El demonio que Amé

Capitulo 62: Nada permanece oculto

El silencio que siguió a la desaparición del demonio no fue natural. La energía que había explotado segundos antes aún permanecía en el ambiente, como si el propio espacio se resistiera a recuperar la estabilidad. Las grietas en la piedra y el polvo suspendido en el aire eran prueba suficiente de lo ocurrido.

Dae-hyung permanecía de pie en el centro del lugar, inmóvil, con la mirada fija al frente. Su expresión había vuelto a la calma, pero no era una calma real, sino una sostenida por control.

Entonces lo sintió: una presencia que no intentaba ocultarse.

Rok-san apareció caminando entre las estructuras de piedra, avanzando sin prisa, como si ya supiera exactamente lo que iba a encontrar. Sus ojos recorrieron el lugar antes de detenerse en Dae-hyung.

—Creo que tienes algo que explicar —dijo con voz firme.

Dae-hyung giró apenas lo suficiente para mirarlo.

—¿Explicar qué?

Rok-san esbozó una leve sonrisa sin rastro de humor.

—Un subordinado mío desaparece justo cuando iba a hablar… y en su lugar encuentro esto.

Señaló el entorno con un leve movimiento.

—Y tu energía todavía impregnando el aire.

Dae-hyung no se movió.

—No era información importante.

Rok-san soltó una risa corta.

—Eso no lo decides tú.

La distancia entre ellos dejó de ser segura.

Dae-hyung lo observó con frialdad.

—Era un oportunista intentando ganar un ascenso.

—¿Y aun así te tomaste la molestia de intervenir? —replicó Rok-san, dando un paso más cerca—. No encaja contigo.

Dae-hyung guardó silencio, y eso fue suficiente.

Rok-san entrecerró los ojos.

—Tú no reaccionas por impulsos. Siempre calculas. Siempre eliges el momento exacto.

Su mirada se volvió más penetrante.

—Eso significa que lo que iba a decir sí importaba.

El aire se volvió más denso, como si el espacio mismo no pudiera contener la presión que empezaba a formarse entre ellos.

Dae-hyung dio un paso al frente.

—Estás sacando conclusiones sin pruebas.

Rok-san no retrocedió.

—Y tú estás ocultando algo.

La presión entre ambos estalló sin previo aviso. El suelo se resquebrajó bajo sus pies y el aire vibró con una intensidad contenida, como si todo estuviera al borde de romperse. Ninguno avanzó más, pero tampoco cedieron.

Rok-san sonrió lentamente.

—Interesante… hacía tiempo que no reaccionabas así.

Dae-hyung sostuvo la mirada.

—No empieces algo que no puedes terminar.

Rok-san dejó escapar una risa baja.

—¿Eso es una amenaza?

—Es un consejo.

El intercambio se detuvo, pero la tensión no desapareció.

Finalmente, Rok-san dio medio paso hacia atrás. La presión disminuyó, aunque el peligro seguía presente.

—No te preocupes —dijo con calma—. No necesito que me lo digas ahora.

Lo miró fijamente.

—Lo voy a descubrir.

Dae-hyung no respondió.

Rok-san continuó, con un tono más bajo:

—Y cuando lo haga… quiero ver si realmente vale la pena que tú, precisamente tú, estés dispuesto a ocultarlo.

Esa vez no fue una simple advertencia.

Fue algo más personal.

Su mirada descendió brevemente a las grietas del suelo antes de girarse para marcharse. Sin embargo, se detuvo un instante.

—Ah, y Dae-hyung…

Este alzó ligeramente la vista.

—Ten más cuidado. El mundo humano no es tan invisible como crees.

No dijo más.

Pero no hacía falta.

Luego desapareció entre las sombras.

El lugar volvió a quedar en silencio, aunque ya no era el mismo de antes.

Dae-hyung no se movió. Su mente ya estaba trabajando.

Rok-san no sabía.

Pero estaba empezando a acercarse demasiado.

Y eso lo convertía en un problema real.

Su mirada se endureció levemente.

No podía permitirse otro error.

Mientras en el mundo demoníaco la tensión seguía creciendo, en el mundo humano alguien intentaba contenerla.

Mie-yeong estaba sentada en uno de los sofás, sosteniendo un vaso de agua entre sus manos. Había bajado con la excusa de tomar aire, pero se había encontrado con Céline y tuvo que mentir para no levantar sospechas. Ahora, aunque aparentaba calma, lo único que realmente necesitaba era tranquilizarse.

Su respiración seguía ligeramente agitada.

Intentaba ordenar sus pensamientos, pero cada vez que lo hacía, todo lo ocurrido esa noche volvía a su mente.

Apretó ligeramente el vaso.

Tenía que tranquilizarse.

Tenía que parecer normal.

Entonces escuchó pasos.

Alguien venía hacia la sala.

Su cuerpo reaccionó de inmediato: enderezó la espalda, relajó los hombros y suavizó su expresión antes de que la otra persona apareciera.

Un segundo después, Soo-min entró en la sala.

Se detuvo al verla.

—¿Mie-yeong? —preguntó, ligeramente sorprendida—. ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas descansando en tu cuarto por los cólicos.

Mie-yeong levantó la mirada y le dedicó una pequeña sonrisa.

—Hola, Soo-min. Solo bajé a tomar un vaso de agua.

Soo-min la observó durante unos segundos.

—Tu cara no dice exactamente eso.

La sonrisa de Mie-yeong se mantuvo, aunque más tensa.

—Es normal… estoy aguantando el dolor. ¿O acaso tú no pones esa misma cara cuando estás en tu mes?

Por dentro, sin embargo, el pensamiento fue distinto.

Lo siento…

Sabía que le estaba mintiendo.

Y sabía que era algo que Soo-min nunca debería descubrir.

Soo-min soltó un pequeño suspiro.

—Bueno… sí, cualquier chica tendría esa cara.

Hizo una pausa.

—¿Tomaste tu pastilla?

Mie-yeong dudó una fracción de segundo antes de asentir.

—Sí, ya la tomé.

La respuesta pareció tranquilizarla un poco, aunque no del todo. Aun así, decidió no insistir.

Conocía bien a Mie-yeong.

Siempre había sido alguien que cargaba con todo sola.

Soo-min suavizó su expresión.




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