El Desafío de las tres Lunas

Las Grietas en la Armadura.

Mañana en Park Avenue

La mañana en el ático de Park Avenue olía a café de Etiopía y a papel encerado. Era un aroma a orden, a seguridad, el perfume de la vida que Anastasia había elegido. Sin embargo, ella se movía por la cocina impoluta con una inquietud inusual.

Estaba revisando obsesivamente los menús para la cena de compromiso de esa semana, un ejercicio de control que normalmente la calmaba. Hoy, era un intento desesperado de acallar el eco de la voz de Liam. Necesitas este caos.

Ethan entró, ya vestido con un traje de corte impecable, y se acercó a ella por detrás, envolviéndola en un abrazo cómodo y rutinario. La besó en la sien.

—Buenos días, mi estratega.

—Buenos días—respondió Anastasia, forzando una sonrisa. Fue un error. Su cuerpo se tensó imperceptiblemente, una reacción que no podía controlar. El contacto físico la hizo recordar, vívidamente, el roce de Liam en su cuello.

Ethan se separó, sus manos se posaron en sus hombros, y la hizo girar suavemente. Su mirada era analítica, el mismo escrutinio que aplicaba a un balance de cuentas.

—Estás a millas de aquí, Ana. Anoche lo noté en la galería, y lo noto ahora. ¿Qué pasó con ese tal St. Clair?

Anastasia se encogió de hombros, volviendo a mirar los menús. —Ya te lo dije. Agresivo, insistente. Me sacó de quicio con su prepotencia. Es el tipo de persona que cree que puede comprar lo que quiera.

—Eso lo sé, es un rasgo común en ese círculo. Pero tú nunca dejas que nadie te saque de quicio. Estás demasiado curtida para eso.

Ethan tomó una taza de café, pero no bebió.

—No sé, cariño. Parecía que habías visto un fantasma. Te fuiste tan pronto como él se fue. ¿Hubo alguna historia previa que deba saber? ¿Algún antiguo competidor?

La pregunta era directa, pero el tono era suave. Ethan le estaba dando una salida, una oportunidad de contar una verdad parcial que pudiera proteger su futuro.

—No seas dramático, Ethan—su risa sonó demasiado aguda, incluso para sus propios oídos. —Simplemente me recordó a un socio de Londres con el que tuve problemas hace años, justo antes de venir a Nueva York. Un asunto de patentes y una deslealtad profesional. Nada que deba preocuparte. Es un fantasma profesional.

—¿Deslealtad?

—Sí. Me usó para conseguir información sobre una colección. Me enseñó que no todo el mundo es tan íntegro como creía. Por eso aprecio tanto tu decencia. Y es por eso que quiero que ese hombre lejos de nuestra galería.

Ella se acercó a él, poniendo sus manos en su pecho. Necesitaba reducir la distancia, reestablecer la intimidad que Liam había fracturado.

—Prométeme que si vuelve a aparecer, te lo quitarás de encima. No quiero su sombra en nuestra boda.

Ethan sonrió, pero su expresión seguía siendo ligeramente tensa. —Por supuesto, Ana. Lo haré. Pero prométeme que dejarás de cargar con el peso de esos viejos fantasmas. Estamos juntos en esto. Confía en mí.

—Confío en ti más que en nadie—dijo ella, y esa era la única verdad absoluta que quedaba. Su matrimonio con Ethan era su escudo contra el caos.

La Trampa se Cierra.

El resto de la mañana transcurrió en una paz superficial. Anastasia trabajó en su oficina con la puerta cerrada, intentando enfocar su mente en la fusión de las dos galerías. A mediodía, su asistente personal llamó a la línea privada.

—Señora Blackwood, ha llegado una entrega especial. Un mensajero con guantes blancos de la firma 'St. Clair & Associates'. Es un portafolio de piel italiana. ¿Lo recibo o lo rechazo?

El estómago de Anastasia se revolvió. Liam no perdería el tiempo. Ya había declarado la guerra, y este era su primer movimiento. No podía rechazarlo. Rechazar un documento oficial en el mundo corporativo de Ethan sería admitir un conflicto personal.

—Recíbelo. Y mándalo inmediatamente a mi escritorio. No comentes nada con el señor Blackwood. Es un asunto contractual que debo revisar antes.

Cinco minutos después, el portafolio de piel reposaba sobre el caoba. Era tan sobrio y caro como Liam. Dentro, Anastasia encontró un solo documento.

No era un contrato. Era una carta breve y concisa, impresa en papel con membrete de la empresa de inversión de Liam, 'St. Clair & Associates'.

Decía:

Anastasia,

Adjunto encuentras la Propuesta de Negocio N.º 72-B. Es un acuerdo de consultoría exclusivo con tu firma. La duración es de seis meses. El proyecto requiere tu presencia diaria y directa en mi sede. Es un trato que tu socio, Ethan Blackwood, no podrá rechazar. La cláusula de confidencialidad es de hierro.

Léela con calma. El trato es lo suficientemente grande como para pagar tu estabilidad, pero lo suficientemente íntimo como para que sientas mi aliento en tu cuello. No te atrevas a destruirlo antes de hablar conmigo. Te llamo a las siete en punto.

El juego ha comenzado.

L.

Junto a la carta, había un documento mucho más grueso. El borrador de un acuerdo de financiación para la fusión de la Galería Blackwood con un fondo de inversión que proporcionaba una liquidez sin precedentes. Era una suma astronómica, la clase de trato que eliminaría la deuda, triplicaría el valor de la empresa y solidificaría el ascenso de Ethan a la élite de los negocios. Financieramente, era un milagro.



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En el texto hay: suspensepsicológico

Editado: 25.11.2025

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