Cuando Mie-yeong abrió los ojos, tardó unos segundos en entender dónde estaba. La habitación permanecía en penumbra, envuelta en una calma que contrastaba demasiado con lo que había ocurrido horas antes. Su cuerpo se sentía pesado, como si el descanso no hubiera sido suficiente para liberar todo lo que había cargado durante el día. Giró el rostro hacia la mesa de noche, tomó su celular y entrecerró los ojos al ver la pantalla. Eran las nueve de la noche.
Se quedó observando la hora más de lo necesario, hasta que la realidad terminó de asentarse: había dormido alrededor de cuatro horas.
Se incorporó lentamente, apoyando la espalda contra el cabecero de la cama, y dejó escapar una respiración larga. El dolor físico había desaparecido casi por completo, pero en su lugar quedaba una sensación tenue, como un eco que no terminaba de irse. Sin embargo, lo que realmente la mantenía inquieta no era eso, sino lo que había pasado antes de quedarse dormida.
La discusión volvió a su mente con una claridad incómoda.
Las palabras.
Las miradas.
El tono.
Su tono.
Apretó los labios y bajó la mirada hacia sus manos.
El arrepentimiento apareció de forma inevitable.
No porque lo que dijo fuera mentira.
Sino porque no debía haberlo mostrado de esa manera.
Había perdido el control.
Y eso…
eso era algo que no podía permitirse.
No siendo la líder.
Desde que había asumido ese rol, había aprendido que no se trataba solo de guiar o tomar decisiones, sino de sostener, de contener, de ser el punto firme cuando todo lo demás fallaba. Eso significaba medir sus emociones, esconder sus dudas y, sobre todo, evitar que las demás vieran cuánto le costaba mantenerse en pie.
Cerró los ojos un momento.
Había cosas que no podía decir.
No todavía.
No a ellas.
No a nadie.
No podía decir que Dae-hyung no era humano.
No podía decir que el hijo que llevaba dentro no era completamente humano.
No podía decir que sus emociones podían poner en riesgo todo eso.
Si lo hacía, todo cambiaría de una forma que no podría controlar.
Se llevó una mano al rostro, intentando calmar la presión en su pecho, pero antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, una voz rompió el silencio.
—¿Ya despertaste?
Mie-yeong levantó la mirada de inmediato.
Dae-hyung estaba apoyado contra la pared, observándola con esa tranquilidad que siempre parecía tener, como si nada fuera realmente urgente para él. No lo había escuchado entrar, lo que la sorprendió apenas, pero no dijo nada. En lugar de responder, lo miró unos segundos y luego le hizo un gesto leve con la mano, indicándole que se acercara.
Dae-hyung obedeció sin preguntar, caminando con calma hasta detenerse frente a la cama.
—¿Estás mejor? —preguntó, esta vez con un tono más bajo.
Mie-yeong no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante y apoyó la cabeza contra su pecho, cerrando los ojos por un instante, como si ese contacto le permitiera dejar de sostener todo por unos segundos. Dae-hyung no se apartó; la sorpresa inicial pasó rápido y simplemente dejó que se apoyara, observándola en silencio.
—Lo siento —murmuró ella finalmente—. Por lo de la cafetería… sé que era para disimular, pero por un momento… me olvidé de todo.
Sus dedos se aferraron ligeramente a la tela de su ropa.
—Me sentí normal.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue sincero.
Dae-hyung dejó escapar una pequeña risa.
—No me molesta —respondió—. De hecho, lo disfruté.
Mie-yeong levantó un poco la cabeza y lo miró, sin terminar de creerle.
—¿Lo disfrutaste?
—Claro —continuó él, encogiéndose apenas de hombros—. No todos los días veo algo así en primera fila.
Luego, con una leve sonrisa, añadió:
—Aunque tampoco es que seas una chica normal.
Mie-yeong frunció ligeramente el ceño.
—¿Ah, no?
—No —respondió con total naturalidad—. No creo que una chica normal salga con un demonio… y mucho menos que esté esperando un hijo suyo.
El comentario rompió la tensión de inmediato.
Mie-yeong soltó una pequeña risa, sincera, y le dio un par de golpes suaves en el pecho.
—Eres imposible.
Dae-hyung apenas reaccionó, como si ya estuviera acostumbrado.
—Pero te hice reír.
Ella negó con la cabeza, aunque la sonrisa no desapareció del todo. Durante unos segundos, el ambiente se sintió más ligero, pero esa sensación no duró demasiado.
Porque abajo, la situación era distinta.
Céline y Soo-ming seguían en la misma posición en la que todo había terminado, como si moverse implicara aceptar lo que había pasado. El silencio entre ellas no era cómodo, pero tampoco era agresivo; era un silencio cargado de pensamientos, de cosas que querían decir y no sabían cómo.
Finalmente, se movieron hacia la sala y se sentaron, una frente a la otra.
Céline abrió la boca, dispuesta a hablar, pero al notar la mirada de Soo-ming, dudó. Cerró los labios. Bajó la mirada.
El silencio volvió.
Pasaron varios minutos así, hasta que Soo-ming habló.
—Nunca pensé que se sintiera así.
Su voz fue baja, reflexiva.
—Siempre la vi fuerte… como alguien que podía con todo.
Hizo una pausa.
—Pensé que eso era simplemente ella.
Desvió la mirada un segundo.
—Pero ahora… ya no estoy segura de conocerla tanto como creía.
Céline apretó los labios.
—La obligamos —dijo finalmente—. Queríamos respuestas… y las conseguimos.
Su voz bajó un poco más.
—Pero si no lo hacíamos… nunca nos iba a decir nada.
Soo-ming no respondió de inmediato.
—No estuvo bien —añadió Céline, ahora con más peso en la voz—. Pero tampoco era justo quedarnos así.
Esa contradicción quedó flotando entre ambas.
Soo-ming suspiró.
—Yo también quería saber —admitió—. Pero no de esa forma.
Apoyó los codos sobre las rodillas.
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Editado: 19.05.2026