El Desafío de las tres Lunas

La Grieta en el Hogar.

El Regreso Tarde.

El viaje de vuelta al townhouse de Brooklyn fue un borrón. Anastasia apenas recordaba haber llamado al taxi. El aire frío de la noche de Manhattan se sentía como una limpieza, pero el fantasma del whisky, el humo del puro y, sobre todo, la presencia opresiva de Liam St. Clair, seguían aferrados a su piel.

Había trazado un plan con él. Un plan audaz, peligroso y al borde de la legalidad, que implicaba exponer al barón Vane con la evidencia del saqueo y usar la amenaza de escándalo para renegociar el precio de la colección completa, salvando las piezas legítimas y asegurando los fondos para la fusión.

Liam había sonreído, un gesto de puro triunfo. "Ahora sí que estás jugando a mi nivel, Ana. Bienvenida de nuevo."

Cuando llegó a casa, eran las 2:30 a.m. La luz del salón seguía encendida.

Ethan estaba sentado en el sofá de terciopelo, con la laptop cerrada sobre sus rodillas y una copa de vino a medio terminar en la mesita. No estaba enfadado, sino preocupado, y esa preocupación era peor que la ira.

—Ana. Me tenías preocupado.

—Lo siento, cariño. El trabajo. Tenía que revisar el dossier de los Restos de Leda, es mucho más complicado de lo que parecía. Había... inconsistencias.

Se quitó el abrigo y lo colgó con un movimiento brusco. Su cuerpo estaba rígido, el cansancio mental superando al físico.

—¿Inconsistencias que te obligan a quedarte hasta las dos y media de la mañana en una oficina fría con el hombre que te odia?

El tono de Ethan era tranquilo, pero la pregunta era un bisturí.

—Liam St. Clair no me odia, Ethan. Me está humillando. Es diferente. Y la inconsistencia era grande. Si la hubiéramos ignorado, habría puesto en peligro toda la fusión. Estaba limpiando su desorden.

Anastasia fue a la cocina, sin esperar una respuesta, y se sirvió un vaso de agua helada, bebiéndolo de golpe. Necesitaba distancia. Necesitaba que él no la tocara. Si la tocaba, se desmoronaría y la verdad saldría.

Ethan la siguió hasta la encimera. Su expresión se suavizó.

—Ana, sé que lo odias, y sé que esto es importante para la galería. Pero estás exhausta. Has estado así desde que pusiste un pie en esa oficina. Pareces una prisionera.

—Soy una consultora, Ethan. Y los consultores trabajamos las horas que se necesiten.

—No. Pareces algo más. Pareces... asustada. ¿Qué te ha dicho? ¿Te ha amenazado? ¿Te ha hecho sentir incómoda?

La pregunta era tan directa que Anastasia tuvo que apoyarse en la encimera para no tambalearse. No podía decirle que no era una amenaza, sino un pacto. No podía decirle que habían estado juntos en la oscuridad, compartiendo un secreto y un plan que reescribía las reglas de su guerra.

—Es un juego de poder, Ethan—repitió la mentira que había perfeccionado para Clara. —Me tiene en un cubículo de cristal. Me ve todo el día. Es un recordatorio de que él es el que tiene el control de nuestro futuro. Es un acoso profesional sutil.

Ethan tomó sus manos, que estaban frías a pesar del calor del apartamento.

—Entonces renuncia—dijo él, con una resolución repentina. —Joder con el riesgo de la penalización. Encuentra un inversor que la pague. Hay otros caminos. No quiero que este hombre te destroce. No vale la pena, Ana. No por ese dinero.

—¿Y la galería, Ethan? ¿Y nuestro sueño? Hemos llegado demasiado lejos para dejar que su estúpido juego nos obligue a la bancarrota. No le daré ese gusto. Yo soy la que lo va a derrotar. Le demostraré que soy mejor en su propio juego.

Su voz se alzó con una fiereza que no sentía. Era una actuación para convencerlo a él, pero sobre todo, para convencerse a sí misma.

Ethan la miró con una mezcla de admiración y honda preocupación. Él veía la guerrera, pero también veía la herida que se había infligido al volver a estar cerca de Liam.

—De acuerdo. Tienes seis meses. Pero prométeme algo. Prométeme que no dejarás que St. Clair te consuma. No solo el trabajo, Ana. A ti.

Anastasia se lanzó a sus brazos, abrazándolo con una desesperación que ocultaba la verdad. Era la forma más fácil de terminar la conversación. Ella le prometió lo que él quería oír. Él, aliviado, la abrazó con fuerza.

Pero mientras se abrazaban, Anastasia sintió la grieta formándose entre ellos, una línea fina e invisible. La intimidad forzada con Liam en su oficina a medianoche había creado un secreto que ahora vivía entre ella y su marido.

Consecuencias.

A la mañana siguiente, la primera llamada de Anastasia fue a Liam St. Clair. Hablaron brevemente, sus voces secas y profesionales, ajustando los términos de su estrategia. Lo que había sido una confrontación íntima se había convertido rápidamente en una alianza peligrosa.

Cuando colgó, Ethan la miró desde la isla de la cocina, donde leía el periódico.

—¿Problemas resueltos?

—No—respondió Anastasia, recogiendo sus llaves y su bolso. —Solo hemos empezado.

Salió a enfrentar el día, sabiendo que cada paso que daba en la oficina de St. Clair la alejaba un poco más de su hogar.



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En el texto hay: suspensepsicológico

Editado: 25.11.2025

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