El desafío a la Valiencilla.

Capítulo único

Nunca, nadie, jamás… olvidará cuando la noria de Valencia se soltó de sus goznes, aterrorizando a cientos de personas.

Técnicos e investigadores siguen preguntándose cómo ha ocurrido, sin éxito. Pero yo, Félix el mendigo, el más apaleado de todos los sintechos de la ciudad, sé lo que pasó. Es más, ¡llevaba casi tres meses advirtiéndolo! Porque sabía que mezclar el 5G con el clickbait, las políticas verdes y las tácticas publicitarias propias de grupos satánicos como los Kiss, Rammstein o Miley Cyrus solo podía traer problemas.

¡Y era de esperar! Nada más ver el anuncio supe que estábamos en problemas:

Nueva Noria “La Valiencilla”, en el espigón de Santa Catalina.
El poder de la naturaleza hecha ingeniería:
Más sólida que el caparazón de una tortuga.
Más precisa que un águila cazando.
Con la agilidad y velocidad del galgo.
Y la resistencia de las rocas que desafían al Mediterráneo.
¡Acuda con su familia, desde hoy, a “La Valiencilla”!

¡No lo vieron! Aunque yo sí.

Aquello era una invitación al caos. Una burda provocación comparable a la que harían los hinchas del Manchester echándole salsa británica a una paella, o un tenista suizo poniéndose unos calzones en la cabeza.

En cuanto salió el anuncio, me instalé con mi carrito de la compra cerca del área de la noria y me preocupé por vigilar los alrededores. Y poco a poco, lo que vi me convenció del peligro que corríamos.

El número de gaviotas en el espigón se disparó. Al principio pensé que se debía a que empezaba la primavera, pero en seguida me di cuenta de que había algo más. Lo normal sería que se mantuvieran alejadas de las personas o, que al menos, se concentraran en el área de la comida. Pero aquel no era el caso.

Las sucias aves, poco más dignas que sus primas las palomas —las ratas del cielo—, sobrevolaban en círculo el enorme artefacto, como si fueran buitres, mientras el resto se diseminaba a lo largo de las barandillas, graznándose en su oscuro idioma.

Y aquello, no era normal.

Consciente de ello, recorrí el perímetro del espigón intentando ahuyentar a las viles aves sin éxito. Y cuanto más las perseguía u observaba, más me convencía de que había un patrón.

Pasaba igual con los gatos. Donde hay mar hay pescado, y donde hay pescado, no demasiado lejos, hay gatos. Los felinos tenían la oportunidad día y noche de atrapar a alguna de las gaviotas. Sin embargo, no lo hacían.

En cambio, los veía en grupos subversivos reunidos en aquellos puntos que la gente normal —no como yo— solía ignorar: detrás del puesto de buñuelos; al lado de la máquina del gancho pasada la hora de los niños y los adolescentes. Y sobre todo, por lo que pude constatar a partir de la segunda semana, al lado del puesto de tickets de la noria.

Porque no eran imaginaciones mías. El anuncio, como bien sabía que pasaría, había provocado y enfurecido a los distintos animales de la zona. Y después del primer mes vigilándolos de cerca, casi los podía entender cuando conferenciaban: “esto es un ultraje”, “tenemos que vengarnos” o, la amenaza que me dio escalofríos: “tenemos que echar abajo este insulto rodante”.

Debía redoblar mis esfuerzos. Especialmente cuando veía a los gatos desperdigarse en todas direcciones tras cada reunión. Fue después de una de estas que vi uno de los felinos quedarse a solas, mirando al horizonte, como si estuviera preparándose para afrontar una gran decisión.

La tensión que traslucía la musculosa figura en contraste con el sol poniente me puso los pelos de punta. Y cuando esta se encaminó hacia el nacimiento del espigón y descendió a la playa, no pude hacer nada excepto ir tras ella, azuzado por la urgente providencia que me había dado la oportunidad de seguir a aquel líder —ya que no podía ser otra cosa… a menos que fuera quien sacara el bigote más corto, nunca se sabe—, que se adentró por las piedras del rompeolas, hasta que se detuvo.

Debido a la oscuridad y a lo escabroso del terreno, no pude ver bien lo que hacía, pero me recordaba a cuando el gato de mi madre encontraba una cucaracha o algún animalillo y, sin decidirse a matarlo o jugar con él, lo tanteaba con las patas.

El emisario estuvo de esta guisa unos cinco o seis minutos, y se fue.

Yo, decidido a descubrir lo que estaba ocurriendo, me acerqué hasta el punto que había ocupado el gato, mas no vi nada. Solo múltiples huellas picudas en la arena, que desaparecían debido a las piedras.

La imagen, sumada a todo lo que ya sabía, se grabó en mi mente impidiéndome dormir la semana entera. ¿Qué había hecho el gato? ¿Acaso habló con alguien? No fue hasta un tiempo después que no obtuve mis respuestas, pero como suele ocurrir en las grandes investigaciones, estas me llegaron de forma casual y debido a un golpe de mi genio. Una deducción colateral digna de series como House, Lucifer o La casa de la pradera.

Pero ahora llegaremos a eso.

Durante los días que siguieron, la verdad —debo admitirlo—, es que supieron hacerlo bien: las gaviotas eran cada vez más discretas e incluso los gatos dejaron de reunirse tan a menudo. Pero esto no hizo sino levantar mis sospechas… Ya fuera por falta de recursos o porque ya probaron todo lo que se les había ocurrido, la naturaleza de la venganza es la que es: una de aquellas criaturas sería seguramente la más enconada, la más vengativa y la más rabiosa.




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