La mañana llegó acompañada por una tranquilidad que pocas veces existía en aquella casa.
Después de la larga madrugada provocada por el llanto de Rumi, el cansancio seguía presente. Sin embargo, el ambiente era distinto. Había algo cálido en aquella rutina que habían construido durante el último año y medio.
La luz del amanecer comenzaba a entrar por las cortinas cuando Mie-yeong abrió lentamente los ojos.
Durante unos segundos permaneció acostada observando el techo.
A su lado, Dae-hyung estaba sentado junto a la ventana.
Como siempre.
Pensando.
Aquello le arrancó una pequeña sonrisa.
Algunas cosas jamás cambiaban.
—¿Has estado despierto toda la noche? —preguntó con voz adormilada.
Dae-hyung desvió apenas la mirada.
—La mayor parte.
—Eso significa que sí.
—No exactamente.
—Dae-hyung.
—¿Sí?
—No eres tan bueno mintiendo.
El demonio soltó una pequeña risa.
—Nunca he tenido necesidad de aprender.
Mie-yeong se incorporó despacio.
—¿Y en qué estabas pensando ahora?
La sonrisa desapareció un poco del rostro de Dae-hyung.
—En muchas cosas.
—Eso no responde nada.
—Lo sé.
Mie-yeong cruzó los brazos.
—Entonces responde bien.
Dae-hyung permaneció unos segundos observando el exterior.
—Estaba pensando en rok-san
La expresión de Mie-yeong se suavizó.
—Otra vez.
—Nunca dejó de buscarme.
—Pero tampoco nos ha encontrado.
—Todavía.
Aquella palabra quedó suspendida entre ambos.
Mie-yeong comprendía perfectamente lo que quería decir.
Durante un año y medio habían vivido relativamente tranquilos.
Pero ambos sabían que aquella paz no duraría para siempre.
—Nos encontrará algún día.
—Sí.
—Y cuando ocurra lo enfrentaremos.
Dae-hyung la observó.
—Lo dices con demasiada facilidad.
—Porque tengo experiencia golpeando demonios.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí sí.
Aquello consiguió que Dae-hyung sonriera.
—Sigues siendo la misma cazadora arrogante de siempre.
—Y tú sigues siendo el mismo demonio problemático.
—Supongo que eso significa que estamos bien.
Mie-yeong iba a responder cuando ambos escucharon un sonido proveniente de la habitación contigua.
Un pequeño golpe.
Luego otro.
Y finalmente varios balbuceos.
Los dos se quedaron en silencio.
—Ya despertó.
—Sí.
—¿Vas tú?
—Ve tú.
—¿Por qué?
—Porque eres su madre.
—Eso no funciona así.
—Para mí sí.
Mie-yeong terminó levantándose.
—Qué conveniente.
—Lo sé.
Cuando salió de la habitación todavía escuchó la pequeña risa de Dae-hyung detrás de ella.
Al llegar a la habitación de Rumi encontró a la pequeña sujetándose de los barrotes de la cuna mientras emitía pequeños sonidos incomprensibles.
—Buenos días, hijita mía.
Rumi levantó inmediatamente la cabeza al escucharla.
Entonces ocurrió.
—Ma...
Mie-yeong se quedó inmóvil.
Parpadeó.
¿Había escuchado bien?
Probablemente no.
Rumi apenas balbuceaba.
Seguramente había sido coincidencia.
Sin embargo, cuando se acercó para cargarla, la pequeña extendió los brazos hacia ella.
—Mamá.
El mundo pareció detenerse.
Mie-yeong abrió los ojos.
—¿Eh?
Rumi volvió a sonreír.
—Mamá.
La emoción la golpeó de lleno.
—¿Qué?
Su voz salió más aguda de lo normal.
—¿Qué?
Rápidamente cargó a Rumi.
—¿Lo dijiste? ¿Lo dijiste de verdad?
La bebé simplemente se rio.
Mie-yeong reaccionó inmediatamente.
—¡Dae-hyung!
La voz resonó por toda la casa.
Segundos después se escucharon pasos acelerados.
La puerta se abrió de golpe.
Dae-hyung apareció preparado para cualquier desastre imaginable.
—¿Qué pasó?
Su mirada recorrió toda la habitación.
Rumi.
Mie-yeong.
La cuna.
La ventana.
Nada parecía fuera de lugar.
—¿Por qué me llamaste así?
Mie-yeong estaba prácticamente brillando de felicidad.
—¡Dijo mamá!
Dae-hyung parpadeó.
—¿Qué?
—¡Dijo mamá!
—¿Y eso es malo?
—¡No!
—Entonces no entiendo por qué gritaste.
Mie-yeong lo observó incrédula.
—Porque es su primera palabra.
—Ah.
—¿Eso es todo?
—¿Debería reaccionar diferente?
Mie-yeong se llevó una mano a la frente.
—Eres imposible.
—Lo sé.
Ella suspiró antes de señalarlo.
—Rumi, mira.
La pequeña giró la cabeza.
—Él es papá.
Dae-hyung observó a la bebé.
—Papá.
Rumi lo miró.
Luego agarró una de las mangas de mie-yeong y permanecio en silencio
Mie-yeong esperó.
Nada entonces otra vez le señalo a dae-hygun y dijo.
—Papá.
Nada.
—Papá.
Silencio absoluto.
Mie-yeong comenzó a sonreír.
—Parece que alguien tiene preferencias.
Dae-hyung levantó una ceja.
—No creo que funcione así.
—Claro que sí.
—Tiene nueve meses.
—Y aun así su primera palabra fue mama.
—Eso es científicamente cuestionable.
—Acepta la derrota.
Por primera vez en mucho tiempo, Dae-hyung sintió que estaban burlándose de él.
—Esto es una conspiración.
Mie-yeong terminó riéndose.
—Claro.
—Ambas están confabuladas.
—Por supuesto.
Rumi respondió con una carcajada.
Aquello provocó que incluso Dae-hyung terminara sonriendo.
El desayuno llegó poco después.
La mesa estaba preparada y Rumi permanecía sentada en su silla especial golpeando una cuchara contra la bandeja.
Mie-yeong todavía seguía sonriendo.
—No puedo creerlo.
—Lo has dicho siete veces.
—Porque dijo mamá.
—Lo sé.
—¿Escuchaste cómo lo dijo?
—No
—Fue perfecto.
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Editado: 01.07.2026