El deseo que pedimos al mar #2

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Hartley

Entre las sombras de Poregrath, no hay otro bosque más extraño que este. O es lo que tuve que repetir antes de irnos del barco para que el resto entrenara lo suficiente.

Las cinco personas a mi espalda se han mantenido en su sitio desde que llegamos, y aunque todos montamos un caballo, no podríamos estar seguros de escapar a tiempo de ser necesario. La casa que busco se ve, en medio del bosque, más allá del lago oscuro a estas horas.

No estoy tan seguro de que sea la mejor idea, pero debería funcionar.

Hago una señal a los hombres detrás de mí, y quienes me flanquean agitan las riendas para rodear la casa a mi vez.

La fachada es rara incluso para quienes la poseen. Si quisiera esconderme junto con mi fortuna, no elegiría una casa extravagante, ni mucho menos una que prometa un interior opulento. Todo eso en este reino, que, si bien ha tenido mejoras durante los últimos años, no creo que exista un comerciante que pueda permitirse una vida tan cómoda a las afueras del pueblo.

Apenas dejamos los caballos entre la neblina de la madrugada, me acerco despacio a la ventana que parece la más cercana al salón principal de esta residencia. Sólo de pasar el cuero de los guantes en el vidrio descubro que lo cubre una capa de polvo.

Sin embargo, los muebles se ven intactos. No hay un solo indicio de que la casa esté abandonada.

Por eso decido que entrar no será la mejor opción.

Me doy la vuelta con intención de volver al caballo cuando una flecha con punta de fuego cae enterrándose en el césped a unos metros de nosotros. El resto de los alrededores no tarda en quemarse.

—Te dije que no era una buena idea —reclama Rosalie, la única que no salió corriendo hacia los caballos. La capucha que todos llevamos puesta se le resbala cuando intenta llamar mi atención—. Hartley, te lo dije…

—Ya saben que estamos aquí —replico, acercándome más a la ventana. Sin tiempo para pensar, tomo impulso con el codo y rompo el cristal.

Entro con cuidado al comprobar los daños, pero guardo la pistola de nuevo con el primer vistazo. No hay nadie en la casa. Está todo vacío, las velas consumidas. Incluso la humedad se siente en el aire.

Me vuelvo hacia el cristal roto, y descubro a Rosalie sin intenciones de seguirme. Sólo desenvaina una daga mientras mira indecisa el caos del exterior.

—¿Qué le voy a decir a Dastan si te matan estando conmigo? —suelto, sujetándola del brazo con cuidado para que ambos entremos en la casa. Una vez pisa el suelo de mármol, se ve mucho más asustada. Ni un gramo de quien suele ser siempre. Es este lugar.

Subo las escaleras con rapidez, sólo para llegar a un pasillo de puertas y más puertas. Mi compañera entiende al instante, comienza a abrirlas igual que yo, una por una.

No es hasta la quinta que por fin tengo suerte, desvelando un dormitorio para nada sencillo.

—Los Lukesadir —murmuro, mirando el tocador sin poder evitar una sonrisa—. Vaya familia de grandes, ¿no?

Tomo los joyeros a la vista para meterlos en el saco que tanto yo como el resto trae del cinturón, no me molesto en abrirlos.

—¿Cómo sabes que tienen cosas importantes? Ilumíname —pregunta la chica a mi espalda, revisando los cajones de ambos lados de la cama.

—¿Tú guardarías una caja por tanto tiempo de lo contrario?

Cada joyero lleva un ornamentado distinto, fino en comparación con el anterior, legado de décadas. Sólo conozco a pocas personas que hayan usado este tipo de material, y desde luego pertenecen a esta familia. Nadie más que ellos exponen con tanto descaro sus riquezas, nadie más que ellos intentan competir con los reyes.

—Yo creo que fueron de vacaciones a Krelkrith —murmura Rosalie con media sonrisa, jugando las puntas castañas que descansan sobre sus hombros—. Apuesta lo que quieras, son unos cretinos. Jugarán con su dinero los próximos días y se divertirán los que queden.

Encontrarlos a ellos nos llevará a los anteriores socios del clan Camelot, el que Dexter solía dirigir.

El fuego consume árboles que vemos desde las ventanas, pronto ambos salimos a paso apresurado a las habitaciones restantes. Una vez comprobado que el sitio está desvalijado, regresamos al salón principal, en el que el humo comienza a abrirse paso.

Me detengo al lado de una vitrina con fotos, las miro con cautela. Quizá demasiada

—Hartley, ¿qué haces? —exige, sentada en el espacio de la ventana—. ¡Hay que irnos, idiota!

Tomo un solo objeto de la encimera, el impulso me doblega. Regreso con Rosalie, ambos nos dirigimos por fin a los caballos, que hacen de todo por liberarse, asustados por las llamas.

—¿Sabes si alguna vez Dastan estuvo en contacto con ellos? —pregunto cuando agitamos las riendas, cabalgando al encuentro del resto. El nombre le hace negar con la irritación de siempre al mencionarlo al estar solos.

—A mí no me lo contaría, es un amargado—asegura ella, siguiéndome hasta quedar a mi altura—. Si le preguntas, hazlo cuando no esté cerca.

—¿Me harán esperar? —la voz de Dastan suena dentro del salón, ambos hombres que salieron se ven con ganas de golpear a cualquiera.

Rosalie les muestra mala cara, pero cuando pasan me sonríe. Me limito a negar, ambos entramos en el bar privado que tiene nuestro jefe en su barco.

Dastan viste su traje blanco habitual, únicamente con un saco café, parece distante en sus copas hasta que cruza la mirada con nosotros.

—¿Qué hicieron? —urge, irritado—. ¿No me lo contarán?

—No vas a adivinarlo… —Rosalie se aclara la voz antes de reírse, dando un paso al frente—. Toda la casa estaba vacía, esa fachada tan perfecta, en tonos… ¡Tan aburridos! Pero entonces, la emboscada. ¡Le dije a Hartley que no saltara! Ya sabes cómo es. Y todos gritaban: ¡Cuidado, Hartley! ¡Cuidado…!

—No lo estaba diciendo en serio —murmuro en voz baja, y cuando nota el tono por fin retrocede, apenada. Me aclaro la garganta antes de encarar a Dastan—. Hubo una emboscada. Primero con una flecha, luego tiraron antorchas a los alrededores.




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