La tarde transcurrió con una tranquilidad poco habitual en aquella casa. Después de varias horas persiguiendo a Rumi para que no se cayera con su pequeño andador, tanto Mie-yeong como Dae-hyung terminaron exhaustos, aunque por motivos muy distintos. Mie-yeong cargaba el cansancio natural de una madre que había pasado el día entero atenta a una niña de nueve meses que descubría el mundo a cada instante. Dae-hyung, en cambio, no se fatigaba físicamente por su naturaleza demoníaca, pero empezaba a entender que cuidar de un bebé requería una atención constante, muy diferente a cualquier batalla del pasado.
Rumi avanzaba torpemente por la sala, sujetándose del andador. Cada paso iba acompañado de pequeños balbuceos de satisfacción que arrancaban sonrisas a sus padres.
—Aa… da…
Dae-hyung permanecía a escasos pasos, listo para sostenerla en cualquier momento.
—No hace falta que estés tan cerca —comentó Mie-yeong con una sonrisa mientras recogía juguetes del suelo—. Si sigues así, nunca aprenderá a mantener el equilibrio sola.
Dae-hyung apenas desvió la mirada.
—Eso dices hasta que se cae.
—Los bebés se caen.
—No mientras yo pueda evitarlo.
Mie-yeong soltó una risa resignada.
—De verdad eres demasiado protector.
—Lo soy —respondió él con naturalidad.
En ese instante, Rumi dio un paso demasiado largo y perdió el equilibrio. Antes de que cayera, Dae-hyung ya estaba frente a ella, sosteniéndola con precisión absoluta. La niña lo miró unos segundos y luego rio.
Mie-yeong negó con la cabeza.
—¿Ves? Sabía que ibas a hacer eso.
—Funcionó.
—Así jamás aprenderá.
—Aprenderá cuando sea seguro.
Ella suspiró, divertida.
—Definitivamente vamos a discutir esto muchas veces.
—Seguramente.
A pesar de su tono sereno, una leve sonrisa apareció en el rostro de Dae-hyung.
Poco después, Mie-yeong miró el reloj. Eran las seis de la tarde, hora de la cena de Rumi. La levantó con cuidado y la acomodó contra su hombro.
—Vamos, pequeña. Es hora de comer.
Rumi apoyó la cabeza en ella.
—Ma…
Mie-yeong sintió una cálida emoción en el pecho y le acarició el cabello.
—Sí, mamá va a darte de comer.
Luego miró a Dae-hyung.
—Voy a preparar su papilla. ¿Puedes vigilarla un momento? Solo terminaré de ordenar su cuarto.
—Claro. No tardes.
Mie-yeong dejó a Rumi en el amplio corral de juegos y se dirigió a la cocina. Mientras trituraba verduras y pollo, sonreía. La vida había cambiado por completo, pero sorprendentemente no extrañaba la anterior tanto como imaginó.
Arriba, Dae-hyung terminaba de ordenar la habitación de Rumi. Observaba la cuna, las mantas dobladas y los peluches alineados. Nunca imaginó que se preocuparía por esos detalles. Durante siglos solo conoció guerra y poder. Ahora acomodaba almohadas porque su hija dormía mejor así.
De pronto, un dolor intenso atravesó su espalda. Las marcas demoníacas ardieron bajo su piel. Su respiración se cortó. Era el llamado. El vínculo con Gwi-Ma.
—No…
Intentó llegar hasta la puerta para avisar a Mie-yeong, pero las marcas brillaron con fuerza rojiza. El dolor se volvió insoportable. Las piernas le fallaron. El espacio a su alrededor se deformó.
—Mie…
La oscuridad lo envolvió por completo.
Abajo, Mie-yeong terminó de preparar la papilla y el biberón. Al regresar a la sala, el corral estaba abierto y Rumi no estaba dentro. El corazón le dio un vuelco.
—¡Rumi!
La encontró avanzando por el pasillo, sosteniéndose de la pared con expresión satisfecha.
Mie-yeong la levantó rápidamente, aliviada, pero la preocupación regresó enseguida.
—Dae-hyung…
Subió las escaleras con la niña en brazos. Al llegar al cuarto de Rumi, lo encontró vacío. Todo estaba ordenado, salvo una manta caída junto a la cuna. Revisó toda la casa, el jardín… nada. Su molestia inicial se convirtió en miedo real.
Mientras tanto, muy lejos de allí, en el reino donde el cielo jamás había conocido la luz, Dae-hyung abrió los ojos frente a las inmensas puertas del palacio de Gwi-Ma.
El aire era sofocante. Caminó directamente hacia el salón principal sin agachar la cabeza. Los guardias lo miraron sorprendidos. Ya no caminaba como un subordinado.
Las puertas se abrieron. Gwi-Ma lo esperaba, envuelto en llamas púrpuras que se elevaban con violencia.
Rok-san sonrió con malicia.
—Así que eras tú… escondido entre humanos durante dos años.
La voz de Gwi-Ma retumbó, calmada y aterradora.
—¿Dos años ocultándote de mí?
Dae-hyung sostuvo su mirada sin vacilar.
—No me interesaba volver.
El salón quedó en silencio. Las llamas de Gwi-Ma crecieron con furia.
—Respóndeme. ¿Dónde estuviste?
—No es asunto tuyo.
El castigo llegó de inmediato. Las marcas ardieron con fuerza brutal, enviando ondas de dolor que atravesaban cada hueso y nervio. Dae-hyung apretó los dientes, pero se mantuvo de pie.
—Curioso… —murmuró Gwi-Ma, inclinando su enorme forma flamígera—. Normalmente ya estarías suplicando.
—Ya no —respondió Dae-hyung con altanería.
El dolor se multiplicó. Miles de agujas invisibles rasgaron su cuerpo desde dentro. Cayó sobre una rodilla, pero se levantó lentamente, respirando con dificultad. En su mente solo estaban Mie-yeong y la sonrisa de Rumi.
Poco a poco liberó su propio poder demoníaco acumulado durante siglos. El aire del salón se deformó. Incluso Rok-san retrocedió.
Gwi-Ma percibió la energía densa y estable.
—Así que esto es lo que escondías.
Dae-hyung desapareció en un instante. Su ataque golpeó directamente la masa de llamas púrpuras del rey. Una grieta se abrió en la forma etérea de Gwi-Ma, dejando escapar una sustancia oscura que se evaporó en humo negro.
El salón quedó en silencio absoluto.
Rok-san murmuró con incredulidad:
—Lo… hirió.
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Editado: 01.07.2026