El Desafío de las tres Lunas

El Primer Día en el Imperio.

La Preparación.

Anastasia había pasado la noche en vela. Había aceptado la propuesta de Liam por teléfono, una conversación breve y glacial que solo sirvió para fijar los términos: ella empezaba el lunes a las nueve, y su rol era la "Dirección de Estrategia de Activos Tangibles". El nombre era pretencioso. El propósito era obvio: ser su juguete profesional.

Le había mentido a Ethan, por supuesto. Una mentira suave, envuelta en papel de regalo corporativo.

—Es una consultoría gigantesca, cariño—le había explicado, la noche del domingo, mientras él revisaba el acuerdo. —Una inyección de liquidez que nos salvará del endeudamiento durante la fusión. Es St. Clair & Associates, un fondo de inversión enorme. Es un sacrificio de tiempo, pero es por nosotros.

—¿Y por qué te quieren a ti específicamente?—había preguntado Ethan, su ceño fruncido.

—Experiencia en curaduría. Quieren diversificar sus activos y necesitan un experto que les diga qué arte vale la pena y qué es solo especulación. Mi nombre es oro en ese nicho. Es un halago profesional, aunque tenga que tratar con gente tan irritante.

Ethan, cegado por la visión de la estabilidad financiera, había tragado el anzuelo, aunque con cautela. —Seis meses. Solo seis meses, Ana. Y quiero que me informes de todo.

—De todo—había prometido ella, sabiendo que la palabra "todo" excluía a Liam St. Clair, su pasado, y el ardiente juego que acababa de empezar.

St. Clair & Associates.

El edificio de St. Clair & Associates era un monolito de acero y vidrio en el centro de Manhattan, un contraste brutal con la elegancia contenida de la Galería Blackwood. Era un templo al dinero sin alma.

A las 8:55 a.m., Anastasia entró con un traje de pantalón gris de corte impecable, una armadura profesional. Se había recogido el cabello en una cola de caballo baja, exponiendo su cuello. Era un desafío silencioso.

La recepción era futurista, deshumanizada. Una mujer alta y rubia, con una eficiencia robótica, la condujo a su "oficina".

No era una oficina. Era un cubículo de cristal insonorizado que daba directamente al bullpen donde los analistas de Liam trabajaban febrilmente. La vista, sin embargo, era espectacular: daba directamente a la oficina de la esquina, el santuario de cristal de Liam.

—El señor St. Clair le ha asignado el cubículo 3-A, aquí es donde trabajará con los informes de valoración. El café expreso es ilimitado. Su horario es flexible, pero él espera resultados inmediatos.

—Gracias—dijo Anastasia, sintiéndose humillada. Ella dirigía una galería; no trabajaba en un cubículo con luz fluorescente.

Antes de que pudiera sentarse, la voz de Liam resonó a través del sistema de intercomunicación:

Señora Blackwood, a mi despacho. Ahora.

Ella recogió su portafolio y caminó los veinte metros que la separaban del despacho del director. Cada paso se sentía como una caída libre.

El Despacho del Tirano.

El despacho de Liam era enorme y minimalista, una declaración de poder. No había arte. Solo una pared de vidrio, una mesa de metal y un ordenador con seis monitores. Y Liam.

Estaba de pie junto al ventanal, su espalda hacia ella, hablando por teléfono en un idioma que Anastasia no reconoció (probablemente ruso o mandarín, los idiomas de la alta financiación). Llevaba una camisa negra que se ajustaba a su torso con una comodidad peligrosa y un reloj que valía más que el alquiler de su apartamento anterior en Londres.

Colgó sin mirar.

—Cierra la puerta—ordenó, y la frialdad de su voz no era actuación. Era el CEO, el tirano.

Anastasia cerró la puerta de cristal, sintiendo cómo el mundo exterior desaparecía.

—Buenos días, St. Clair—dijo, usando su apellido, estableciendo la formalidad.

Liam se giró, su mirada la recorrió lentamente, sin malicia, pero con una posesividad que la dejó sin aliento. La misma belleza arruinada, pero ahora templada por siete años de un éxito rapaz.

—Buenos días, Anastasia—él, en cambio, usó su nombre de pila. El íntimo. —Me gusta la cola de caballo. Es muy "chica seria que intenta olvidar su pasado".

—Estoy aquí para trabajar—dijo ella, ignorando el dardo. —Leí el acuerdo. Es una locura financiera, pero entiendo el valor para la fusión.

Liam se acercó a su mesa y deslizó un dossier sobre la superficie de metal.

—Tu primer proyecto. Es una colección privada. Se llama "Los Restos de Leda". Quiero una valoración de impacto en el mercado global, y un análisis de procedencia. Si hay alguna pieza robada, vendida ilegalmente o falsificada, quiero saberlo.

Ella frunció el ceño. —¿Me has contratado para ser tu asesora de cumplimiento?

—Te he contratado, Ana, porque eres la mejor. Y lo que más me gusta es que eres la única persona en Nueva York que puede oler mi mierda a una milla de distancia. Si alguien me está vendiendo un fraude, tú lo detectarás. Y también me lo dirás.

Se inclinó sobre la mesa, poniendo sus manos planas, atrapándola en su mirada.



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En el texto hay: suspensepsicológico

Editado: 25.11.2025

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