El silencio se quedó suspendido entre ellas con un peso que ninguna supo romper de inmediato. Mie-yeong permanecía de pie junto a la puerta, con la mano aún cerca de la perilla, mientras Céline y Soo-ming la observaban sin atreverse a avanzar más allá de ese umbral invisible que se había formado entre las tres. No era solo la falta de palabras lo que detenía el momento, sino la conciencia de que cualquier cosa que dijeran podía empeorar lo que ya estaba dañado. Fueron apenas unos segundos, pero se sintieron largos, densos, como si el tiempo se hubiera estirado deliberadamente.
Céline fue la primera en reaccionar, aunque no lo hizo con la firmeza que la caracterizaba normalmente. Respiró hondo, bajando apenas la mirada antes de levantarla de nuevo, y habló con un tono más contenido, casi cuidadoso.
—¿Podemos pasar?
Mie-yeong no respondió de inmediato. Su expresión no cambió, pero por dentro la respuesta no era tan simple como el silencio que mostraba. Una parte de ella quería cerrar la puerta y terminar ahí, porque no tenía energía para otra conversación, porque lo ocurrido aún estaba demasiado presente, demasiado reciente. Pero otra parte, más difícil de ignorar, le recordaba que no podía simplemente cortar el vínculo como si nada, no después de todo lo que habían compartido. Esa contradicción se resolvió sin palabras. Finalmente, dio un paso al costado, dejando el espacio libre sin decir nada.
El gesto fue suficiente.
Pero no fue cálido.
Céline y Soo-ming lo entendieron de inmediato, y esa ausencia de cercanía se sintió más fuerte que cualquier rechazo directo. Aun así, entraron.
El ambiente dentro de la habitación no era el mismo. No porque el lugar hubiera cambiado físicamente, sino porque la percepción lo había hecho. Antes, ese espacio había sido cómodo, casi un refugio compartido donde las tensiones externas quedaban fuera. Ahora, en cambio, se sentía cargado, como si las paredes mismas retuvieran lo ocurrido y lo devolvieran en forma de incomodidad. El aire parecía más denso, más difícil de atravesar, y la familiaridad que antes existía había sido reemplazada por una distancia sutil, pero evidente.
Mie-yeong caminó hasta la cama y se sentó sin prisa, manteniendo la espalda recta y la mirada al frente. No cerró la puerta.
Ese detalle no pasó desapercibido.
Céline y Soo-ming intercambiaron una mirada breve antes de sentarse en el suelo, frente a ella. El hecho de que la puerta permaneciera abierta alteraba el ambiente de una forma difícil de ignorar, como si Mie-yeong no quisiera aislarse con ellas, como si necesitara mantener una salida visible en todo momento. Ese pequeño gesto dejó claro que algo había cambiado, y que no era superficial.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez fue más corto, aunque no menos tenso.
Mie-yeong lo rompió primero.
—¿Para qué han venido?
Su voz fue baja, controlada, pero claramente distante.
Céline sintió el golpe de inmediato, no tanto por las palabras, sino por el tono. No era hostil, pero tampoco cercano, y eso hacía que la distancia entre ellas se sintiera más real de lo que había imaginado. Aun así, se obligó a responder.
—Vinimos a disculparnos —dijo, y aunque intentó mantener la firmeza, su voz dejó ver una leve tensión—. Sabemos que lo que hicimos no estuvo bien.
Hizo una pausa, buscando continuar, pero las palabras no salieron con la facilidad que esperaba. Dudó un segundo antes de seguir.
—Teníamos nuestras razones… pero eso no cambia cómo lo hicimos.
Soo-ming intervino entonces, con un tono más estable, aunque no completamente libre de incomodidad.
—Lo hicimos porque nos importa lo que te pasa —dijo—. Y aunque digas que eres la líder… para nosotras no eres solo eso.
Mantuvo la mirada.
—Eres nuestra amiga.
Mie-yeong escuchó sin interrumpir, pero por dentro la respuesta no fue tan clara como su silencio hacía parecer. Entendía lo que decían, podía incluso aceptar que su intención no había sido mala, pero eso no eliminaba la molestia que aún permanecía. Había una parte de ella que seguía sintiéndose expuesta, presionada, y esa parte no estaba lista para ceder.
Por eso, cuando habló, su tono reflejó esa resistencia.
—¿Eso es todo lo que querían decir?
La pregunta no fue agresiva, pero sí marcó un límite.
Céline y Soo-ming se quedaron en silencio. Había más cosas que querían decir, muchas más, pero en ese momento ninguna encontró la forma adecuada de expresarlas. Todo parecía insuficiente frente a lo que había ocurrido, como si cualquier intento de explicación quedara corto antes de siquiera ser pronunciado.
Ese vacío fue interrumpido por la voz de Mie-yeong, que esta vez no sonó tan fría como antes, pero tampoco cercana.
—Entiendo por qué lo hicieron —dijo finalmente—. Hace un tiempo, probablemente yo habría hecho lo mismo.
Céline levantó la mirada, atenta.
—Pero ahora no —continuó Mie-yeong—, y por eso no puedo simplemente ignorarlo.
Su mirada se mantuvo firme.
—No puedo volver a como era antes.
La frase cayó con más peso que las anteriores.
Céline reaccionó de inmediato.
—¿A qué te refieres?
—A que no se puede —respondió Mie-yeong con la misma calma.
Soo-ming frunció el ceño.
—¿Entonces te vas a alejar de nosotras?
Había una ligera molestia en su voz, algo que ni ella misma había planeado mostrar.
Mie-yeong la miró con cierta sorpresa, y por un instante recordó una idea que había escuchado antes: que nunca se conoce completamente a una persona. Esa reacción inesperada le dio más sentido a ese pensamiento de lo que esperaba.
Suspiró.
—No estoy diciendo eso, Soo-ming.
Céline intervino de nuevo, esta vez con una urgencia más evidente.
—Entonces explícanos, porque cada vez siento que te alejas más.
Mie-yeong negó levemente.
—No es así.
—Eso es lo que sentimos —insistió Céline—. Nos estás dejando afuera.
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Editado: 19.05.2026