El demonio que Amé

Capitulo 79; Antes del cambio

La mañana llegó acompañada por una luz suave que atravesó las cortinas de la habitación. Mie-yeong abrió lentamente los ojos y permaneció varios segundos observando el techo. Tenía la sensación de haber estado soñando algo importante, algo que había logrado dejar una extraña sensación de felicidad dentro de ella, pero por más que intentó recordarlo los detalles escapaban de su memoria.

Solamente permanecía aquella sensación cálida.

Una sensación que todavía parecía acompañarla mientras se incorporaba lentamente de la cama.

Después de dirigirse al baño y lavarse el rostro, levantó la mirada hacia el espejo. Como había ocurrido durante las últimas semanas, los cambios volvieron a hacerse evidentes.

Su vientre.

Su pecho.

Todo parecía haber cambiado un poco más.

Durante unos segundos sintió aquella ansiedad habitual intentando regresar, pero esta vez fue diferente.

Respiró profundamente.

Luego volvió a hacerlo.

Y finalmente negó con la cabeza.

—No puedo seguir reaccionando así todos los días.

Su voz apenas fue un murmullo.

La realidad era simple.

Su cuerpo iba a seguir cambiando.

No importaba cuánto se preocupara.

No importaba cuánto intentara evitarlo.

Aquello continuaría avanzando.

Por primera vez decidió aceptar esa verdad sin pelear contra ella.

Después de prepararse cuidadosamente y escoger ropa que todavía lograba ocultar la mayor parte de los cambios, descendió hacia la cocina.

El aroma del desayuno ya llenaba el ambiente.

Céline estaba revisando algo en su celular mientras Soo-ming preparaba café.

—Buenos días —saludó Mie-yeong.

Ambas levantaron la mirada.

—Buenos días —respondió Soo-ming.

—Sobreviviste —añadió Céline con una pequeña sonrisa.

Mie-yeong arqueó una ceja.

—¿Eso es un saludo?

—Considerando todo lo que ha pasado últimamente, sí.

Soo-ming soltó una pequeña risa.

—Tiene un punto.

Por primera vez en varios días, Mie-yeong sintió que el ambiente era relativamente normal.

No perfecto.

Pero mejor.

Mucho mejor que antes.

Las tres comenzaron a desayunar mientras hablaban de temas sencillos.

Al principio la conversación giró alrededor de algunos ensayos pendientes y compromisos futuros, pero poco a poco fue volviéndose más relajada.

—Sigo pensando que deberíamos cambiar algunas partes de la coreografía —comentó Soo-ming.

—¿Otra vez? —preguntó Céline.

—Solo algunas.

—Llevas diciendo eso 2 meses y medio

—Porque tengo razón.

—Porque eres obsesiva.

—Porque quiero que salga bien.

Mie-yeong terminó sonriendo.

Aquella discusión era tan habitual que incluso resultaba reconfortante.

Céline se dio cuenta de ello.

—Mira eso.

—¿Qué?

—Sonrió.

Mie-yeong inmediatamente volvió a una expresión neutral.

—No sé de qué hablas.

—Lo hizo otra vez.

—Definitivamente lo hizo.

—Las dos están imaginando cosas.

Las tres terminaron riéndose.

Y aunque el momento fue breve, permitió que algo de la distancia acumulada durante los últimos capítulos siguiera desapareciendo poco a poco.

Sin embargo, incluso en medio de aquella normalidad recuperada, las dos seguían observándola.

No de forma invasiva.

No como antes.

Pero seguían haciéndolo.

Porque seguían preocupadas.

Porque seguían sintiendo que algo ocurría.

Y porque seguían sin saber qué era.

La tarde transcurrió con una tranquilidad poco habitual. Después del desayuno y del ensayo, las actividades del grupo continuaron de manera relativamente normal. Sin embargo, para Mie-yeong la normalidad ya no significaba lo mismo que unos meses atrás.

Mientras revisaba algunos documentos relacionados con futuras presentaciones de Honmoon, se descubrió perdiendo la concentración una y otra vez. Su mirada terminaba desviándose hacia la ventana o descendiendo inconscientemente hacia su vientre.

Cada día era más difícil ignorar la realidad.

No porque quisiera hacerlo.

Sino porque aquella realidad estaba creciendo.

Literalmente.

Cuando terminó con sus responsabilidades decidió refugiarse unos minutos en su habitación. Cerró la puerta detrás de ella y dejó escapar un suspiro cansado mientras se sentaba en el borde de la cama.

El silencio la envolvió poco a poco.

Y con él llegaron nuevamente los pensamientos.

Los mismos que llevaban semanas apareciendo cada vez con más frecuencia.

¿Cómo sería cuando naciera?

La pregunta parecía sencilla.

Pero traía consigo cientos de dudas.

¿Se parecería a ella?

¿Tendría el cabello oscuro de Dae-hyung?

¿Sus ojos?

¿Su forma de hablar?

¿Su personalidad?

¿Heredaría algo de ambos?

¿Sería tranquila?

¿O terminaría siendo tan problemática como su padre?

Aquella última idea provocó una pequeña sonrisa involuntaria.

Pero la sonrisa desapareció rápidamente.

Porque detrás de aquellas preguntas existían otras mucho más difíciles.

¿Podría seguir siendo líder?

¿Podría seguir protegiendo a las chicas?

¿Podría seguir luchando?

¿Podría cuidar de una nueva vida mientras intentaba proteger todas las demás?

¿Y si algún día tenía que elegir?

¿Y si cometía errores?

¿Y si no era suficiente?

Mie-yeong cerró los ojos.

Aquellas preguntas no tenían respuesta.

Todavía no.

Y quizás nunca la tendrían.

Sin embargo, seguían apareciendo una y otra vez.

Como una sombra constante.

Como un recordatorio de que el futuro estaba acercándose cada día más.

La voz de Dae-hyung interrumpió sus pensamientos.

—Tienes esa cara otra vez.

Mie-yeong abrió los ojos.

El demonio estaba sentado sobre el marco de la ventana como si llevara allí horas.

Ella ya ni siquiera se sorprendía cuando aparecía de aquella manera.




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