Mi-yeong se desplomó en el baño como si su cuerpo ya no pudiera sostenerla más.
El llanto la sacudía sin control, profundo, roto, como si algo dentro de ella se hubiera quebrado definitivamente. Apenas tuvo tiempo de inclinarse antes de que las náuseas la atacaran con violencia. Entró tambaleándose al compartimiento privado y cayó de rodillas frente al inodoro.
Vomitar.
Llorar.
Vomitar otra vez.
El círculo se repitió una y otra vez, cruel, interminable. Cada arcada parecía un castigo, como si el universo mismo la estuviera juzgando por haber creado algo que no debía existir.
—Ya… basta… —susurró entre sollozos—. Por favor…
Pensó que había tocado fondo.
Y aun así, el dolor seguía cavando más hondo.
Cuando el cuerpo finalmente se rindió, quedó apoyada contra la pared, respirando con dificultad. Las manos le temblaban. El estómago ardía. La garganta le dolía de tanto llorar.
Fue entonces, en ese estado de fragilidad absoluta, cuando la idea apareció.
No como un pensamiento borroso.
Sino clara.
Cruel.
Definitiva.
No tenerlo.
La sola posibilidad la atravesó como una puñalada. Si ese bebé no nacía, no tendría que cargar con dos identidades imposibles. No sufriría rechazo. No viviría escondiéndose. No pagaría el precio de una decisión que no había tomado.
El horror llegó de inmediato.
—No… —negó en voz baja—. ¿Cómo pude pensar eso…?
El pecho le ardió de vergüenza.
Y entonces apareció la otra voz.
La parte de ella que siempre había protegido vidas. La que había luchado, sangrado y soportado horrores precisamente para que otros no sufrieran. Esa Mi-yeong se alzó dentro de su mente con una firmeza dolorosa.
No es su culpa.
No pidió nacer así.
Las dos partes chocaron.
Una Mi-yeong dominada por el miedo, repitiendo las palabras de Dae-hyung, imaginando una vida rota, una existencia marcada por el rechazo, el peligro constante, el esconderse para sobrevivir.
—¿No ves lo que sería su vida? —reclamaba—. Vivir ocultándose. Sin pertenecer a ningún lugar. Siendo perseguido por algo que no eligió.
La otra Mi-yeong respondió con la voz temblorosa, pero firme.
—¿Y quién eres tú para decidir que no merece vivir? ¿Desde cuándo abandonas tu juramento solo porque tienes miedo?
—¡No es miedo! —se defendía—. Es realidad.
—Es miedo —replicaba la otra—. Y estás dejando que te gobierne.
El caos interno fue insoportable. Las voces se superponían, se atacaban, se culpaban. Ninguna cedía. Ninguna ganaba.
Cada segundo la destrozaba un poco más.
Al final, Mi-yeong apretó los puños contra la cabeza.
—¡Basta…! —susurró—. Solo… cállense.
Necesitaba silencio.
Aunque fuera por unos minutos.
Se levantó con dificultad, se lavó el rostro una y otra vez hasta que el reflejo dejó de parecerle irreconocible. Respiró hondo. No podía permitir que nadie notara el desastre que llevaba dentro.
Salió del baño y avanzó por el pasadizo. Cada paso era pesado, torpe. El corredor le pareció interminable. La visión se le nublaba por momentos y tuvo que apoyarse en la pared.
No era el pasadizo.
Era ella.
Su mente y su cuerpo estaban al límite.
Pensó en Dae-hyung.
En lo que diría.
En lo que haría.
En si podría mirarla igual después de esto.
Cuando por fin llegó a la salida, apenas fue consciente de las miradas a su alrededor. Algunas personas se habían acercado, preguntándole si estaba bien. No las veía. No las oía.
Entonces, al cruzar la puerta, se encontró con Céline y Soo-ming.
Lo que faltaba, pensó con amargura.
Forzó una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.
—¿Qué hacen por aquí?
Ellas respondieron con naturalidad, mintiendo mal, demasiado mal para quien las conocía… pero Mi-yeong no tenía fuerzas para cuestionarlo.
—Vine por un chequeo —dijo—. Por lo del concierto.
Eso fue suficiente.
La preocupación desplazó cualquier sospecha. Le preguntaron qué había dicho el doctor, si debía seguir algún tratamiento.
—Solo fue una intoxicación —respondió—. Nada grave.
El alivio fue inmediato.
—Vamos a casa —añadió con una ligereza forzada—. Tengo hambre.
Caminaron juntas, hablando de cosas triviales. Mi-yeong fingía escuchar, fingía reír. Pero el mundo empezó a girar.
La calle se distorsionó.
Sus piernas pesaban como plomo.
—Esperen… —murmuró—. Estoy un poco cansada.
No llegó a terminar la frase.
La oscuridad la envolvió.
Cuando cayó, Céline reaccionó primero, atrapándola antes de que golpeara el suelo. Soo-ming corrió a ayudarla. La acomodaron con cuidado, sentándose en el piso, llamándola por su nombre.
No respondió.
El miedo fue inmediato.
—Esto no es solo una intoxicación —susurró Soo-ming.
Aun así, no la presionaron. Sabían que, si Mi-yeong mentía, lo hacía por una razón.
Con esfuerzo, la llevaron a casa y la acomodaron en el sillón. Eran casi las dos de la tarde.
Prepararon comida, intentando ayudar sin invadir.
Mi-yeong despertó más tarde, confundida, desorientada.
—¿Dónde…?
Al verlas, entendió.
—Lo siento… —dijo—. Debe haber sido una intoxicación fuerte.
Ellas se miraron, pero no la contradijeron.
El resto de la tarde transcurrió en una calma tensa. Cada una, perdida en sus propios pensamientos.
Al caer la noche, Mi-yeong se encerró en su cuarto.
Pensaba en cómo decirle a Dae-hyung.
En cómo ocultar algo que pronto sería imposible ocultar.
Fue entonces cuando él apareció.
Estaba molesto. Frustrado. No había encontrado respuestas. Y ese olor… ese olor que ya no era el mismo. No era completamente humano. Tampoco demoníaco.
La confundía.
Se acercó con cautela. No hizo bromas.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Mi-yeong se lanzó a sus brazos.
—¿Qué haremos ahora…? —susurró.
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Editado: 20.02.2026