Jaylynn
El fuego está por todas partes, rompo la madera quemada con la espada para llegar hasta donde los gritos se escuchan, hasta la habitación. La tormenta amenaza con comenzar, pero no puede terminar con mi curiosidad.
Dave grita desde la red de jarcias casi quemada, me dice que salga del camarote principal. ¿Cómo hacerlo? Este barco es fascinante.
Desde que comenzamos la nueva tarea de hallar todo tipo de joyas invaluables, es difícil distraerse. Este lugar solía pertenecer a un hombre. Tenían a un capitán.
—El galeón de las estrellas… —dice una voz ahogada, y después de buscar por todas partes, lo encuentro.
Me aclaro la voz, trato de hallarle sentido a sus lamentos crueles. Se merece un final igual de cruel. Aedan Lukesadir.
A mi capitán le alegrará saber que después de todo, sí me fue posible encontrarlo. Un joven de más o menos mi edad. Pero mucho más crédulo que yo.
Razón por la que lo dejaron al frente del negocio familiar. Las familias dejan a sus hijos más idiotas al frente con la esperanza de que cambien. Deberían leer la frase dos veces y convencerse.
—No sé de qué hablas —digo con cautela, haciéndome sitio en una silla, la única que parece no estar quemada todavía igual que el tocador—. Pero se escucha interesante.
Juego con la espada hasta que nuestras miradas se encuentran y sonrío al ver terror en la suya. Una madera le impide levantarse, apenas alza la vista para verme. Todo arde en llamas en esta habitación.
—Tú... —empieza, arañando la madera para acercarse a mí. No puede. Un tablón lo atrapa lo necesario—. Me engañaste…
—No —replico, inclinándome en la silla con media sonrisa—. Tú le pediste a mi capitán unos días, ¿te acuerdas? En El canto del mar y la sirena, somos fieles a nuestra palabra. Que pensaras que tenías un trato especial…
—¡Eres una sirena! —grita, y el estruendo de la tormenta fuera lo acompaña—. Así has engañado a todos hasta ahora, por eso Nerván te permite estar en su tripulación…
—¿Una… sirena? —digo, paseándome por la habitación ahora.
La perspectiva de reír es tentadora, pero necesito que me cuente un par de cosas antes de marcharme. El calor es intenso para cuando me planteo lo siguiente que haga.
—Sabes que el capitán busca ese miserable anillo, Aedan. Pero ahora no es la prioridad. Todos saben que una tripulación grande, va a lo grande.
Golpea el piso con un puño, colérico.
—¡No te ayudaré!
—No te estoy pidiendo que me ayudes —replico, pisándole el antebrazo con la bota cuando intenta alcanzarme—. Y no se me olvida que tú estuviste de acuerdo con Dexter y sus planes en Poregrath. Tal vez eres la mascota del rey, pero en el mar, yo soy la reina... Y tú me eres inservible.
—De serlo me matarías —jadea, tratando de liberarse. Patético.
—No. Sólo me divierto. Claro que, hay oportunidad para ti.
Todos saben qué es lo que ha estado inquietando a mi capitán desde hace un año entero. Lo único que nos impide ir por el mar sin tanta inseguridad.
Dejo de enterrarle el tacón sólo para situarme a su lado. Debe temer incluso mi voz, porque al comenzar cierra los ojos.
—¿Quién estuvo ahí, Aedan? —mi voz es calmada, letal—. ¿Quién secundó el ataque a mi barco? Porque Dastan… no es tan bueno planeando ese tipo de cosas.
—No… ¡No lo sé!
Un comerciante tan arrogante… reducido por el pánico. Está a punto de traicionarlos, es ese tipo de personas. Me da lástima.
—Vaya… —murmuro, tocando con la espada otra madera cerca de él. Estoy a punto de empujarla cuando grita mi nombre.
—Dexter… él no sabe de Dastan —dice, tan rápido que me cuesta entenderlo. Es patético—. Trabajan separados, no se… no se toleran…
—¡¿En qué me sirve eso?!
—Si me ayudas… si me sacas de aquí…
—No. No intentes negociar conmigo —le acerco la espada a la cara sin miramientos—. Vas a responderme porque lo harás, y no tienes otra opción. Le robaste a mi barco una inversión destinada a comercio, no era parte de nuestras ganancias por tu patético negocio de licores. Bueno. Es tiempo de que pagues.
—¡No, Jaylynn!
—¡Respóndeme!
—Es… Ella… Ella…
Cuando decido que es inútil, estoy a punto de dejar la habitación, pero no son sus gritos suplicantes los que me hacen volverme. Un destello bajo la cama.
Meto la espada lo necesario para sacarlo y cuando lo veo comienzo a sonreír.
Parece que lo que me hacía falta lo he tenido cerca todo este tiempo y pronto el resto lo sabrá.
Tomo el collar entre las manos, y pronto salgo del camarote. El resto del barco está en llamas, el resto va de regreso al nuestro.
Me tomo el tiempo de cortar las sogas que atan los botes pequeños a este. Que no tengan escapatoria, les devuelvo lo mismo que ellos querían para nosotros al tratar de dejarnos en quiebra.
Ya habrán sacado de aquí lo que nos correspondía apenas abordamos sin invitación. No me cabe duda.
Subo por la red al lado de Dave, quien me dice que todos han dejado este lugar. Medí bastante bien el tiempo.
Guardo el collar en la bolsa del abrigo, y antes de pensarlo mucho, tomo la soga del mástil más largo y la uso igual que la última vez durante la tormenta. Dave hace lo mismo que yo, y ambos caemos rodando en la cubierta tan conocida en la que hemos estado durante años.
El barco en llamas está frente a nosotros, y pronto sé que se hundirá. La lluvia parece no tardar, pero hemos pasado tanto tiempo por aquí que sería difícil no saber que el clima es engañoso.
Las nubes se expanden y oscurecen el cielo. Sin embargo, pronto las cosas serán distintas para mi tripulación. Mucho más que antes.