El Desafío de las tres Lunas

Siete Años Atrás: Las Cenizas de la Promesa.

Presente: La Mentira Perfetta.

Anastasia entró al salón principal, donde Ethan todavía estaba revisando las cifras. La sonrisa que le dedicó era idéntica a la que usaba con los clientes difíciles: profesional, ligeramente distante y sin una sola pizca de verdad.

—¿Todo resuelto?—preguntó Ethan, sin levantar la vista.

—Todo resuelto—confirmó Anastasia, acercándose al soporte de mármol y bebiendo la copa de champán que había dejado a medias. Estaba fría, pero no lo suficiente para calmar el calor que Liam había dejado en su piel. —El señor St. Clair es un hombre… exigente.

—Un comprador nuevo y agresivo, entonces. ¿Qué quería de la pieza rusa?

—Me ofreció una suma ridícula. Le expliqué, muy amablemente, que el arte no está a la venta solo por el dinero, que se trata de curaduría. No creo que vuelva a molestarnos.

Era una mentira tan pulcra y bien construida como la vida que había fabricado. Ethan asintió, satisfecho.

—Bien por ti. Te quedaste firme. Es lo que amo de ti, Ana. Tu control.

El cumplido se sintió como una puñalada. Liam la había llamado "cobarde" por ese mismo control.

Mientras Ethan continuaba hablando de la logística del envío del Monet, la mente de Anastasia se deslizó, sin permiso, a la única época de su vida en la que no había tenido control.

Siete Años Atrás: La Ciudad de los Sueños Rotos

2018. Londres. Anastasia Vance era una estudiante de Historia del Arte de veintidós años en la Royal Academy, y Liam St. Clair era la definición de lo que su madre llamaba "mala elección con buen linaje".

Liam no estudiaba; dirigía un fondo de inversión que se había hecho con una fortuna basada en algoritmos, y lo dilapidaba con el mismo ímpetu con el que lo ganaba. Tenía la belleza de un dios griego arruinado y el alma de un pirata.

Se conocieron en una subasta benéfica. Ella, una becada nerviosa en un vestido prestado. Él, el donante anónimo que acababa de comprar la mitad de la colección.

—Eres la única persona aquí que no está fascinada por el dinero—le dijo Liam, acorralándola contra una columna. —Estás fascinada por el arte.

—Estoy fascinada por el engaño—replicó ella, mirándolo a los ojos, azules como el hielo derretido. —Ese es un Renoir falsificado, por cierto. Muy bueno, pero el barniz tiene cinco años.

Liam se rio, y fue el sonido más embriagador que jamás había escuchado.

—Me encantan las mujeres con ojo para la verdad, Anastasia.

A partir de esa noche, fue una combustión lenta y brutal. Liam le enseñó el lado oscuro y fascinante del mundo del arte: las galerías clandestinas, los coleccionistas corruptos, las fiestas que terminaban al amanecer en jacuzzis de ático. Ella le enseñó la belleza de las pinceladas, la paciencia de la curaduría, la forma en que una obra de arte podía contar una historia.

Eran un desastre funcional. Liam era volátil, sus celos eran furiosos, y sus peleas, épicas. Pero en la intimidad de su loft en Shoreditch, había una comprensión que nadie más compartía.

Una noche, después de una de sus reconciliaciones más apasionadas, se quedaron sin aliento bajo las sábanas de seda. Anastasia deslizó su mano sobre la espalda tatuada de Liam.

—Te amo—le había susurrado, la primera vez que lo decía.

Él había tardado una eternidad en responder, su mirada cargada de oscuridad.

—Me estás confundiendo con un hombre que puede amar.

—No. Te estoy confundiendo con el hombre que me mira así.

Liam se levantó, sin camisa, envuelto en sombras. Caminó hacia la ventana, mirando la ciudad.

—Mira, Ana. Me quieren. Me adoran. Por mi dinero, por mi apellido, por mi juego. Pero tú me necesitas. Necesitas mi caos para recordarte que estás viva. Y yo necesito esa necesidad. No es amor. Es supervivencia mutua.

Y ella lo creyó. Aceptó la definición.

El clímax y la traición llegaron seis meses después. Anastasia había estado trabajando incansablemente en su proyecto de tesis: la autentificación de una rara colección de bocetos del Renacimiento. Necesitaba acceso a un archivo privado y costoso. Liam, con su habitual arrogancia, le había conseguido el acceso, diciendo que era un "regalo".

Un mes antes de la entrega, los bocetos fueron robados. El escándalo fue mediático. La policía acudió a la universidad. Y la única persona que tenía acceso al archivo, además del personal de seguridad, era Anastasia. La evidencia circunstancial era abrumadora.

En pánico, fue directamente al loft de Liam, buscando refugio.

—¡Liam! Están culpándome. Necesitas decirles que tú me diste las claves. Que es tu archivo.

Liam estaba en su escritorio, terminando una llamada. Colgó lentamente, sus ojos fríos.

—¿Te culpan? ¿De qué, Ana?

—De robar los bocetos.

Él se cruzó de brazos, una expresión de calculada inocencia.

—Yo no robé nada.

—¡Claro que no! Pero puedes testificar que...



#1091 en Thriller
#401 en Suspenso

En el texto hay: suspensepsicológico

Editado: 25.11.2025

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.