El deseo que pedimos al mar #2

5

Hartley

Cuando ajusto el cuello del traje, escucho el quinto resoplido de irritación a mi lado, sólo por eso casi pierdo la paciencia.

—¿Ahora qué te pasa?

—Dastan dijo que estuviera contigo todo el tiempo —Rosalie parece frustrada mientras ambos caminamos por el pasillo de alfombra hasta el salón—. ¿Quién quiere morir de aburrimiento así?

Yo casi muero del susto cuando adelantaron el viaje hasta aquí, pero no se lo conté a nadie. Ni siquiera tuve tiempo de pensar bien en qué investigaría, pero por las pocas cosas que he visto hasta ahora, el dueño, o al menos su representación, es un tipo bastante joven.

Es una cortina de humo, porque si algo he aprendido es que los negocios y la sangre directa no se complementan.

—A mí no me haces mucha falta, no te preocupes —replico, mirándola de lado—. Puedes ir a donde quieras, pero recuerda lo que dijo.

—Ya lo sé, ya lo sé —suspira, alisándose el vestido violeta—. ¿Cómo me queda?

—Como un vestido.

—¡Jamás me habían halagado de esa manera! —suelta, llevándose ambas manos a la boca—. ¡Hartley, eres todo un caballero! Y un imbécil.

—Vaya, gracias.

—Anímate —replica, cortándome el paso—. Estás así desde que nos dieron la noticia del barco —su voz se torna de burla—. ¿Tuviste pesadillas?

—¿No saben quién lo hizo? —cuando llegamos a la puerta, la abro para ella y pasa con entusiasmo.

No es el mismo salón que recuerdo. No es el mismo en el que pasó todo hace un año. Recupero la compostura al ver que no es un salón plagado de guardias, sino una fiesta más, como si retrocediéramos en el tiempo.

—No lo creo. Bueno, hay rumores de que fue ese pirata, Criminal. Eso dicen todos en el barco.

Ya estábamos de camino al centro del salón, pero me detuve.

—¿Qué te pasa, Hartley? ¿Te da miedo Criminal?

El corazón se me acelera ante la confirmación, pero no entiendo muy bien el motivo. No tengo derecho a sentir nada por ella.

—Sí, supongo —le concedo, y pronto ambos nos adelantamos hasta una de las mesas en las que hay copas—. Una vez me salvó de ahogarme. Gran pirata.

—Es que tú eres un tonto —se ríe, acabándose la copa de un trago, no puede dejar de hablar—. ¿Cómo vives en un barco y no sabes nadar?

—De la misma manera en que tú vives entre piratas y no sabes insultar.

Rosalie era un caso especial con Dastan. Por mucho tiempo creí que le tenía aprecio, incluso que le interesaba. Pero basta con verlos a ambos para saber que esas cosas no se dan en ningún mundo con coherencia. Sigo sin descubrir por qué le importa tanto.

—¡Yo sé insultar! —replica, llamando la atención de todos—. ¿De qué te ríes? ¿Eh?

—De nada, yo no me rio de nada —asiento, acabándome la copa igual de rápido.

Mi vista se desvía hasta un rincón particular del salón, el mismo en el que hubiera estado el año pasado al lado de Jay. El mismo en el que ambos fingimos morir. Recuerdo los disparos, el olor de la sangre por todo el lugar.

Recuerdo ese día en particular por una imagen que nunca llegó a mi cabeza. Fui demasiado cobarde como para volverme a ver a mis hermanas en el piso, nunca supe cómo terminaron.

La perspectiva de la sangre, la que pude ver apenas de reojo, me nubló el juicio.

Los gritos de Irmine, Jaylynn sosteniéndome la mano, las ganas incontenibles de gritar y destrozarlo todo…

De repente, el aire no llega. No puedo respirar.

—Hartley, ¿qué tienes? —la voz de Rosalie es lejana, pero sé que está sentada frente a mí. Me pone una mano en el hombro, que aparto con delicadeza—. ¿Qué te pasa?

Mis padres no hicieron nada para evitarlo. Mi padre hubiera querido que me dispararan también si así conservaba este lugar.

—No voy a tardar, quédate aquí, ¿sí? —es lo que digo antes de ir hacia las puertas principales, apenas pude hablar.

—Pero… Hartley…

Me aferro a pared del pasillo, trato de regresar al presente, pero no puedo. Puedo verlo todo frente a mis ojos, puedo sentirlo todo otra vez.

Mi hermana no me detestaba tanto como pensé por haberme ido. No hice nada para salvarla, tenía tanto miedo de que al moverme le dispararan a Jaylynn…

La opresión está ahí otra vez. No puedo respirar sin importar cuánto deshaga el nudo de la corbata.

Irmine está muerta. Me niego a creerlo. Irmine está muerta, igual que Caitlyn. Quien una vez intentó ahogarme, quien probablemente se lamentó en esos instantes cuando el primer disparo no fue para mí.

Debió serlo.

Para cuando la sensación es insoportable, conseguí llegar hasta la calle, me quedo de pie en la escalinata, pero es imposible bajar. Tengo miedo. No sé por qué, igual que otras veces a lo largo de este año. Y como siempre, no lo puedo evitar.

—¿Hartley? —la voz de Rosalie se escucha a mi espalda, preocupada. Cuando hace el intento de tocarme el hombro, la aparto con cuidado.

Inspiro dos veces antes de volverme, de repente todo deja de ser borroso.

Le digo que no fue nada, que volvamos dentro, pero sé que no me cree. No creo que pueda mentirle a nadie respecto a esto, pero voy a intentarlo siempre. Por cada vez que finjan creerme, me creeré que soy un buen actor. Y eso es todo lo que importa.

Me arrepiento de haber vuelto con Rosalie. La primera hora en el interior fue aburrida, pero terminó de serlo justo cuando están a punto de dar inicio a la subasta. El anfitrión se presenta como Vikham, no creo que tenga más de treinta años. Tiene porte elegante, más no me convence del todo. Se supone que estamos aquí para averiguar qué fue de los dueños de este sitio y cómo lograron obtener el lugar ilesos.

Todavía quiero averiguarlo, sí, pero no quiere decir que me sea sencillo. Es difícil de explicar.

—Ni siquiera lo pienses —advierto cuando noto a la chica a mi lado observar a un grupo de inversionistas.

—¿Por qué no? —suelta, bastante aburrida con la comida que nos sirvieron hace un buen rato.




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