Cuando mie-yeong se acosto en su cama el sueño la tomó sin permiso.
No hubo resistencia.
No hubo pensamientos girando como otras noches.
No hubo insomnio ni esa ansiedad que se le clavaba detrás de los ojos.
Cerró los párpados…
y desapareció.
Eso fue lo primero que la inquietó al despertar.
El reloj marcaba las seis de la mañana.
La habitación estaba sumergida en una luz gris tenue.
Y su rostro estaba húmedo.
No húmedo por una lágrima aislada.
Había llorado con intensidad.
La almohada estaba fría por el agua.
Se incorporó lentamente, llevándose la mano a las mejillas. La piel le ardía.
—¿Qué…?
Intentó recordar.
Nada.
Ni imágenes.
Ni voces.
Ni sombras.
Ni siquiera una sensación clara.
Pero sabía que era triste.
Su pecho estaba apretado como si hubiese perdido algo.
Eso no es normal.
Ella siempre recordaba fragmentos de sus sueños. Siempre.
Aunque fueran absurdos o incompletos.
Pero esta vez…
Era como si alguien hubiera cerrado la puerta desde el otro lado.
Cerró los ojos con fuerza, intentando forzar una imagen.
Oscuridad.
Un vacío tan absoluto que daba miedo.
Un escalofrío recorrió su espalda.
¿Fue una advertencia?
¿Algo que aún no ha pasado?
¿Algo que voy a perder?
Su mente, disciplinada como siempre, intentó racionalizarlo.
—No seas dramática —susurró.
Pero su voz no sonó tan firme como pretendía.
Se abrazó a sí misma por un segundo.
Y entonces lo pensó.
¿Y si no era un sueño?
¿Y si fue algo más?
Sacudió la cabeza.
No. No podía empezar el día así.
Tenía suficiente con lo real.
La “sorpresa” de Dae-hyung.
Su estómago se tensó ante ese pensamiento.
Él le había dicho que no habría problemas.
Pero la lógica demoníaca…
No siempre entendía las consecuencias humanas.
Y ahora…
Ahora no estaba sola.
Su mano bajó lentamente hasta su vientre.
Aún le costaba pensar la palabra.
Embarazada.
El peso emocional de esa verdad la atravesó.
No era solo ternura.
Era miedo.
Era vulnerabilidad.
Era perder control sobre su propio cuerpo.
Y a Mie-yeong nunca le gustó perder el control.
Se levantó con determinación.
Si había una advertencia en ese sueño…
no podía hacer nada al respecto todavía.
Así que lo apartaría.
Como siempre hacía con lo que no podía resolver.
Se cambió, se lavó el rostro con agua fría hasta que la hinchazón disminuyó.
Se miró al espejo.
Se veía fuerte.
Pero sus ojos no mentían.
Había algo quebrándose debajo.
Cuando salió del cuarto ocurrió.
Un movimiento.
Su cuerpo se detuvo en seco.
No era dolor.
Era… presencia.
Llevó ambas manos a su vientre.
Sus dedos temblaron apenas.
—Buenos días… —murmuró con voz baja, íntima.
No sonó como una madre idealizada.
Sonó como alguien que aún está aprendiendo a aceptar lo que siente.
—No hagas que tu madre se asuste tan temprano… ¿sí?
Su mirada se suavizó.
Pero luego sus labios se tensaron ligeramente.
—Tienes que ser fuerte. Más fuerte que yo.
Eso le sorprendió.
Porque no solía decir cosas así.
Y le dio miedo.
Bajó las escaleras con un cuidado que no era consciente.
Sus pasos eran más lentos.
Su mano rozaba el pasamanos.
Instinto.
Protección.
En la cocina puso agua a hervir.
El sonido la ancló a la realidad.
Céline y Soo-ming bajaron poco después.
—Dormiste mejor —comentó Soo-ming, observándola más de lo habitual.
—Sí.
Demasiado rápido.
Eso no lo dijo.
Céline cruzó los brazos.
—Te ves… diferente.
Mie-yeong lo notó.
Ellas estaban tanteando el terreno.
Buscando algo.
—Estoy mejor. Solo necesitaba ordenar ideas.
Verdad a medias.
Céline abrió la boca para profundizar.
Pero Mie-yeong se adelantó.
—Deberíamos retomar los ensayos.
Ambas se quedaron quietas.
—¿Tan pronto? —preguntó Soo-ming.
—La Honmoon se está debilitando —respondió con firmeza—. Lo he sentido. No podemos ignorarlo más.
Eso era verdad.
Y la verdad siempre era su mejor escudo.
El silbido de la tetera interrumpió cualquier otra pregunta.
Sirvió leche.
Tomó cuatro panes.
El silencio fue inmediato.
Céline levantó una ceja.
—¿Cuatro?
Soo-ming la miró fijamente.
—Tú nos dijiste que una dieta ligera era clave para mantener equilibrio.
Mie-yeong sostuvo la mirada sin vacilar.
—Vomité durante mucho tiempo esa vez y por eso perdí nutrientes. Si voy a volver a entrenar, necesito recuperarlos.
Su tono cambió.
Más líder. Más autoritario.
—No podemos permitirnos debilidad ahora.
Era lógica impecable.
Pero Céline no parecía convencida del todo.
Mientras desayunaban, hablaron de estrategias para fortalecer la Honmoon.
Pero las miradas de sus compañeras regresaban constantemente a su plato.
A la velocidad con la que comía.
Cuando terminaron, Mie-yeong habló antes de que las dudas crecieran.
—Entrenamos hoy.
La reacción fue inmediata.
Alegría.
Energía.
Subieron a cambiarse.
Cuando mie-yeong cerró la puerta de su habitación, soltó un suspiro profundo.
—Tengo más hambre…
Su estómago respondió con un rugido bajo.
Se quedó inmóvil.
—No es gracioso.
Había empezado a sentir antojos específicos.
Sabores concretos.
Eso la descolocaba.
Comió otro pan en silencio.
Casi a escondidas.
En el campo de entrenamiento, Céline la miró divertida.
—¿Por qué tardaste tanto?
—Elegí la ropa equivocada por la emoción —respondió con naturalidad—. Tuve que cambiarme.
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Editado: 20.02.2026