Había pasado aproximadamente un año y medio desde aquella noche en la que Mie-yeong observó el cielo desde el balcón de su habitación mientras intentaba convencerse de que podía seguir avanzando sin importar lo difícil que se volviera su situación. Durante ese tiempo ocurrieron más cambios de los que alguna vez creyó posibles.
Lo primero fue su matrimonio con Dae-hyung.
Todavía le parecía extraño recordarlo.
Si alguien le hubiera dicho años atrás que terminaría casándose con un demonio, probablemente habría pensado que era una broma de muy mal gusto. Sin embargo, la vida tenía una forma extraña de poner a prueba todas las convicciones que una persona creía inquebrantables.
Después de casarse, ambos compraron una casa alejada del lugar donde vivían Céline y Soo-ming. No era una mansión ni algo especialmente lujoso, pero sí era un lugar tranquilo donde podían vivir sin preocuparse constantemente por ocultar cada detalle de sus vidas.
Aquello resultó ser una bendición.
Durante el embarazo, la barriga de Mie-yeong nunca llegó a llamar demasiado la atención. Aunque creció, lo hizo de una manera mucho menos evidente de lo que ella había temido durante meses. La mayoría de las veces parecía simplemente haber ganado algo de peso.
Eso le permitió ocultar la verdad durante bastante tiempo.
Aun así, no fue sencillo.
Los ensayos tuvieron que modificarse.
Las coreografías fueron ajustadas.
Los conciertos disminuyeron gradualmente.
Y aunque la Honmoon seguía resistiendo, cada vez resultaba más difícil mantener el ritmo que habían tenido durante años.
Céline y Soo-ming sospecharon muchas cosas durante ese período.
Demasiadas cosas.
Pero nunca llegaron a descubrir la verdad completa.
Cuando finalmente Mie-yeong les informó que estaba esperando un bebé de Dae-hyung, ambas quedaron completamente sorprendidas.
La reacción inicial no fue precisamente tranquila.
Céline prácticamente interrogó a Dae-hyung durante una tarde entera.
Soo-ming fue incluso peor.
Durante varias semanas pareció convencida de que debía vigilarlo constantemente.
Sin embargo, con el paso del tiempo terminaron aceptándolo.
O al menos aceptando la parte de la historia que conocían.
Porque seguían ignorando dos verdades fundamentales.
La primera era que Dae-hyung no era humano.
Y la segunda era que Rumi tampoco lo era completamente.
Después llegó el nacimiento.
Un nacimiento complicado.
No peligroso.
Pero sí agotador.
Mie-yeong todavía recordaba el dolor.
El cansancio.
La incertidumbre.
Y recordaba especialmente a Dae-hyung.
Por primera vez desde que lo conocía, lo había visto completamente impotente.
No porque alguien fuera más fuerte que él.
No porque hubiera perdido una batalla.
Sino porque no podía hacer absolutamente nada para aliviar el sufrimiento de la persona que amaba.
Aquello había afectado más al demonio de lo que él mismo estaba dispuesto a admitir.
Pero cuando finalmente vio a Rumi por primera vez, algo cambió.
La pequeña tenía los ojos de Mie-yeong.
Exactamente los mismos.
Y desde ese momento fue imposible negar el vínculo que sentía hacia ella.
Cuando regresaron a casa, Céline y Soo-ming los esperaban con una celebración improvisada.
Ambas quedaron inmediatamente fascinadas con la bebé.
Y cuando comentaron que tenía la misma mirada de Mie-yeong, ella terminó sonrojándose mientras intentaba ocultar su felicidad.
También respiró aliviada.
Porque las marcas demoníacas nunca aparecieron.
Ni al nacer.
Ni durante los meses siguientes.
Y eso le permitió dormir un poco más tranquila.
Al menos por un tiempo.
Porque ahora existían nuevas preocupaciones.
Nuevos miedos.
Nuevas responsabilidades.
Y ninguna de ellas venía acompañada de instrucciones.
Eran las cuatro de la mañana.
La casa estaba completamente oscura cuando un llanto agudo rompió el silencio.
Dae-hyung abrió los ojos inmediatamente.
No necesitaba dormir como un humano.
Pero después de convivir tanto tiempo con ellos había adquirido ciertas costumbres.
Por eso tardó unos segundos en reaccionar.
El llanto volvió a escucharse.
Más fuerte.
Más insistente.
Dae-hyung giró la cabeza hacia la cama.
Mie-yeong seguía profundamente dormida.
Durante los últimos días apenas había descansado.
Así que decidió levantarse.
—Yo me encargo —murmuró para sí mismo.
Avanzó por el pasillo hasta llegar a la habitación de Rumi.
La pequeña estaba sentada en su cuna llorando con todas sus fuerzas.
Dae-hyung la observó unos segundos.
Ella lo observó también.
Y luego lloró aún más fuerte.
—Eso no ayuda.
Rumi continuó llorando.
Dae-hyung suspiró.
Después la tomó entre sus brazos.
O al menos intentó hacerlo.
El problema era que seguía sin dominar completamente ciertas cosas relacionadas con los bebés.
La sostuvo en una posición extraña.
Incómoda.
Torpe.
Y como resultado Rumi empezó a llorar todavía más fuerte.
—¿Por qué empeora?
La puerta se abrió de golpe.
Mie-yeong apareció todavía medio dormida.
Su cabello estaba despeinado y claramente acababa de despertarse.
Pero bastó una mirada para comprender la situación.
—¡Dae-hyung!
—¿Qué?
—¿Cómo la estás cargando?
El demonio bajó la vista.
—Con mis brazos.
—¡No es así!
Mie-yeong se acercó rápidamente.
—Le puedes hacer daño.
—No le estoy haciendo daño.
—Porque llegué a tiempo.
—Eso es discutible.
—Dae-hyung.
—Bien, bien.
Con movimientos sorprendentemente torpes, le entregó a la pequeña.
Por un instante Rumi casi resbaló.
Mie-yeong la sostuvo inmediatamente.
#1050 en Fanfic
#928 en Ciencia ficción
drama, romance enemiestolove rivalesamantes, cazadoras y demonios
Editado: 01.07.2026