El demonio que Amé

Capítulo 64: Lo que el cuerpo ya no puede ocultar

La casa estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo. Era ese tipo de calma frágil que solo existe cuando todo está a punto de romperse.Mi-yeong no lo pensó demasiado. Después de escribir aquella letra y esconderla como si fuera un crimen, simplemente se recostó. No porque estuviera en paz, sino porque su mente ya no podía sostener más.

Si seguía pensando, no iba a dormir.Y si no dormía, no iba a resistir asi que cerró los ojos con una decisión fría, obligándose a dejar todo fuera, aunque fuera por unas horas. Su respiración tardó en estabilizarse, pero cuando lo hizo, el sueño llegó rápido.

Fue profundo.
Pesado.
Silencioso.

Por primera vez en mucho tiempo, no hubo imágenes que la persiguieran. No hubo advertencias ni recuerdos distorsionados.

El descanso fue real.

Pero no duró.

Una incomodidad leve comenzó a filtrarse en su cuerpo. Al principio fue vaga, casi ignorada, pero poco a poco se volvió más clara, más concreta, hasta que su cuerpo reaccionó.

Se movió ligeramente sobre la cama, intentando acomodarse de lado.

No funcionó.

Frunció el ceño incluso dormida, cambiando la posición, buscando de forma inconsciente aquello que la estaba molestando.

Sin abrir los ojos, deslizó la mano por la sábana, recorriendo el colchón, la almohada, el espacio vacío a su lado.

Nada.

La incomodidad seguía ahí.

Su respiración se volvió más corta. Intentó otra vez, con más insistencia, pero no había nada que apartar.

Solo esa sensación.

Eso bastó para sacarla del sueño.

Abrió los ojos.

Se quedó quieta unos segundos, mirando al techo, con la mente atrapada entre el descanso y la alerta. Luego se incorporó con lentitud y revisó la cama con más claridad.

Nada fuera de lugar.

Su expresión no fue de miedo.

Fue de molestia contenida.

—Genial… —murmuró—. Ahora ni dormir tranquila puedo.

Se frotó el rostro y tomó el celular por reflejo.

5:00 a. m.

Exhaló por la nariz.

—Ni siquiera es una hora decente.

Fue al baño sin prisa. Abrió el grifo y dejó que el sonido del agua llenara el espacio. Se lavó el rostro con calma, más por necesidad de anclarse que por costumbre.

Cuando levantó la mirada hacia el espejo, su reflejo le devolvió una calma que no sentía.

Se secó con la toalla.

Podría entrenar.

No con la intensidad de siempre, pero lo suficiente para mantener la rutina. Su mente empezó a organizarlo… hasta que se detuvo.

Tenía que ser cuidadosa.

Por el bebé.

El movimiento se congeló, pero esta vez no hubo sorpresa.

Solo un breve silencio.

Bajó la mirada.

Luego, con lentitud, se observó con más atención.

Su polo.

Algo no encajaba.

No era evidente a simple vista, pero lo sentía distinto. Más ajustado de lo normal.

Se giró ligeramente frente al espejo.

Y ahí lo vio.

No era exagerado.
No era algo que cualquiera notaría.

Pero para ella era suficiente.

Su vientre había cambiado.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

Su respiración se detuvo un segundo… y luego volvió, controlada.

No gritó.

No retrocedió.

Se acercó un poco más al espejo y apoyó la mano sobre su abdomen.

—Esto… ya empezó a notarse —murmuró, casi en un suspiro.

No había pánico en su voz.

Había evaluación.

Su mente reaccionó de inmediato.

Ropa más suelta.
Capas.
Menos contacto físico.

Su mirada se endureció apenas.

—Tengo menos margen…

El pensamiento fue claro.

Pero su mano no se apartó de inmediato.

Se quedó ahí.

Un segundo de más.

Su expresión no cambió, pero algo en su mirada se tensó.

Cerró los ojos apenas un instante.

—No ahora…

Retiró la mano.

Volvió a mirarse, esta vez con decisión.

—Lo manejo.

Salió del baño sin apresurarse, pero con el cuerpo en alerta.

Fue al armario y empezó a revisar la ropa.

—Esto no… esto tampoco…

No había desesperación, pero sí urgencia controlada.

Las prendas habituales ya no servían igual. Eran demasiado ajustadas, demasiado evidentes.

Probó combinaciones rápidas.

Capas.

Ropa más suelta.

Nada perfecto.

Pero funcional.

—Tiene que ser suficiente…

Se detuvo un segundo.

Respiró.

No podía quedarse pensando.

Entonces escuchó pasos.

Se tensó.

Ya estaban despiertas.

Cerró el armario y ajustó la ropa con naturalidad antes de salir.

En el mundo demoníaco, el silencio tenía otro peso.

Rok-san permanecía inmóvil, con la mirada fija en el vacío.

No estaba frustrado.

Estaba pensando.

—Qué fastidio…

Los métodos directos ya no funcionaban. Dae-hyun no cometería el mismo error dos veces.

Eso significaba una cosa.

—Entonces cometerá otro.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

No necesitaba fuerza.

Solo tiempo.

Y un fallo.

Dae-hyun no estaba tranquilo.

Su mente trabajaba con precisión, descartando opciones, eliminando riesgos.

El error ya estaba hecho.

No podía permitirse otro.

La solución fue simple.

Se borraría.

Nada de energía.
Nada de rastro.
Nada que pudiera seguirse.

—Molesto… pero necesario.

Suprimió completamente su presencia demoníaca.

Cuando regresó al mundo humano, lo hizo caminando.

Sin poder.

Sin atajos.

Como cualquiera.

Mi-yeong bajó las escaleras con el cuerpo controlado.

Cada paso medido.

Cada gesto calculado.

No debía notarse.

Entró a la cocina.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió Soo-min, observándola con atención—. Te levantaste temprano.

—No podía dormir.

Celine la miró unos segundos antes de hablar.

—Se nota.

Mi-yeong no respondió. Se movió por la cocina con naturalidad, aunque su atención estaba dividida.




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