta de que en la cocina sus amigas estaban desayunando. La llamaron, sorprendidas por verla tan alterada, pero Mi-yeong no respondió. Solo abrió la puerta y salió.

Eso bastó para que la preocupación se instalara en ellas.

Mi-yeong caminó rápido, aunque cojeaba. Cada paso era una molestia constante que se sumaba al torbellino de pensamientos: el sueño, el resultado, el miedo, la rabia consigo misma por llegar tarde, por no poder caminar bien, por no poder controlar nada.




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