La Cita Engañosa.
La Sociedad de Amigos del Museo Británico celebraba su gala anual en un salón de mármol y pan de oro. Anastasia se sentía ridícula en su vestido de seda negro, una pieza que gritaba "Directora de Arte" y que había sido un préstamo urgente de la boutique de una clienta. No era su estilo, pero encajaba perfectamente en el escenario que Liam había preparado.
Su misión era clara: plantar la semilla de la duda en la mente del Barón Vane.
Buscó a Liam y lo encontró en un balcón interior, ligeramente apartado. Estaba impecable, observando el salón con la paciencia de un halcón. Sus ojos se encontraron, y él le hizo un gesto casi imperceptible, indicando la mesa principal donde el Barón Vane estaba sentado, un hombre de mediana edad con un halo de falso prestigio y una sonrisa demasiado grande.
—Recuerda el guion, Dubois—había dicho Liam antes de que ella saliera del coche. —No eres una amenaza. Eres una admiradora. Eres la experta en arte que admira su gusto. Y lo que admires debe ser su colección personal de "Los Restos de Leda", las estatuillas de bronce. Pregúntale por la inconsistencia de los números de inventario. No le sugieras que está evadiendo impuestos, hazle creer que él es una víctima de un fraude de valoración.
Anastasia se acercó a la mesa, sintiendo el peso de la mirada de Liam sobre su espalda como si fuera una mano física que la empujaba. Saludó a la anfitriona y, con una sonrisa sincera que le costó mucho evocar, se dirigió al Barón.
—Barón Vane, es un honor. Soy Anastasia Dubois, de la Galería Blackwood. Tuvimos el placer de asistir a su subasta de Molnár.
El Barón la recibió con un asentimiento pomposo. —Ah, la joven que se enfrentó a Liam St. Clair. Una hazaña audaz, señorita Dubois. Aunque sé que pagaron de más por esa obra menor.
—Puede ser, Barón. Pero el arte es subjetivo—respondió ella con ligereza. —Sin embargo, no fue por Molnár que me atreví a presentarme. Es por su colección privada. Mi obsesión, si puedo ser tan atrevida.
Anastasia se inclinó ligeramente. —He estado inmersa en los catálogos antiguos de su familia... las piezas romanas. En particular, la serie "Los Restos de Leda". Son sublimes, Barón. Pero me he encontrado con una pequeña curiosidad que me gustaría discutir con un experto como usted.
El Barón, inflado por la adulación, picó el anzuelo. —¿Ah, sí? ¿Qué curiosidad?
—La valoración de las estatuillas, específicamente la de Leda y el Cisne. Su número de inventario parece ser anterior a la fecha de adquisición declarada en la escritura. Como usted sabe, en las colecciones privadas, esto a menudo sucede cuando un miembro de la familia utiliza un método de valoración de impuestos diferente para una pieza antigua. Es una práctica común y totalmente legal, pero genera un lío administrativo terrible.
Anastasia detuvo su respiración. Había usado las palabras clave: número de inventario inconsistente y valoración de impuestos diferente.
El Barón Vane palideció ligeramente, pero rápidamente se recompuso con una risa forzada.
—Un "lío administrativo", ¿dice? Oh, mi contable es un desastre, señorita Dubois. Lo comprobaré, por supuesto. Es imposible que haya una discrepancia de inventario. Mi familia es... escrupulosa.
—Por supuesto que lo es—se apresuró a decir Anastasia, asumiendo una expresión de preocupación. —Solo pensé en comentárselo, porque si esa valoración antigua no se actualiza correctamente antes de la fusión, St. Clair Global podría poner en duda todo su historial fiscal, y eso es una pesadilla para cualquiera. Le sugiero que revise la procedencia y el inventario de todas las "Leda" antes de que el equipo de diligencia de St. Clair ponga sus manos en ellas.
Le había dado la orden de Liam: Revisa tu fraude, o Liam lo encontrará.
El Barón estaba visiblemente inquieto, su falsa sonrisa tensa. —Gracias por el aviso, señorita Dubois. Muy... profesional.
Con el corazón latiéndole a mil por hora, Anastasia se excusó con una copa vacía y se dirigió a una zona tranquila. Se apoyó en la pared, sintiendo el agotamiento.
En ese momento, Liam apareció a su lado. No la tocó, pero su cercanía era abrumadora.
—Perfecto—susurró, su aliento rozando su oído. —Le diste la orden y el miedo. Vane intentará encubrir la valoración con un experto externo, lo que confirmará el patrón de fraude. Acaba de cavar su propia tumba.
—Es repugnante—dijo Anastasia, sin aliento. —Lo estoy destruyendo. Y lo estoy haciendo por ti.
Liam la miró fijamente. Sus ojos oscuros eran una promesa de peligro.
—Lo estás haciendo por Blackwood. Y porque te divierte, Ana. Lo vi en tus ojos cuando le mentías. Ahora, ¿qué me dices de mi oferta de trabajo? ¿Volverás a esa galería de idealistas o te quedarás a jugar conmigo?
Liam se alejó sin esperar la respuesta, dejándola con el sobre de la oferta de ocho cifras que ahora sentía más pesado que su propia conciencia.