Jaylynn
Luego de dar instrucciones a todos para nuestro desembarque, inspiro el aire de la costa, tan nuevo como reconfortante. Este puerto tenía mucho tiempo sin pisarlo, y ahora que estamos a centímetros de él no puedo evitar cierto recelo.
—¿Lo tienes todo listo? —Ruel habla a mi espalda, y por eso le ayudo a cargar con el baúl. Me aparta de un manotazo, indignado—. ¿No ves que traes puesto un vestido?
—¿Y qué? No hace que sea mejor que tú—replico, caminando a su lado cuando bajamos la rampa.
Alguna vez dije que odiaba los parasoles, y los sigo odiando, pero Nerván nos sugirió apegarnos al papel apenas llegáramos. Eso es justo lo que pasa ahora mismo. Sostengo más el objeto contra mis guantes, el vestido color menta a juego resalta el parasol.
El diseño es bonito, no lo pude negar al ver los pétalos que adornaban la falda.
—Señorita Rosewell —me saluda un hombre, el primero que llega a nuestro encuentro con el carruaje que el capitán ordenó traer hasta la fortaleza—. Es un placer recibirla.
—Ojalá decir lo mismo —murmuro en voz baja con altanería, paseando la mirada entre los presentes. Tres hombres que llevan todo el equipaje que Ruel les indica, una vez termina, se sitúa a mi lado—. Ya conoce a mi socio. Dile cómo te llamas, cariño.
—¿Tiene usted pareja, señorita? —pregunta el anfitrión, no mucho mayor que yo, por supuesto. Lo manda su familia de idiotas codiciosos.
—¿Por qué? —replico con una sonrisa medida. No le quito la mirada de encima—. ¿Te gustaría comentarlo en el periódico? No olvides por qué me estoy quedando en el edificio.
—Porque quería privacidad, señorita Rosewell.
—Privacidad —repito, algo fastidiada—. Tú no me estás dando eso ahora mismo con tu primera impresión, réstale puntos a lo que puedas ofrecerme.
Hago una seña a Ruel para que me siga al carruaje sin importarme los murmullos de los demás trabajadores. Una vez subimos ambos, el chico se desata la corbata, divertido.
—No se lo esperaban —murmura entre risas—. ¿Cómo eres así?
—¿Así cómo? —cierro el parasol estúpido hasta dejarlo junto a mí, todavía sin digerir el enfado.
Eso debe indicarle no hacer más comentarios, porque permanece callado hasta que hablo por segunda vez para romper el silencio.
—Aedan Lukesadir no tuvo de otra que manejar este lugar a su antojo —digo, mirando por la ventana—. Pero dudo que haya sido el jefe por tantos años…
—Entonces, ¿no estás segura de si fue Dastan quien tomó el control? —toma una copa de champaña. La botella descansaba en una mesa provisional entre nosotros. Rechazo la copa al instante—. Dijiste que no fue él, ¿por qué dudas ahora?
—Porque sólo hay un idiota tan crédulo para esto como para cederle el negocio a un conocido, a un socio. Quizá después Dastan se lo dio a alguna de sus hermanas. Esas escorias… No saben con quién se metieron, las hijas de Dexter…
—¿Puedo preguntarte algo?
—Lo que sea, supongo.
—¿A cuál de ambas detestas más y por qué?
—No lo sé. ¿Odiarías a quien te hizo una cicatriz horrible?
No responde, está petrificado. A veces creo que le asusta cuando soy tan directa sin aviso, pero debió haberse acostumbrado ya.
Cuando creo que Leonie y Dave están tardando bastante, miro por la ventana, pero entonces Ruel se aclara la voz.
—Una de ellas estaba comprometida. Con un violinista. A lo mejor la detestas más a ella.
Mi respiración se detiene por instantes peligrosos.
Despego la mirada de la ventana unos instantes para luego regresarla. Debió sentir mi fastidio, porque lo veo levantar las manos de reojo.
—Es un tema sensible todavía, está bien…
—Vuelve a decir la palabra sensible y…
Mi humor se termina de arruinar cuando lo veo asentir con compasión. Qué detestable es a veces.
—Deja de fingir que nunca sucedió, es el primer paso.
Cuando estoy a punto de desenvainar la daga en el bolso a nuestros pies, él se aclara la garganta de nuevo.
—Es decir… A mí nunca me has contado eso.
—Sí, porque no es importante.
—Lo es si te hace… lo que sea que te esté pasando ahora. Vamos, Jay. Somos amigos, y lo sabes todo sobre mí.
Porque fue mi mejor amigo en el palacio durante el tiempo que viví ahí. Era hijo de una costurera, solía pasar el tiempo conmigo cuando el príncipe era demasiado insoportable.
Fue mi único amigo hasta que conocí a Alizeh. Recordar a esa traidora me hace apretar los puños.
—Te salvé de Lukesadir porque serías útil, no porque serías una migraña todos los días —murmuro en voz baja, tomando la copa que me ofreció en primer lugar—. No me hagas arrepentirme.
—Sabes que me quieres —replica, pasándose una mano por el cabello rubio. Los mechones negros apenas se le notan, pero están ahí—. Y desde luego, no voy a dejar de preguntarte.
—Uno arriesga lo que quiere, supongo.
—¿Eso qué significa?
—Que es un tema prohibido —lo corto, quizá con demasiada importancia—. No hay más que eso.
Después de que Hartley se fuera, se expandió el rumor de que ahora trabajaba al lado de Dastan, se habló por semanas de la proeza de un prisionero que mintió a la tripulación más sádica por esta costa. Sí, es un audaz. No cualquiera se atreve a engañarme.
Pero que primero fuera nuestro prisionero fue de lo que todos se enteraron. Dicen que Zyra Fenton lo buscó sin parar, día tras día.
Yo no creo que le hiciera demasiada falta. Ha de haber estado ocupada entre su vida de parasoles y joyas, no le veo tiempo para extrañarlo. Apuesto a que ni siquiera se acordaba de él cuando gastaba todo el dinero destinado al compromiso, pero no le basta. Dicen que trata de encontrárselo en los muchos negocios y tratos, pero no ha tenido suerte.
Y me alegra. Es una niña mimada, no mucho más que cualquiera de nosotros, y desde luego no merece a… A ese traidor.
Se debe estar lamentando por no haberse casado con él antes de que se fuera.