El demonio que Amé

Capitulo 81: La calma que vale la pena proteger

La casa recuperó poco a poco la tranquilidad después de la visita de Céline y Soo-ming. Durante varias horas ambas habían llenado cada rincón con conversaciones, risas y la atención casi excesiva que siempre tenían cuando se trataba de Rumi. Desde que la pequeña había nacido, las dos parecían haber adoptado el papel de tías con una dedicación que a veces resultaba tan conmovedora como agotadora.

Cuando finalmente se marcharon, el silencio regresó poco a poco al hogar.

Mie-yeong observó el reloj de la sala y descubrió que ya eran las seis de la tarde. El tiempo había pasado mucho más rápido de lo que imaginaba. Entre juegos, conversaciones y las constantes ocurrencias de Soo-ming, apenas había notado cómo avanzaba la jornada.

La principal afectada por toda aquella actividad había sido Rumi.

La pequeña llevaba varios minutos profundamente dormida en su mecedora, abrazando uno de sus pequeños peluches con una tranquilidad que pocas veces mostraba cuando estaba despierta.

Mie-yeong sonrió involuntariamente.

—Hoy sí te divertiste, ¿verdad?

La bebé no respondió, por supuesto.

Solamente emitió uno de esos pequeños suspiros que a veces escapaban de sus labios mientras dormía.

Con movimientos cuidadosos, Mie-yeong la levantó entre sus brazos y la llevó hasta su habitación. Después de acomodarla dentro de la cuna y asegurarse de que estuviera cómoda, permaneció algunos segundos observándola.

A pesar de que habían pasado nueve meses desde su nacimiento, todavía le costaba creer que aquella pequeña personita existiera realmente.

Durante mucho tiempo había sentido miedo.

Miedo al embarazo.

Miedo al parto.

Miedo al futuro.

Miedo a las consecuencias.

Y, sin embargo, cada vez que miraba a Rumi sentía que todo aquello había valido la pena.

La pequeña se movió apenas entre las mantas.

Mie-yeong acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja y salió de la habitación en silencio.

Todavía quedaba bastante por ordenar.

La sala parecía haber sido conquistada por un ejército de juguetes infantiles.

Había bloques de colores cerca del sofá, muñecos sobre la alfombra y varios libros ilustrados abiertos sobre la mesa.

Mientras comenzaba a recogerlos, no pudo evitar recordar la expresión de Céline cuando Rumi había conseguido esconder uno de sus juguetes favoritos dentro de su bolso sin que ella se diera cuenta.

Solo pensar en ello hizo que una pequeña sonrisa apareciera en sus labios.

Después de varios minutos terminó de ordenar todo.

El cansancio comenzó a hacerse notar entonces.

No era un cansancio igual al que sentía durante los años de conciertos o combates contra demonios.

Era diferente.

Más constante.

Más silencioso.

Más relacionado con las responsabilidades diarias.

Aun así, no lo cambiaría por nada.

Con un suspiro suave decidió dirigirse a su habitación para descansar un poco mientras Rumi continuaba durmiendo.

Sin embargo, cuando abrió la puerta encontró a Dae-hyung sentado sobre el borde de la cama.

Algo en su postura llamó inmediatamente su atención.

Parecía estar pensando.

Y cuando Dae-hyung pensaba demasiado tiempo en algo, normalmente no era una buena señal.

Mie-yeong cerró la puerta detrás de ella y se acercó despacio.

—¿En qué estás pensando?

Dae-hyung levantó la mirada.

Durante unos segundos permaneció en silencio antes de responder.

—En demasiadas cosas.

—Eso no responde mi pregunta.

—Lo sé.

Mie-yeong cruzó los brazos.

—Entonces responde correctamente.

Por un instante, una pequeña sonrisa apareció en los labios de Dae-hyung.

Después de todos esos años seguía encontrando divertido que fuera una de las pocas personas capaces de hablarle de aquella manera.

Finalmente soltó un suspiro.

—Estoy pensando en los demonios.

La respuesta hizo desaparecer la sonrisa de Mie-yeong.

Ella tomó asiento a su lado.

—¿Qué pasa con ellos?

—Ha pasado demasiado tiempo.

—¿Demasiado tiempo para qué?

—Para que nadie me encuentre.

El silencio llenó la habitación durante algunos segundos.

Dae-hyung observó una parte indefinida de la pared mientras continuaba hablando.

—Gwi-ma no es paciente cuando algo le pertenece.

—Tú nunca le perteneciste.

—Él opina diferente.

Mie-yeong no respondió.

Porque sabía que aquello era cierto.

Gwi-ma siempre había visto a los demonios más fuertes como herramientas.

Y Dae-hyung había sido la más poderosa de todas.

—Tarde o temprano dejará de buscar pistas pequeñas y comenzará a destruir cosas para encontrar respuestas.

—Entonces lo detendremos.

Dae-hyung volvió la cabeza hacia ella.

—Antes era sencillo decir eso.

—¿Y ahora no?

—Ahora tengo algo que proteger.

La respuesta fue inmediata.

Sincera.

Y precisamente por eso golpeó a Mie-yeong con más fuerza.

Durante los años anteriores, Dae-hyung había enfrentado enemigos capaces de destruir ciudades enteras sin mostrar miedo alguno.

Ahora, en cambio, sonaba preocupado.

No por él.

Por ellas.

Mie-yeong bajó ligeramente la mirada.

—Rumi.

—Rumi.

—Y yo.

—Tú también.

Aquella respuesta provocó una pequeña sensación cálida en su pecho.

Dae-hyung continuó hablando después de unos segundos.

—Antes podía pelear sin preocuparme por las consecuencias.

Si destruía una montaña, no importaba.

Si desaparecía durante meses, tampoco importaba.

Si alguien intentaba atacarme, simplemente lo eliminaba.

Ahora no funciona así.

Mie-yeong escuchó atentamente.

Era extraño.

Muy extraño.

Porque el hombre sentado junto a ella era probablemente el ser más poderoso que había conocido jamás.

Y aun así parecía inseguro.

No físicamente.




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